Inés de Cuevas

 

 

 

VIDA Y LIBROS
  (Julio 2007) 

 

 

 

Nació en Mérida, estado Mérida, Venezuela, 1965. Es abogada y magíster en filosofía por la Universidad de Los Andes y doctora en derecho por la Universidad de Salamanca, España. Actualmente es profesora titular de Filosofía del Derecho en la Universidad de Los Andes e investigadora y coordinadora académica del grupo de investigaciones en filosofía y derecho G-sofide adscrito al Centro de Investigaciones Jurídicas.

 

 

Publicaciones

Algunos de sus primeros escritos literarios fueron publicados en el diario Correo de Los Andes a fines de los años 80. Otros escritos fueron publicados en la página semanal ‘Al Pié de la letra’ del Diario Frontera en el año 2004 así como en la I Antología de narrativa y en la I Antología de poesía que publicó la Asociación de escritores de Mérida en el año 2005. En la revista española de literatura Auca publica en el número 2 del año 2004 un texto de narrativa y en el número 4 del año 2005 un texto de poesía. En el año de 2006 publica ‘Un cuento sin lagunas’ en la revista Casa de la fragua.

En 1998 publica en el número 9-10 de la revista Filosofía del postgrado de filosofía de la Universidad de Los Andes una recensión de la poesía de Ángel Cappelletti. Y en 2004 escribe la reseña al libro de poemas de Carlos Danez titulado Carnal (Ediciones Actual) y que aparece como contraportada.

 

 Muestra Narrativa y Poética

 

 

ME LO DIJO EL LOCO DEL PUEBLO

Nada como la lucidez de la locura. Soy el loco, gracias a mí los otros pueden salvarse. Me llamo T y adoro la ópera. Hace quince años me diagnosticaron esquizofrenia y paranoia. Estuve once años internado en un hospital psiquiátrico. La diferencia de tamaño entre los dedos de mis manos es enorme. Desconozco el sentido del humor. Todo para mí es cómico o grave. Llevo célibe quince años (espero tiempos mejores) pero en mi discurso público manifiesto un completo rechazo a los hombres.

Por ese momento que me es tan amado, por ése que sólo dura segundos, la belleza de la devastación más absoluta, justo antes de que aparezca el sentimiento de tristeza, la melancolía o la dulzona sensación de algo perdido, por ese momento vendo mi alma. Todos me llaman loco, uno se cansa de que lo llamen loco. Sé que me ves raro pero no puedo ir contra mí mismo.

Me gusta generar creencias mientras permanezco en la soledad de la abstención de todo credo. Me gusta generar en los otros saberes fatuos y verlos desangrarse en polémicas estériles mientras me retiro a la exclusividad de mi silencio.

Soy el punto de referencia para la normalidad del grupo. Soy el loco. Un instante mío de lucidez libra al mundo de años de mediocridad insulsa. Gracias a que me abro de pecho y panza puedes mantener guardados tus pequeños y vergonzosos tesoros. Gracias a que hago el ridículo en público puedes desviar la mirada de tu ridiculez interior. Gracias a que soy objeto de burlas y risas puedes pasar por alto tu propia inseguridad y ruina. Gracias a mí tú eres normal. Animalito de corazón acurrucado ven que te cobije entre mis brazos.

Soy el loco porque siempre termino yéndome, y no me preguntes adonde porque nadie puede seguirme.

Y ya has empezado a amarme y lo lamento.

 

CUENTO SIN LAGUNAS

Le habían contado un cuento y ese cuento, como paticas de insectos, le daba cosquillas en la epidermis. Pasaron los años pero Ana no podía contarle a otros el cuento que le daba cosquillas en la epidermis. Como los años pasan las cosas se olvidan o adquieren nuevas dimensiones y carácter propios. Las paticas de insectos en la piel eran ahora garras de león que dolían en la boca del estómago. Un cuento es un cuento. El mismo cuento. Pero ¿cómo, se preguntaba Ana, el mismo cuento tiene ahora otro cariz, formas nuevas incluso terribles?

Manoseaba el cuento entre sus manos angustiosas. Una y otra vez vueltas y vueltas de ideas. ¿Qué sucedió realmente? ¿Por qué un polaco si el amigo era italiano?

