

Nació en Mérida, estado Mérida,
Venezuela, 1965.
Es abogada y
magíster en filosofía por la
Universidad de Los Andes y doctora
en derecho por la Universidad de
Salamanca, España. Actualmente es
profesora titular de Filosofía del
Derecho en la Universidad de Los
Andes e investigadora y coordinadora
académica del grupo de
investigaciones en filosofía y
derecho G-sofide adscrito al Centro
de Investigaciones Jurídicas.
Publicaciones
Algunos de sus
primeros escritos literarios fueron
publicados en el diario Correo de Los
Andes a fines de los años 80.
Otros escritos fueron publicados en la
página semanal ‘Al Pié de la letra’ del
Diario Frontera en el año 2004
así como en la I Antología de
narrativa y en la I Antología de
poesía que publicó la Asociación de
escritores de Mérida en el año 2005. En
la revista española de literatura
Auca publica en el número 2 del año
2004 un texto de narrativa y en el
número 4 del año 2005 un texto de
poesía. En el año de 2006 publica ‘Un
cuento sin lagunas’ en la revista
Casa de la fragua.
En 1998 publica en
el número 9-10 de la revista
Filosofía del postgrado de filosofía
de la Universidad de Los Andes una
recensión de la poesía de Ángel
Cappelletti. Y en 2004 escribe la reseña
al libro de poemas de Carlos Danez
titulado Carnal (Ediciones
Actual) y que aparece como
contraportada.
Muestra
Narrativa y Poética

ME LO DIJO EL LOCO DEL PUEBLO
Nada como la lucidez de la locura. Soy
el loco, gracias a mí los otros pueden
salvarse. Me llamo T y adoro la ópera.
Hace quince años me diagnosticaron
esquizofrenia y paranoia. Estuve once
años internado en un hospital
psiquiátrico. La diferencia de tamaño
entre los dedos de mis manos es enorme.
Desconozco el sentido del humor. Todo
para mí es cómico o grave. Llevo célibe
quince años (espero tiempos mejores)
pero en mi discurso público manifiesto
un completo rechazo a los hombres.
Por ese momento que me es tan amado, por
ése que sólo dura segundos, la belleza
de la devastación más absoluta, justo
antes de que aparezca el sentimiento de
tristeza, la melancolía o la dulzona
sensación de algo perdido, por ese
momento vendo mi alma. Todos me llaman
loco, uno se cansa de que lo llamen
loco. Sé que me ves raro pero no puedo
ir contra mí mismo.
Me gusta generar creencias mientras
permanezco en la soledad de la
abstención de todo credo. Me gusta
generar en los otros saberes fatuos y
verlos desangrarse en polémicas
estériles mientras me retiro a la
exclusividad de mi silencio.
Soy el punto de referencia para la
normalidad del grupo. Soy el loco. Un
instante mío de lucidez libra al mundo
de años de mediocridad insulsa. Gracias
a que me abro de pecho y panza puedes
mantener guardados tus pequeños y
vergonzosos tesoros. Gracias a que hago
el ridículo en público puedes desviar la
mirada de tu ridiculez interior. Gracias
a que soy objeto de burlas y risas
puedes pasar por alto tu propia
inseguridad y ruina. Gracias a mí tú
eres normal. Animalito de corazón
acurrucado ven que te cobije entre mis
brazos.
Soy el loco porque siempre termino
yéndome, y no me preguntes adonde porque
nadie puede seguirme.
Y ya has empezado a amarme y lo lamento.
CUENTO
SIN
LAGUNAS
Le habían contado un cuento y ese
cuento, como paticas de insectos, le
daba cosquillas en la epidermis. Pasaron
los años pero Ana no podía contarle a
otros el cuento que le daba cosquillas
en la epidermis. Como los años pasan las
cosas se olvidan o adquieren nuevas
dimensiones y carácter propios. Las
paticas de insectos en la piel eran
ahora garras de león que dolían en la
boca del estómago. Un cuento es un
cuento. El mismo cuento. Pero ¿cómo, se
preguntaba Ana, el mismo cuento tiene
ahora otro cariz, formas nuevas incluso
terribles?
Manoseaba el cuento entre sus manos
angustiosas. Una y otra vez vueltas y
vueltas de ideas. ¿Qué sucedió
realmente? ¿Por qué un polaco si el
amigo era italiano?
Varias versiones nuevas de un mismo
cuento brotaron como chorros de lava de
un volcán que se creía extinto.
