


Nació en
Bailadores, Venezuela,
17 de nov. 1968).
Licenciado en Letras
mención Lengua y
Literatura
Hispanoamericana y
Venezolana (1996) en la
ULA. Participó en el
programa de intercambio
AFS en Jamaica en
1986-87. Fue Preparador
de Fonética y Fonología
del Español entre 1992 y
1996 en la Universidad
de los Andes, Venezuela.
Ejerció como Asistente y
Lector de Español en el
Lycée Descartes
(1996-97) y en la
Universidad François
Rabelais de Tours
(Francia) (1997-1999).
Tiene una “Maîtrise
d’Espagnol” en la
Universidad François
Rabelais de Tours (1997)
y un DEA (Diplôme
d’Études Approfondies)
en Lenguas y Literaturas
Nacionales y Comparadas
Francesas en la misma
universidad. Actualmente
es Profesor Asistente de
Francés en la
Universidad de Los Andes
(ULA, en Mérida,
Venezuela). Ha ganado
varios premios y
menciones en los
Concursos Literarios de
la Asociación de
Profesores de la
Universidad de Los Andes
en Teatro y narrativa. Primer lugar:
Concurso de Ensayo
Augusto Padrón. Maracay,
Venezuela, septiembre
2005. Finalista
en el Concurso de
Cuentos “30 aniversario
de la Clínica
Metropolitana de
Caracas”. 2005.
Sus primeros poemas
aparecieron en la
revista ARTELETRA que
publicaron sus
compañeros de estudio en
la universidad. Ganó una
mención de honor con el
cuento “De como un
franciscano encontró las
llaves del paraíso”, publicado en
Antología con los
ganadores del 7mo.
Concurso de Cuento.
Ensayo y Poesía 1995 de
la Dirección de Asuntos
Estudiantiles de la
Universidad de los
Andes. La Dirección de
Cultura y Extensión de
la Universidad de los
Andes le publica luego,
en 1996, un poemario
titulado Entre
amores, secretos y
deslices,
perteneciente a la
Colección Luna Nueva..
Queriendo mostrar las
virtudes de su lar
nativo, publica en el
2001 Imágenes de
Bailadores. ,
Imp. de Mérida., un
libro pleno de
fotografías e
información sobre este
destino turístico del
Estado Mérida.
Bailadores entre
Misterio y Espantos.
(Libro de relatos) fue
editado por la
Asociación de Profesores
de la ULA y el Instituto
Municipal de la Cultura
de Bailadores (Mérida,
mayo del 2005). Su
último libro Una
mirada al mundo
religioso de Julio Verne
es un ensayo en el que
el autor intenta poner
de manifiesto la
relación entre el
escritor francés y
ciertas sociedades
secretas de su época.
Otros textos suyos
aparecen también en la
II Antología de
Narrativa de la
Asociación de Escritores
de Mérida. Mérida, 2006.
Inéditos tiene los
siguientes libros:
Poemas para ella que
está lejos (Poemario).
Mi hijo, el emigrante
(Poemario), Sonetos para
Mérida (Poemario), De
muerte y desencanto
(Libro de cuentos)
(Mención publicación en
el concurso literario de
la Alcaldía del
Municipio Libertador,
Mérida, 2006), El Pueblo
de la Vera Cruz (Libro
de cuentos) (Primer
lugar en el Concurso
literario de APULA,
Mérida, 2006), Estampas
del Bailadores de antaño
(Anécdotas de un pueblo
andino), Memorias de un
refugiado (Novela) (2do
lugar en el concurso
literario APULA 2004).
El códice perdido del
padre Xavier (Novela),
Elecciones
(dramaturgia), Viajando
al amanecer de don
Mariano (Dramaturgia).

CUENTO
UNA CAMPANADA POR LA
SUCESIÓN DE FIBONACCI
(finalista en el
concurso de cuentos 30
aniversario
de la
Clínica Metropolitana de
Caracas, 2005)
Creo haber oído la
primera campanada de la
medianoche. Tres
disparos sin tregua. La
confusión fue total. Las
manos me sudaban; yo
mismo era una esponja de
agua, de sudor. No sé
qué pasó exactamente.