Varias versiones nuevas de un mismo cuento brotaron como chorros de lava de un volcán que se creía extinto.

Me serían útiles esas versiones para componer la definitiva e inapelable. (Me veo en la obligación de componer una versión inapelable porque soy amiga de Ana y quiero limar las uñas del tigre que la hiere aunque hayan transcurrido ya muchos años y el cuento siga siendo el mismo de siempre).

Londres. Noviembre del 98. El cielo denso a pocos metros de la cara, el frío que se cuela por el abrigo y llega al centro mismo de los huesos, interminables minutos en el metro, un polvo negro y pegajoso en el ambiente.

Un amor incipiente pero ya firme como clavado en el alma. No exactamente. El otro, necesario para confirmar o anular, aún titubeaba, se escurría por entre los dedos de la mano abierta porque la mano y también las puertas siempre las dejo abiertas. No me gustan los espacios cerrados ni las casas pequeñas ni la ausencia de ventanas. Pero el otro, ay el otro, ¿cómo evitar que vea algo distinto de lo que ve?

De todos modos nos habíamos dejado el recuerdo común de toda una noche. Con la certeza de su amor yo me iba y, con certeza, él se quedaba con Eugenia. ¿Cómo convencer a otro de que vea lo que no ve?

De todos modos yo me fui con la certeza del amor, contenta y tranquila como una perra gorda en el Auto Res, al aeropuerto, destino Heathrow. Y me llevé la camiseta gris con su olor para dormir todas las noches lejos más cerca de él. Irrisorio recurso de una perra gorda e ignorante.

Esta versión oficiosa del cuento me llegó días atrás. Empiezo a percibir contornos. Parece una historia de amor y de celos. Retrocedamos pues.

Un amor incipiente pero ya firme como clavado en el alma. No exactamente. Ella, infiel como ninguna me había dejado, a mí, que tanto le dije lo que tanto la quería. Poco convencida la tía. Se fue. Y tentada estuvo de no regresar aunque esto último es pincelada de otra mano que mira un cuadro triangular de nubes blancas y grises, un claro de azul cielo y el contorno superior de unas montañas desde un asiento en el soberado de una casa.

Pero retrocedamos pues. El cielo era denso, casi pesado sobre la cabeza. Un amor incipiente pero firme. No exactamente. Pumie, la surafricana, no había prometido jamás amarlo pero Mareck, el polaco, tan joven él, habría jurado hasta hace poco que se cocía amor del bueno entre ellos. Amor para vida futura, vida apoltronada de perros gordos y contentos.

En nuestras reuniones había varios polacos. Allí en Venecia oí decir a un danés que como los de ellos no quieren trabajar o exigen un salario descomunal, dime tú, que entonces bienvenidos los polacos. Trabajan duro y la paga siempre les parece buena. Antes eran otros, ahora los polacos. Pobre niño mío. Tan bello y tan rubio. Mareck no es su nombre sino el de su amigo. Y ese debe ser ahora su nombre porque no recuerdo otro.

Los polacos eran majos. Siempre reunidos entre ellos. Conversaciones en voz alta. Risas estrepitosas.

Mareck y Pumie. Mareck quería a Pumie y Pumie a algún otro. Triángulo perfecto como el cuadro frente a mí esta tarde. No exactamente. El otro quería a otra, entonces tal vez era un cuadrado. ¿Pero cómo convencer a otro de que vea lo que no ve?

Recomponer la historia a partir de retazos descoloridos. Está bien Ana. Haré un esfuerzo de composición procurando llenar lagunas ¿es que no quieres ni siquiera que te deje un pozo mínimo para que puedas zambullirte en la imaginación? Bueno, creo que tienes razón. Cuando la naturaleza es dañina a cortar árboles se ha dicho y a echar cemento y asfalto que no quiero ver ni una hormiga ni un mosquito ni una brizna de paja, ni una hoja seca, ni una mota de tierra. Ni una laguna.

 Tenía hambre. Esperaba a Mareck una tarde sin sol comiendo un sándwich de supermercado. Teníamos días encontrándonos en bares y parques. Era alto, fuerte, joven, rubio de ojos inmensos y azules. No, Ana, no es el italiano jovencito. Es Mareck y es polaco. Imposible ignorarlo en la primera visión. Después, inevitablemente, su imagen empieza a desteñirse hasta que es imposible no ignorarlo por completo.