Me serían útiles esas versiones para
componer la definitiva e inapelable. (Me
veo en la obligación de componer una
versión inapelable porque soy amiga de
Ana y quiero limar las uñas del tigre
que la hiere aunque hayan transcurrido
ya muchos años y el cuento siga siendo
el mismo de siempre).
Londres. Noviembre del 98. El cielo
denso a pocos metros de la cara, el frío
que se cuela por el abrigo y llega al
centro mismo de los huesos,
interminables minutos en el metro, un
polvo negro y pegajoso en el ambiente.
Un amor incipiente pero ya firme como
clavado en el alma. No exactamente.
El otro, necesario para confirmar o
anular, aún titubeaba, se escurría por
entre los dedos de la mano abierta
porque la mano y también las puertas
siempre las dejo abiertas. No me gustan
los espacios cerrados ni las casas
pequeñas ni la ausencia de ventanas.
Pero el otro, ay el otro, ¿cómo evitar
que vea algo distinto de lo que ve?
De todos modos nos habíamos dejado el
recuerdo común de toda una noche. Con la
certeza de su amor yo me iba y, con
certeza, él se quedaba con Eugenia.
¿Cómo convencer a otro de que vea lo que
no ve?
De todos modos yo me fui con la certeza
del amor, contenta y tranquila como una
perra gorda en el Auto Res, al
aeropuerto, destino Heathrow. Y me llevé
la camiseta gris con su olor para dormir
todas las noches lejos más cerca de él.
Irrisorio recurso de una perra gorda e
ignorante.
Esta versión oficiosa del cuento me
llegó días atrás. Empiezo a percibir
contornos. Parece una historia de amor y
de celos. Retrocedamos pues.
Un amor incipiente pero ya firme como
clavado en el alma. No exactamente.
Ella, infiel como ninguna me había
dejado, a mí, que tanto le dije lo que
tanto la quería. Poco convencida la tía.
Se fue. Y tentada estuvo de no regresar
aunque esto último es pincelada de otra
mano que mira un cuadro triangular de
nubes blancas y grises, un claro de azul
cielo y el contorno superior de unas
montañas desde un asiento en el soberado
de una casa.
Pero retrocedamos pues. El cielo era
denso, casi pesado sobre la cabeza. Un
amor incipiente pero firme. No
exactamente. Pumie, la surafricana,
no había prometido jamás amarlo pero
Mareck, el polaco, tan joven él, habría
jurado hasta hace poco que se cocía amor
del bueno entre ellos. Amor para vida
futura, vida apoltronada de perros
gordos y contentos.
En nuestras reuniones había varios
polacos. Allí en Venecia oí decir a un
danés que como los de ellos no quieren
trabajar o exigen un salario descomunal,
dime tú, que entonces bienvenidos los
polacos. Trabajan duro y la paga siempre
les parece buena. Antes eran otros,
ahora los polacos. Pobre niño mío. Tan
bello y tan rubio. Mareck no es su
nombre sino el de su amigo. Y ese debe
ser ahora su nombre porque no recuerdo
otro.
Los polacos eran majos. Siempre reunidos
entre ellos. Conversaciones en voz alta.
Risas estrepitosas.
Mareck y Pumie. Mareck quería a Pumie y
Pumie a algún otro. Triángulo perfecto
como el cuadro frente a mí esta tarde.
No exactamente. El otro quería a
otra, entonces tal vez era un cuadrado.
¿Pero cómo convencer a otro de que vea
lo que no ve?
Recomponer la historia a partir de
retazos descoloridos. Está bien Ana.
Haré un esfuerzo de composición
procurando llenar lagunas ¿es que no
quieres ni siquiera que te deje un pozo
mínimo para que puedas zambullirte en la
imaginación? Bueno, creo que tienes
razón. Cuando la naturaleza es dañina a
cortar árboles se ha dicho y a echar
cemento y asfalto que no quiero ver ni
una hormiga ni un mosquito ni una brizna
de paja, ni una hoja seca, ni una mota
de tierra. Ni una laguna.
Tenía hambre. Esperaba a Mareck una
tarde sin sol comiendo un sándwich de
supermercado. Teníamos días
encontrándonos en bares y parques. Era
alto, fuerte, joven, rubio de ojos
inmensos y azules. No, Ana, no es el
italiano jovencito. Es Mareck y es
polaco. Imposible ignorarlo en la
primera visión. Después,
inevitablemente, su imagen empieza a
desteñirse hasta que es imposible no
ignorarlo por completo.
