

Margarita Belandria nació en
Canaguá, Estado Mérida
(Venezuela, 1953). Es Abogada y
Magíster en Filosofía.
Actualmente se desempeña
como
profesora-investigadora
de la Universidad de Los
Andes en el área de
Filosofía del Derecho,
Lógica y Hermenéutica
Jurídica, en la Facultad
de Ciencias Jurídicas.
Desde el año 2004
clasificó en el Programa
de Promoción del
Investigador (PPI Nivel
I). Desde 1997 se
desempeña como
Coordinadora del «Grupo
Logos: Filosofía,
Derecho y Sociedad» (www.grupologosula.org),
grupo de investigación
adscrito al Centro de
Investigaciones
Jurídicas y al Consejo
de Desarrollo
Científico, Humanístico
y Tecnológico (CDCHT-ULA).
Desde 1998 es Directora
fundadora de la Revista
DIKAIOSYNE
[Revista semestral de
filosofía práctica,
indexada en REVENCYT y
otros Índices
internacionales (http:// www.saber.ula.ve/dikaiosyne/). Ha sido Ponente
Invitada en eventos
nacionales e
internacionales,
científicos y
literarios. Autora de
numerosos ensayos
publicados en revistas
impresas y electrónicas.
Desde el año 2003 es
miembro de la Asociación
de Escritores de Mérida
(Venezuela). Y miembro
del Foro Literario
“Letras Libres” de
Madrid (España) desde
mayo de 2005. Ha sido
invitada de honor al
V Encuentro
Internacional de
Escritores en el Caribe. Playa del Carmen.
Estado de Quintana Roo.
México(2003). Y en Recital
Poético de la VI Bienal
de Literatura “Mariano
Picón Salas”.
Mérida 2005.
Publicaciones
Qué bien suena este
llanto.
Novela. Coedición del
Centro Nacional del
Libro (CENAL) y la
Asociación de Escritores
de Mérida-Venezuela, 2006).
Esta novela recibió
Mención de Honor en
el I Concurso de
Narrativa “Antonio
Márquez Salas”,
convocado por la AEM en
septiembre de 2004. Un
fragmento de esta novela
fue publicado por
esa Asociación
en la
I
Antología de
Narrativa,
Mérida–Venezuela, 2005.
Libro bifronte con
Otros puntos cardinales.
Poemas. Coedición del
Centro Nacional de Libro
y la Asociación de
Escritores de Mérida–Venezuela, 2006.
Este libro
recibió Mención de
Honor otorgada por
la AEM en el año 2005.
Una selección de sus
poemas fueron
publicados por la AEM en
“Al pie de la letra”,
Diario Frontera, el 12
de junio de 2004.
También en la
I Antología de Poesía,
AEM. Mérida-Venezuela,
2005. En la II
Antología de Poesía,
AEM. Mérida-Venezuela,
2006. En
la Revista La
Palabra
No. 8, editada por el
Instituto Barinés de la
Cultura y Bellas Artes (INBCYBA).
Barinas-Venezuela, 2006.
En la revista
electrónica Palabras
Diversas (enlace: la
voz de los poetas) No.
1, septiembre de 2006.
Madrid–España. El cuento
“En
Totumos”
fue publicado en la
II Antología de
Narrativa, AEM.
Mérida, 2006. El poema
“En
la tarde”.
fue publicado
en el libro
Solamente palabras
(Centro Poético
de Madrid. España,
2003).
Tiene inédito el libro
de cuentos: En
el pozo.
FRAGMENTOS
(novela Qué bien
suena este llanto)
Después de que la
florecita paramera de la
desdichada María Antonia
Solano regresó de
conocer la mar, durante
varias semanas no vio a
Fernández Tapia. Le
había jurado «por este
puñado de cruces» que,
en cuanto resolviera
algunos asuntos
pendientes, regresaría
para llevarla al altar.
Pasaron semanas
interminables. Noches
enteras sin dormir.
Pensando en ese par de
luceros deslumbrantes,
en los besos tan
distintos que dejó en su
boca, y ese olor de
hombre que la había
perturbado tanto. A
pesar de la demora lo
esperó inquebrantable,
con la misma certeza con
que se espera el retorno
de la luna llena.
Una tarde lluviosa se
apareció cargado de
flores y con la decisión
de casarse. La encontró
afligida y con los ojos
desteñidos de tanto
mirar la lluvia.
«¿Viste, carajita, que
Tomás Antonio Fernández
Tapia es un hombre de
palabra?». Ella se le
echó en los brazos y,
colgada de la nuca, le
llenó de besos el
corazón, donde llegaba
su estatura.
Fernández Tapia habló
con don Ramón Palma. Le
anunció que la boda
sería al día siguiente y
luego partirían hacia
Barinas donde tenía una
mansión monumental y un
hato con miles de
cabezas de ganado. Que
su hija estaría bien.
Que él sería capaz hasta
de lamber las calles de
Mucuchíes y de Barinas
con tal de hacerla
feliz, porque tal
preciosura no se
encontraba en cualquier
casa de vecino ni todos
los días cualquiera se
casaba con la sobrina de
un Cardenal.
En su silleta de cuero
crudo recostada a la
pared, don Ramón Palma,
mirando el piso y con la
copa del sombrero
dándole vueltas entre
las rodillas, se
limitaba a mover la
cabeza lenta y vertical.
