Inés de Cuevas-

 

VIDA Y LIBROS
  (Julio 2007)

 

 

 

Nació en Tovar (Mérida, Venezuela, 1955). Licenciado en Comunicación Social, narrador, poeta, ensayista, articulista, fotógrafo, y promotor cultural de amplia trayectoria. Desde 1972 ha colaborado en distintas publicaciones periodísticas como Ecos del Sur del Lago, La Nación, El Vigilante, Esfuerzo, Frontera, Tribuna Popular, El Nacional y el suplemento cultural del Diario Últimas Noticias. Fundador codirector de la Revista Alborada, de El Vigía. De 1992 hasta 2004 fue miembro del Consejo Editor de la Revista Solar, Jefe de Redacción del tabloide "Quórum con el arte y la cultura"; Director de las Revistas "Casa de la Fragua" y "Al pie de la letra".  Asumió la Presidencia de la Asociación de Escritores de Mérida, desde el año 2002  hasta  2007.

OBRA LITERARIA: en poesía: Marzo (Gobernación de Mérida 1985) y Ladera interior (Biblioteca José Vicente Nucete, Mérida 1995). En narrativa: Los espejos divergentes (Solar, Mérida 1997), Baladas del agua (Asociación de Escritores de Mérida/CONAC, 2003), Cortejos de la tarde (Asociación de Escritores de Mérida/ CONAC, 2003) y Sebastián (Dirección General Sectorial de Literatura del CONAC/ Fondo Editorial La Escarcha Azul (FUNDALEA),  Mérida,  2006. 

 

  Poemas en voz

 

    MUESTRA POÉTICA 

 

 NINFA

 

Esa mujer sola

ligera  y  de atavíos rojos bajo el andén

¿A quién espera?

Cada tarde

alguien

detiene ante ella el auto

reinicia un breve diálogo

y nos la roba del paisaje.

Cada tarde

sin ella parecen

perdidas las horas.

 

Quizás mañana

en mis ojos se quede

para ver el paso de las nubes

o estas tormentas de mayo.

O quizás no venga

y pueda como yo

notar la tristeza de la tarde.

 

 

POSTAL

  (A Lubio Cardozo)

 

Esta ciudad es amable como una estampa,

pero tan distante de los alcores del eneldo y la niebla.

Esta ciudad, Lubio,

tiene un nuevo lenguaje,

pero algo salado para la porosidad de mis oídos labriegos.

Aquí entre otras cosas es distinta la noche:

constelada y perdida en un rumos de olas,

insomnios e insufribles horizontes.

  

Abres tu puerta

y sí, el Caribe argentado y verde es una invitación determinante.

Aquí el amor también es distinto:

voluble y fulgurante

veloz como una golondrina.

Tiene Puerto La Cruz cuando llueve

esa melancolía gris que me conmueve

y recuerda las lluvias blancas de mi aldea.

Sin embargo, tras la estela de la brisa

es otro el aroma que perfuma la vida:

el marino aliento de los cardúmenes lejanos

sobre la línea brillante de las aceras ardientes.

 

Es lindo este puerto

y justifico su aire de arrogancia,

pero añoro con desespero el vegetal aire de mi tierra

y su cielo de abundante azul como un dibujo.

Una sola confidencia, poeta:

de Mérida traje la última vez

esta orgullosa nostalgia.

 

 

CONTIGÜIDAD

 

Tu casa y la mía son contiguas.

 

La tuya, con vista al mar,

tiene un sendero escalonado

por donde, de tarde en tarde,

bajas para recibir el soplo cálido del viento caribeño.

La mía, con tu mar al frente,

tiene los cordajes sujetos a las montañas del fondo.

  

Algunas veces,

no sé por qué,

tu casa de alberca en el patio

y la mía de verdor y galerías,

parecieran compartir los mismos climas:

la calidez de tu trópico y  el aterido aire de mis altos campos.

 

Algunas veces, las reverberaciones de tu sol de mediodía

parecieran calmarse bajo sombra de mis apamates.

Desde el mirador de los granados te veo descender  hasta la playa  y tocar el cielo todavía jalonado de luz.

 

Es la hora del ocaso y mientras me ocupo en estos versos,

tú comienzas a colocar sobre las nubes las primeras estrellas

del siglo.

Es tiempo, me digo,

de  que alguien venga a ponerle orden a la vida.

No sé si todo estará, en lo sucesivo, como Dios dispuso;

pero algo extraño ha sucedido:

estabas atenta al grito de las gaviotas y de pronto, como si nada,

vi de tus manos emigrar los pájaros de mis sueños.

Luego fue saber que tienes el don de urdir flores y árboles y piedras y ríos o inventarlos del tamaño de tus caprichos.

 

Una cosa sé, tu casa y la mía tienen algo en común:

están habitadas por seres que festejan con renovada alegría lo sencillo aunque en comarcas distintas.

Tú celebras el sol, una isla en el horizonte, los rostros rayados de los pescadores,

las palabras iluminadas como mariposas del viento;

y yo lo mismo, ahora y para siempre,

sin más, celebro lo mismo.

 

 

arturomoramorales@yahoo.es

 

 

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