Aún no se había desteñido. Mucha humedad
pero poca lluvia. Pobre Mareck, cuando
llovió no tuviste tiempo de resguardarte
y te difuminaste como acuarela.
Aún no se había desteñido.
Conversábamos, poca cosa por falta de
referentes mínimos comunes.
Y lo esperaba en la calle sentada en una
jardinera comiendo un sándwich de
supermercado. Los coches pasaban por la
vía despejada. Un autobús de transporte
público se detiene frente al conjunto de
edificios pequeños de tres pisos de
altura.
Un hombre de pelo largo sujeto a la
espalda con una coleta se baja con pie
lento y seguro. Chaqueta negra de cuero.
Cómo resalta la blancura de su cara.
Pantalones negros de tela rústica. Cómo
resaltan sus piernas largas.
Todavía no se había desteñido aunque ya
empezaba a vestirse de negro. (en
Londres todo el mundo acaba desteñido y
vistiéndose de negro).
Me puse en pie terminando de masticar el
último bocado de mi sándwich de ensalada
y mayonesa. Crucé la avenida y hola
Mareck le dije jadeando por la pequeña
caminata rápida que acababa de hacer.
Hello dear, how are you me respondió con
su sonrisa amplia.
Subimos a su piso tercero primoroso con
ventanas y todo y árboles afuera.
Nos íbamos a tomar un té. Tomar te. Se
puso a prepararlo. Nos sentamos en un
sofá ése en el que las distancias se
agigantan a medida que te acercas. Debe
haber sido un sofá mágico pues nunca
volví a ver otro igual. Da lo mismo.
Pero qué guapo estaba y qué maneras tan
delicadas. A qué esperas. Le di un
abrazo con mi cara más tierna y un beso
con mis labios más sinceros.
Abrazándonos nos levantamos y nos fuimos
a la cama de la única habitación del
primoroso apartamento. La cama en el
suelo. El suelo sólo cama, mejor dicho,
un colchón.
Su cuerpo largo sin una pizca de grasa
se preparaba para amarme, a mi que amaba
a otro y ése a otra. El nunca supo, a
final de cuentas, a quién amó en
definitiva.
Vamos antes a la bañera caliente y
espuma. Juntos un beso, una risa, un
abrazo.
De la bañera a la cama. Me besa, me
mira, me abraza, se ríe, nervios, y me
besa otra vez como si no lo creyera.
¡El té, coño! Con la bufanda alrededor
de mis caderas corro a servir el té ya
frío irremisiblemente.
Té frío en un frío noviembre londinense
y unas galletitas ¿o quieres que cocine
algo? No vendrían mal unos huevos con
bacón (¿será que tengo hambre?). Ya bajo
a comprar el pan antes de que me cierren
la tienda.
Alrededor de la pequeña mesita redonda
dos solitarios empedernidos se empecinan
en cenar juntos huevos con tocineta.
Afuera anochece silenciosamente. Decido
quedarme a pasar la noche. Una botella
de vino tinto y dos copas. Papel y boli.
Ella recomponiendo un cuento sin
lagunas.
DOLIENTE EXTRANJERO
La amenaza latente que el otro significa
lo destroza literalmente. Sin defensas
queda expuesto y vulnerable. Tal vez
exista una brecha, es importante al
menos poder imaginar que existen vías de
escape. Puede ser que las pase por alto
mediante un acto de distracción de algún
modo consciente. Caminará leguas
cargando a cuestas esa sombra ahora
emblanquecida. Se trata de un camino
descendente, no enteramente lineal,
tampoco plano. No es un asunto
direccional, no se dirige a ninguna
parte pero está solo con ese otro que a
veces usurpa. No se trata tampoco de una
relación de fuerzas pues ello implica
diferenciación y jerarquía, se trata más
bien de algo que podría ilustrarse con
la imagen de una mano que lucha contra
la otra, ambas de un mismo cuerpo. El
sentido de esa lucha yace en ella misma
y en ella misma acaba. Una finalidad
externa es completamente desconocida e
ignorada por el patrón relacional. Los
ojos cumplen una labor importante, miran
atentos pero no miran nada. La piel es
otra cosa. Representa la potencialidad.