Apenas miré el cuerpo y
quedé espantado, estaba
tirado en el pavimento y
lleno de sangre. La otra
sombra se esfumaba de
mis ojos en medio de la
oscuridad rota apenas
por las luces de alógeno
que publicitaban al
burdel del que
acabábamos de salir. No
me imaginaba la escena
con policías ni
testigos. Un extraño
miedo se apoderó de mí y
emprendí la retirada
como arrancado del
presente y del aquí para
huir de tan horripilante
escena. Y es que nunca
había visto algo
parecido: Un cuerpo
inerte perforado por
tres balas y manchado de
ese líquido bermejo que
procura vida.
Con todas
las fuerzas corrí para
huir de mí mismo, del
bochorno de ver un
costal de huesos tirado
en el piso y, claro
está, para no verme
envuelto en semejante
rollo con la justicia
después de un altercado
banal por una puta.
¡Pero quién
coños me había hecho
descarrilar de mi rutina
diaria para llevarme al
abismo de un vulgar
despeñadero repleto de
prostitutas
desafortunadas y de
malos olores! Ahora el
puritano de toda una
vida, con tres tragos en
la cabeza y los
interiores llenos de
semen era otro. ¿Qué me
había pasado? ¡Qué fácil
había sido dejarse
llevar por unas manos
atrevidas que me habían
sobajeado el pene hasta
convencerme de que todo
saldría bien después de
cruzar el umbral de la
pequeña recámara del
primer piso! Mi madre me
hubiera creído incapaz
de tanto atrevimiento,
mis maestros de primaria
se hubieran avergonzado
de mí. Con la excepción
de mi padre tal vez,
todos hubieran repudiado
estos actos. “Tan
tranquilo y sano que es
el muchacho”, como dicen
por ahí. Como no me han
conocido novia creen tal
vez que mi pene estaba
reservado para una mujer
hogareña y hacendosa.
Pues no. Al fin y al
cabo tenía que probar
porque veinticinco años
son muchos según parece.
Esto de ver revistas y
masturbarse es como
tener un cuento en las
manos y empezar a
leerlo sabiendo que la
última hoja se ha
quedado en la imprenta.
Para el cura, yo sería
el frustrado y atrevido
seminarista que no tiene
vergüenza al meterme con
mujeres de la mala vida.
(Él –ellos
no se dan cuenta de que
las “malas mañas”
también tocan con
frecuencia a sus puertas
y cuando pueden las
dejan entrar con mucho
gusto). En el seminario
se aprende esto después
de una diarrea de
medianoche cuando
regresas a tu habitación
y consigues a los
menores asustados
corriendo con las
piernas apretadas y las
manos entre el culo
después de una visita
furtiva a la habitación
del respetadísimo padre
C..., profesor de
Filosofía y Moral y
Cívica. Mis antojos
diarreicos fueron
constantes y bien
escondidos y, por
supuesto, mis
descubrimientos mayores.
Pero dejemos que el
cielo se ocupe del
asunto, yo no soy nadie
para señalar ni juzgar.
Como quiera que descubrí
que ése no era mi
camino, hablé con el
Director y le hice saber
mis intenciones de
abandonar el seminario
para que abogara por mí
ante mis padres para que
ellos entendieran que
mis deseos de servir a
Dios deberían ir por
otros derroteros. No
hubo el mayor reproche y
mientras llegó el
momento de entrar en la
universidad, conseguí un
puesto como ayudante en
la frutería del señor
Morales, un inmigrante
canario que me hablaba
constantemente de su
tierra como si con cada
inspiración el aire le
trajera hermosos
recuerdos de su terruño.
Los minutos libres me
hicieron poner en
práctica las nociones de
geometría y dibujo
aprendidas en los
claustros del seminario.
Y es que al mirar tantas
frutas uno queda
extasiado con los
arreglos de la
naturaleza. Mire usted
las sandías y se
sorprenderá de su bonita
configuración. El Kiwi
es la máxima expresión
de la perfección. Es un
regalo para los ojos.
Corte usted una naranja
y tendrá una lección de
geometría natural
repleta de vitamina C.
Los ojos de María,
la chica que vende
flores, se confunden con
la verdadera pureza del
Nazareno. Cuando
envuelve la rosas en el
celofán no sé si admirar
el reflejo de la
inocencia en sus pupilas
o los pétalos que caen
recordándome la sucesión
de Fibonacci y el non
plus ultra del ángulo de
oro que nació con la
creación inundando el
universo de un aura
dorada mucho antes de
que naciera el primer
guarismo para
representar la unidad.