Aún no se había desteñido. Mucha humedad pero poca lluvia. Pobre Mareck, cuando llovió no tuviste tiempo de resguardarte y te difuminaste como acuarela.

Aún no se había desteñido. Conversábamos, poca cosa por falta de referentes mínimos comunes.

Y lo esperaba en la calle sentada en una jardinera comiendo un sándwich de supermercado. Los coches pasaban por la vía despejada. Un autobús de transporte público se detiene frente al conjunto de edificios pequeños de tres pisos de altura.

Un hombre de pelo largo sujeto a la espalda con una coleta se baja con pie lento y seguro. Chaqueta negra de cuero. Cómo resalta la blancura de su cara. Pantalones negros de tela rústica. Cómo resaltan sus piernas largas.

Todavía no se había desteñido aunque ya empezaba a vestirse de negro. (en Londres todo el mundo acaba desteñido y vistiéndose de negro).

Me puse en pie terminando de masticar el último bocado de mi sándwich de ensalada y mayonesa. Crucé la avenida y hola Mareck le dije jadeando por la pequeña caminata rápida que acababa de hacer. Hello dear, how are you me respondió con su sonrisa amplia.

Subimos a su piso tercero primoroso con ventanas y todo y árboles afuera.

Nos íbamos a tomar un té. Tomar te. Se puso a prepararlo. Nos sentamos en un sofá ése en el que las distancias se agigantan a medida que te acercas. Debe haber sido un sofá mágico pues nunca volví a ver otro igual. Da lo mismo.

Pero qué guapo estaba y qué maneras tan delicadas. A qué esperas. Le di un abrazo con mi cara más tierna y un beso con mis labios más sinceros.

Abrazándonos nos levantamos y nos fuimos a la cama de la única habitación del primoroso apartamento. La cama en el suelo. El suelo sólo cama, mejor dicho, un colchón.

Su cuerpo largo sin una pizca de grasa se preparaba para amarme, a mi que amaba a otro y ése a otra. El nunca supo, a final de cuentas, a quién amó en definitiva.

Vamos antes a la bañera caliente y espuma. Juntos un beso, una risa, un abrazo.

De la bañera a la cama. Me besa, me mira, me abraza, se ríe, nervios, y me besa otra vez como si no lo creyera.

¡El té, coño! Con la bufanda alrededor de mis caderas corro a servir el té ya frío irremisiblemente.

Té frío en un frío noviembre londinense y unas galletitas ¿o quieres que cocine algo? No vendrían mal unos huevos con bacón (¿será que tengo hambre?). Ya bajo a comprar el pan antes de que me cierren la tienda.

Alrededor de la pequeña mesita redonda dos solitarios empedernidos se empecinan en cenar juntos huevos con tocineta.

Afuera anochece silenciosamente. Decido quedarme a pasar la noche. Una botella de vino tinto y dos copas. Papel y boli. Ella recomponiendo un cuento sin lagunas.

 

DOLIENTE EXTRANJERO

La amenaza latente que el otro significa lo destroza literalmente. Sin defensas queda expuesto y vulnerable. Tal vez exista una brecha, es importante al menos poder imaginar que existen vías de escape. Puede ser que las pase por alto mediante un acto de distracción de algún modo consciente. Caminará leguas cargando a cuestas esa sombra ahora emblanquecida. Se trata de un camino descendente, no enteramente lineal, tampoco plano. No es un asunto direccional, no se dirige a ninguna parte pero está solo con ese otro que a veces usurpa. No se trata tampoco de una relación de fuerzas pues ello implica diferenciación y jerarquía, se trata más bien de algo que podría ilustrarse con la imagen de una mano que lucha contra la otra, ambas de un mismo cuerpo. El sentido de esa lucha yace en ella misma y en ella misma acaba. Una finalidad externa es completamente desconocida e ignorada por el patrón relacional. Los ojos cumplen una labor importante, miran atentos pero no miran nada. La piel es otra cosa. Representa la potencialidad. Es tal vez el principal objeto sobre el que se ejerce la acción. Ver la piel es ver la acción antes de que ocurra. La red de nervios confiere vida a la sensación extrema —que por serlo escapa a las categorías de definición— en donde la aceptación y el rechazo se confunden y los límites que lo separan del otro se disuelven.