Es tal vez el principal objeto sobre el
que se ejerce la acción. Ver la piel es
ver la acción antes de que ocurra. La
red de nervios confiere vida a la
sensación extrema —que por serlo escapa
a las categorías de definición— en donde
la aceptación y el rechazo se confunden
y los límites que lo separan del otro se
disuelven.
QUE TE LAVEN LA CABEZA
Como salir de paseo por parajes
inauditos. Hay un placer en todas mis
pieles, roles que se intercambian,
sucesión incontrolable de poses. Nada
permanece fijo, el gozo carece de
asiento, se alimenta de tu mirada
impenetrable, de tu voz impersonal, del
roce leve que crispa hasta lo que no se
crispa. Yo no soy yo. Vago por tiempos
pasados y futuros. Encarno todos los
personajes. Regresar. ¿Quién?
Hay los que lloran cuando abren los ojos
y están solos o con el otro, que también
está solo. Frente a una realidad sin
dimensiones. Expulsados del paraíso,
cumpliendo con el deber cotidiano de
conservar el rostro.
VISIONES IMPURAS
1. Representación patética:
Pegado como una ventosa
Sólo dándole de comer
Fue posible quitarlo de encima.
(En pocas horas recuperé la sangre
perdida).
2. Como sanguijuelas
Saciadas de sangre
Se desprenden por sí solas.
A YOUB
Como un ciego palpando a tientas
O como yo que no soy ciega
En la negrura de la noche
Palpar a tientas, digo
Los cortinajes de la puerta de entrada
Tener que detenerme y a duras penas
regresar
Pisando el deseo
Aplastando con cada paso el ‘qué
lástima’
Desembocar ciega en la plaza de la
mezquita
Y aún mas aturdida en las calles de los
mercaderes
Que extienden en el suelo patas y
cabezas de corderos
Recién sacrificados
Y tener que seguir
Aplastando con cada paso mi más puro
deseo de ti.
¿YO? NO,
NUNCA
1. Siempre pensando en el jardín del
vecino, en otra cosa, siempre una cosa
que no se tiene. Curiosa formación de
semillas del descontento.
2. Podía pasar la vida persiguiendo
entretenimientos. Puede repetirlo una y
otra vez sin fastidiarse. La cualidad de
los objetos es casi indiferente. De
hecho son intercambiables.
HARTO
SABIDO
Idealizar, descalificar
Dos caras de la misma moneda.
Formas de colgarse, de protegerse.
Variantes del ego o del juicio.
FEZ
Infinidad de rostros en las laberínticas
callecitas de la medina. ¿Cómo mantener
ilusiones duraderas? Sólo priva la
filosofía del nómada.
DESPEDIDA
Tu nombre en el papel
El papel roto en pedazos
Los pedazos dejados en un cenicero del
café de una ciudad lejana.
DE
OJOS
Eres mi amor de un rato
Igual un minuto o dos en tus ojos me
detengo
Igual un minuto o dos mis manos en tus
manos
Igual hay otros ojos en ellas
Igual quien sabe si tendrías la
vehemencia del desierto.
SORDIDEZ
Un calabozo de cuartos de tortura para
bandidos de poca monta
—tal vez un hotelucho de citas para
pasiones efímeras.
Rancio el olor del esfuerzo, el sudor o
el grito.
Grande o pequeña, mala la muerte que no
agota el ímpetu de repetición.
Afuera la plaza y su modesta iglesia
¿para qué volver por la media negra
olvidada?
PEDRO
GONZÁLEZ
Polvo seco en el aire
En la calle rodeada de monte y basura
Un niño se mira los granos de la piel
del codo.
INEVITABLE
Te vuelves una idea, un recuerdo lejano,
una
memoria inofensiva, un saco de palabras.
HEDEWA
Nos quedamos sin puntos de referencia.
Suspendieron las pruebas. Nos
desorientamos. Nadie entendió. Pasó uno
gritando la prueba: quedar sin
referentes. Volvimos interrogantes las
caras unos hacia otros. Convertimos
nuestras miradas en nuevos puntos de
referencia y volvimos a equivocarnos.
ALGUNA VENEZUELA
Aquí se vive distinto. Como de
vacaciones siempre. Improvisación
diaria. No sirve para objetivos
concretos a mediano o largo plazo. Sólo
sirve para soñar y emocionarse hablando.
Después se queda la gente profundamente
cansada hasta que reúne nuevos ímpetus
para empezar de nuevo a soñar y
emocionarse hablando.