El
1,61803 se apoderada
de mí cada vez que María
me miraba. Pi perdía
todo valor y las frutas
resbalaban por mis manos
como si estuvieran
cubiertas de baba y
terminaban desparramadas
contra el suelo. Ella se
reía tímidamente y el
señor Morales fruncía el
ceño y me anotaba las
guayabas o las
chirimoyas destripadas a
mi cuenta. Fi se
diferenciaba no obstante
de Pi desde el punto de
vista matemático pues el
último no es solución de
ninguna ecuación
polinómica (a estos
números, como el “e”
descubierto por Euler,
se les llama
trascendentes), mientras
que el número de oro sí
que lo es. En efecto,
una de las soluciones de
la ecuación de segundo
grado es que
da como resultado el
número de oro. Pero éste
no era el asunto
importante. ¡Me estaba
enamorando de María! (¿o
ya estaba enamorado y no
me había dado cuenta?).
Fidias me hubiera dado
un porrazo al saber que
nunca me atreví a
confesarle mi amor a
María. Ella se fue
volviendo como el
mármol de las estatuas
del famoso escultor
griego. Ahora entiendo
que mi conducta fue tan
irracional como los
números en cuestión. El
señor Morales ni nadie
en el mundo podían
entender mis
tribulaciones. Eran
gritos ahogados en el
silencio. Pero la
vergüenza era mayor y
por eso nunca le declaré
mi amor. Un buen día
María ya no vino más y
no supe de ella tampoco
nunca más. El rectángulo
sobre el que se asienta
el Partenón representado
por la cajetilla de
cigarrillos de la que el
patrón sacaba sin cesar
su dañino contenido, no
me hizo olvidar a María.
Vino la universidad y
sus reveses; Las
protestas estudiantiles
y el cierre del comedor
universitario; Dos, tres
o cuatro policías
muertos; Los números
dando vueltas en un
papel y el croquis de mi
habitación haciendo
juego de
proporcionalidad con el
edificio del frente para
recordar las leyes de
Pitágoras y la relación
entre los catetos y la
hipotenusa imaginaria
dibujada en mi cabeza
desde la cornisa de la
habitación hasta la
ventana de una
estudiante de derecho
que me saludaba todas
las mañanas desde lo
alto. Luego vinieron los
gnósticos a joderme con
el cuento de que la
estrella del pentagrama
era la representación
mágica del Creador del
universo todo inmaculado
y coronado por cinco
puntas que reflejan el
microcosmos humano. Esa
estrella es matemática
pura y un paréntesis al
número de oro que
Pitágoras conocía como
la palma de su propia
mano. Mientras que a un
profesor le levantaban
un juicio por abusos
contra estudiantes, yo
seguía con mis cálculos
y mis repetidas lecturas
de “El Hombre que
calculaba” de un tal
Malba Taham. En todo
seguía buscando la suite
de Fibonacci. 1, 1, 2,
3, 5, 8, 13, 21, 34, 55,
89, 144, 233, 377...
Pero estaba equivocado.
Los robos a los bancos y
el aumento de la pobreza
se correspondían más
bien a las proporciones
geométricas; los huecos
de las calles y sus
correspondientes
trabajos de reparación
eran aleatorios; el
abuso contra menores de
edad era apenas una
variante en las
estadísticas del país.
Con mucho pesar, las
matemáticas se
convertían en sucedáneas
de un sistema que las
manejaba a su antojo.
Cuando nos entregaron el
carnet de estudiante
digitalizado apareció
nuevamente la proporción
áurea y con ella las
rencillas entre grupos
por tomar el control de
la Federación de Centros
Universitarios. En las
elecciones estudiantiles
ganó el peor (el que más
ofrecía). Desprevenido
me agarró la policía y
tuve que ir a dar
declaraciones. ¿Qué
declaraciones? Los
golpes fueron muchos. Un
hombre con una cicatriz
en el pómulo derecho me
preguntaba sin parar por
los números que tenía
escritos en la última
hoja del cuaderno. Ése
(y los otros) no había
oído hablar de Fibonacci
y pensó –con toda
seguridad- que el
matemático era uno de
los revoltosos que iba a
hacer estallar una caja
de resonancia con
panfletos contra el
gobierno. Proporciones
era una palabra que no
existía en su reducido
vocabulario (excepto las
tan cacareadas 60, 90,
60). Me gané pues, una
“entradita” y mis
antecedentes policiales
fueron inaugurados con
una mancha de
subversivo. “Pero si
Juanchito nunca se ha
metido en líos”. A pesar
de mi inocencia, mi
familia tuvo que mojarle
la mano al comandante
para que no mandara mi
expediente para los
tribunales. Con sobrada
razón comencé a
encerrarme más temprano
desde entonces en mi
habitación después de
salir de clases en la
tarde.