 

QUE TE LAVEN LA CABEZA

Como salir de paseo por parajes inauditos. Hay un placer en todas mis pieles, roles que se intercambian, sucesión incontrolable de poses. Nada permanece fijo, el gozo carece de asiento, se alimenta de tu mirada impenetrable, de tu voz impersonal, del roce leve que crispa hasta lo que no se crispa. Yo no soy yo. Vago por tiempos pasados y futuros. Encarno todos los personajes. Regresar. ¿Quién?

Hay los que lloran cuando abren los ojos y están solos o con el otro, que también está solo. Frente a una realidad sin dimensiones. Expulsados del paraíso, cumpliendo con el deber cotidiano de conservar el rostro.

 

VISIONES IMPURAS

 

1. Representación patética:

Pegado como una ventosa

Sólo dándole de comer

Fue posible quitarlo de encima.

(En pocas horas recuperé la sangre perdida).

 

2. Como sanguijuelas

Saciadas de sangre

Se desprenden por sí solas.

 

A YOUB

 

Como un ciego palpando a tientas

O como yo que no soy ciega

En la negrura de la noche

Palpar a tientas, digo

Los cortinajes de la puerta de entrada

Tener que detenerme y a duras penas regresar

Pisando el deseo

Aplastando con cada paso el ‘qué lástima’

Desembocar ciega en la plaza de la mezquita

Y aún mas aturdida en las calles de los mercaderes

Que extienden en el suelo patas y cabezas de corderos

Recién sacrificados

Y tener que seguir

Aplastando con cada paso mi más puro deseo de ti.

 

 

¿YO? NO, NUNCA

 

1. Siempre pensando en el jardín del vecino, en otra cosa, siempre una cosa que no se tiene. Curiosa formación de semillas del descontento.

 

2. Podía pasar la vida persiguiendo entretenimientos. Puede repetirlo una y otra vez sin fastidiarse. La cualidad de los objetos es casi indiferente. De hecho son intercambiables.

 

 HARTO SABIDO

Idealizar, descalificar

Dos caras de la misma moneda.

Formas de colgarse, de protegerse.

Variantes del ego o del juicio.

 

FEZ

Infinidad de rostros en las laberínticas callecitas de la medina. ¿Cómo mantener ilusiones duraderas? Sólo priva la filosofía del nómada.

 

DESPEDIDA

Tu nombre en el papel

El papel roto en pedazos

Los pedazos dejados en un cenicero del café de una ciudad lejana.

 

DE OJOS

 

Eres mi amor de un rato

Igual un minuto o dos en tus ojos me detengo

Igual un minuto o dos mis manos en tus manos

Igual hay otros ojos en ellas

Igual quien sabe si tendrías la vehemencia del desierto.

 

SORDIDEZ

 

Un calabozo de cuartos de tortura para bandidos de poca monta

—tal vez un hotelucho de citas para pasiones efímeras.

Rancio el olor del esfuerzo, el sudor o el grito.

Grande o pequeña, mala la muerte que no agota el ímpetu de repetición.

Afuera la plaza y su modesta iglesia

¿para qué volver por la media negra olvidada?

 

 PEDRO GONZÁLEZ

Polvo seco en el aire

En la calle rodeada de monte y basura

Un niño se mira los granos de la piel del codo.

 

INEVITABLE

Te vuelves una idea, un recuerdo lejano, una memoria inofensiva, un saco de palabras.

 

HEDEWA

 Nos quedamos sin puntos de referencia. Suspendieron las pruebas. Nos desorientamos. Nadie entendió. Pasó uno gritando la prueba: quedar sin referentes. Volvimos interrogantes las caras unos hacia otros. Convertimos nuestras miradas en nuevos puntos de referencia y volvimos a equivocarnos.

 

ALGUNA VENEZUELA

Aquí se vive distinto. Como de vacaciones siempre. Improvisación diaria. No sirve para objetivos concretos a mediano o largo plazo. Sólo sirve para soñar y emocionarse hablando. Después se queda la gente profundamente cansada hasta que reúne nuevos ímpetus para empezar de nuevo a soñar y emocionarse hablando.

 

 

 

 

MENÚ PRINCIPAL