Sucedió que la chica de
derecho, Fabiola, me
invitó cierta noche a
una fiesta de
cumpleaños. Mi timidez
llegó a su fin cuando
probé no sé que cosa y,
como dicen
coloquialmente, me puse
alebrestado. El codo se
levantó una y otra vez y
terminé con las tripas
en el baño. ¡Qué
vergüenza con Fabiola!
Primera y última vez que
entré a su apartamento.
Venía de una ciudad
cercana y sus padres
tenían buena posición
social. Ella intentó ser
amable conmigo y
presentarme ante sus
conocidos como un “buen
amigo”. Pero yo metí la
pata. ¡Qué cosas cuando
se es tan tímido! Con el
tiempo me enteré que se
había casado con un
patán que la engaña a su
antojo.
Tal cual película me
alejaba momentáneamente
de los números y me
llevaba con temor
(pensando siempre en las
redadas) a una sala de
cine. El “Regreso al
futuro” me hacía soñar
con mis ambiciosos
planes de máquinas
futuristas propuestos al
departamento de robótica
de la Universidad. La
suite de Fibonacci y
l’angle d’or,
como se les conoce en
francés, seguían
escarbando mi cerebro.
Cuando Alonso me dijo
que se había acostado
con su novia y que había
descubierto “la
perfección de su cuerpo”
sentí la tentación más
grande. Quería dejar al
Partenón, a Keops y a la
tumba rupestre de Mira
para internarme en la
geografía femenina y
explorar los rincones
perdidos de los
diagramas de Leonardo da
Vinci, el de la
ilustración de La Divina
Proporción de Luca
Pacioli publicado en
1509. Pero qué diablos
podía yo decir al
respecto si jamás había
tocado ni siquiera el
ombligo de una mujer, el
centro de ese sistema
solar indescriptible. A
la mujer le estiraría
manos y pies y haciendo
centro en el ombligo
dibujaría una
circunferencia. El
cuadrado, en la figura
de Vinci, “tiene por
lado la altura del
cuerpo que coincide, en
un cuerpo armonioso, con
la longitud entre los
extremos de los dedos de
ambas manos cuando los
brazos están extendidos
y formando un ángulo de
90º con el tronco”. Me
imaginaba el cuerpo de
la mujer sobre el piso
para comprobar que el
cociente entre su altura
(lado del cuadrado) y la
distancia del ombligo a
la punta de la mano
(radio de la
circunferencia) es el
número áureo. La idea no
me dejó dormir durante
varias noches. Era como
un fantasma. Veía a
Blanca, la compañera de
“Programación III”,
tirada en el piso,
desnuda, diciéndome que
el centro de su
circunferencia estaba en
el pubis. Yo medía sin
cesar sus sobresalientes
pechos y los hallaba en
proporción áurea con sus
piernas y sus caderas.
Luego Blanca desaparecía
y era sustituida por
Ana, la del grupo de
oración y después por
Margot la del curso de
inglés. En todas
Fibonacci había hecho su
trabajo. Cuando
despertaba, la única
novedad eran los
interiores mojados. Nada
más. La Spira
mirabilis que nacía
en sus ombligos (así lo
suponía) tal vez se
reproducía más abajo, en
la caverna que vuelve
loco al incluso al más
cuerdo. Eran el reflejo
de los caracoles de mi
pecera. Era necesario
medirlos.
De allí vino una salida
y otra. Una cerveza y
otra. Después llegó la
sonrisa de Arlette, así
dijo llamarse y cuyo
nombre me recordó el de
una francesa que asistió
a un congreso de
Matemática Pura aplicada
a la Inteligencia
Artificial realizado en
Baños, Ecuador. La
Universidad me pagó los
viáticos para exponer mi
trabajo. Los otros
cuatro que me
acompañaron tuvieron
cuatro días de
vacaciones etílicas y de
igual manera se trajeron
su Certificado por su
“destacada participación
en el Congreso”. Según
mis principios, la
francesa resultó muy
atrevida. “Usted sí es
marico” me dijeron los
otros, pero qué podía yo
hacer si en tales
asuntos era un
ignorante. Pasé el mal
rato inventando
historias de
indisposición por
problemas personales.
En el “Pingüino” ocurrió
la cosa con la prosti,
manera ésta tan
despectiva de llamar a
esta muchachas que
alivian los
padecimientos a penosos
como yo. Vaya usted a
saber cuántas angustias
las han llevado a estos
antros. Serían las nueve
de la noche. Entré
resuelto a perder el
miedo, a que ocurriera
lo que tenía que
ocurrir. Me dijo que la
invitara a un trago. El
lugar no estaba muy
concurrido (era apenas
jueves). La conversación
tomó varios senderos
hasta que sin darme
cuenta sus manos me
elevaron por los aires
hasta el primer piso.
Fibonacci desapareció de
mi mente ante semejante
inmensidad nunca antes
vista por mis ojos. Fui
descubriendo poco a poco
que el asunto con María
hubiera sido un viaje al
paraíso, pero no era
María la que me hacía
caricias, era una
pelo-pintado que me
decía que no me
despabilara, que me
concentrara en el
movimiento. ¡Listo mijo!
¡Son diez mil bolívares!
Ahora era Superman,
transformado sin su ropa
de periodista. Bajamos
la escalera tomados de
la mano. Los ojos de los
clientes del bar se
fijaron en nosotros y,
según la costumbre, una
lluvia de aplausos nos
mojó de pies a cabeza (o
al revés porque la
lluvia cae). Un tipo
moreno se precipitó
hacia nosotros. Yo no
salía todavía de mi
primer asombro cuando me
vi forzado a entrar, en
un abrir y cerrar de
ojos, en una discusión
que nos llevó a la
calle. Tal vez el hombre
tenía algo con tal
Arlette y eso lo
enfureció porque se me
vino encima como un
ogro; era una bomba de
ira. Para ser diablo le
faltaban los cuernos
nada más. Yo todavía
seguía flotando y no me
daba cuenta de que sus
pesadas manos me asían
del cuello de la camisa;
tal vez sus uñas me
arrancaban sangre y yo
seguía en el hipnotismo
de la prostituta. No sé
si resbalé por las
escaleras. ¡Vamos pa’
fuera coñoemadre! Así
dijo retándome delante
de los curiosos que
deseaban una película de
Jean Claude Van Dam.
Entendí que la cosa era
en serio, que tendría
que defenderme, que las
excusas no tenían lugar
ni sentido. Levanté la
mirada hacía aquel que
me retaba. ¡No podía
ser! ¡El hombre de la
cicatriz en el pómulo
derecho, el policía que
me había dado unos
cuantos coñazos por lo
de la supuesta caja de
resonancia, era ahora mi
adversario! “Ahí lo
tienes Juanchito si te
las quieres desquitar”.
La confusión reinaba en
mi cabeza. Tenía que
darle sus tres trancazos
o dejaba de llamarme
Juan. Ése era mi grito
ahogado de guerra, mi
tímida consigna. Las
puertas se desplayaron
de par en par. Algunos
curiosos nos siguieron
para servirnos de sombra
en la oscuridad. Ya no
comprendía lo que me
seguía diciendo. La
prostituta repetía sin
cesar “¡Chico, deja
tranquilo a ese pobre
muchacho!” El hombre
estaba tan sordo como
yo. La neblina recreaba
un ambiente a lo Bram
Stoker. No hubo tiempo
para un primer golpe.
Sería que la iglesia
quería acompañarme en
esta mala hora porque oí
la primera campanada de
la medianoche. Enseguida
vinieron los tres
disparos. La confusión
fue total. Las manos me
sudaban; yo mismo era
una esponja de agua, de
sudor. No sé qué pasó
exactamente. Apenas miré
el cuerpo y quedé
espantado, estaba tirado
en el pavimento y lleno
de sangre.
La otra sombra se
esfumaba de mis ojos en
medio de la oscuridad
rota apenas por las
luces de alógeno que
publicitaban al burdel
del que acabábamos de
salir. No me imaginaba
la escena con policías
ni testigos. Se me
enturbió la mente y caí.
Un extraño miedo se
apoderó de mí y mi alma
emprendió la retirada
como arrancada del
presente y del aquí para
huir por siempre de tan
horripilante escena. Yo
era un cuerpo inerte
perforado por tres balas
y manchado de ese
líquido bermejo que
procura vida.
Segunda campanada de la
noche.
josegparada@caramail.com
josegparada@hotmail.com

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