Sólo cuando los
desposados se marcharon
los afilados riscos del
páramo le parecieron más
negros y desnudos, mucho
más que cuando los
interrogaba por los
caprichos del destino y
la eterna tristeza de
María Antonia. Desde ese
día y hasta la víspera
de su muerte durmió con
Pastora Santos, y por
primera vez en su vida
dejó de saberse un
hombre preterido.
Tomás Antonio Fernández
Tapia era propietario de
una de las más lujosas
mansiones de la ciudad,
el hato Guardajumo
por los lados de
Guasdualito, una casa en
el mar, carros,
camiones, tierras, casas
y apartamentos en
distintos lugares del
país y del planeta, que
se había procurado,
entre otros medios, con
sus negocios de
agiotista, pues lo que
heredó al principio fue
una fortuna harto
modesta.
Deslumbrada como estaba,
en su entorno sólo veía
resplandor. Se había
casado «con un príncipe,
un hombre guapísimo,
rico y sensual», le
sopló al oído Pastora
Santos en el mismo
momento en que se
despidieron, aunque
antes le hubiese dicho
que tenía pinta de ser
muy puto, y con tanta
edad más bien lo
confundirían con su
padre.
Hasta que la mansión
empezó a llenarse de
servidumbre y centenares
de invitados, los
primeros días hacían el
amor por todos los
rincones de la casa y el
bosque que la rodeaba.
Las sesiones amorosas
eran precedidas de
largas y elocuentes
lecciones de cómo
hacerlo mejor. Y evocaba
lujurioso los lujos de
traseros que había
podido montar, y cómo
quedaban de
agradecidas... Hembras
carnosas de tetas
inmensas, calientes y
rosadas; intuitivas, que
le daban antes de que él
pidiera nada. Adivinas.
Divinas. «Me gusta ver
los morrocoyes, esos
animales sí son
excitantes para tirar:
la hembra va delante
meneando todo el
trasero, y el macho
atrás, siguiéndola,
mientras va dejando
rastros de leche. Voy a
llenar la casa de
morrocoyes. Ya verás,
mi morrocoyita, cómo vas
a ser de feliz».
La aprendiz flotaba
luminosa. El incendio
penetraba en sus oídos
descendiendo hasta hacer
explosión en ese
resquicio húmedo y
latiente que olía a
mastranto y sabía a
albaricoque, como le
diría Mariano Cedeño
varios años después en
las aguas mansas de la
Taparita.
Pero al poco tiempo no
dejó de notar que sólo
el preámbulo retórico
era flameante. Después,
la fallida expectativa y
tanta cháchara
comenzaron a causarle
aburrimiento, y empezó,
además por otras causas,
a buscar excusas para
evitarlo. Volvió a sus
lecturas, a llenar su
soledad con la vida de
los seres que gozaban y
sufrían entre los
libros, y a la par, por
la demanda de la vida
social de su marido, se
esmeró en volverse
hacendosa, forzada y
sonriente anfitriona de
quienes empezaron a
poblar aquella casa
inmensa, la Miraluna,
que mientras más
muebles, objetos
valiosos y gente tenía
se le tornaba más grande
y desolada.
Intensa actividad.
Organizaba todo como una
mujer grande. Daba
órdenes. Sacó sus libros
de cocina que junto con
algunos de literatura
fue lo único que se
llevó cuando el
matrimonio. Embellece
todo con cuadros,
jarrones, tapices, gran
variedad de artesanías y
las plantas y flores más
hermosas que va
encontrando a su paso.
«Las flores —le había
oído alguna vez a
Pastora Santos— son las
joyas de la tierra; una
casa sin flores es como
un corral de gallinas».
Y cuando veía las flores
se acordaba de las
gallinas y se moría de
la risa al recordar a la
que ponía un huevo rala
vez, y armaba una
alharaca tan grande
durante horas como si lo
hubiese puesto de oro.
Nunca más vio otro huevo
tan cantado, tan reído,
tan llorado, porque la
chonga tenía esa loca
manera de cacarearlo.
Desde su arrebatado
matrimonio casi todos
los meses le mandaba una
carta a don Ramón Palma,
quien las recibía y sin
mirarlas siquiera las
metía en aquel baúl de
vastas dimensiones donde
guardaba los tesoros de
María Antonia, que sólo
abría para guardar las
cartas desde la noche
que se le ocurrió
ponerse a desentrañar
sus dudas entre las
cosas de la muerta.
Al ver la foto del
hombre del sombrero, le
exigió a Pastora Santos:
«dígame quién es este
sujeto». Leal a la
difunta, le dio una vaga
información: «creo que
es uno que murió hace
muchísimo tiempo», y
atajó cualquier otra
pregunta: «pero de más
nada me acuerdo». La
miró feo, pero con lo
recabado terminó de
averiguar por su cuenta
hasta armar el
rompecabezas que le
había hecho pasar los
años en un desvelo
terrible. Un incauto le
aclaró: «¿No se acuerda,
don Ramón?, ése fue el
que se colgó del cínaro
el mismitico día que
usté se casó con la
finadita María Antonia,
que en paz descanse».
Fue entonces cuando le
arreció el despecho y le
mandó a decir a su hija
que no malgastara tanto
tiempo, papel y tinta;
que tratara de ser feliz
si es que podía. Pero
ella jamás cedió a tal
pedido. Sabía que no
abría sus cartas, tanto
mejor. Así no sabría de
sus quejas ni de cuánto
pesar se estaba llenado.
Aquellos papeles eran un
desaguadero de su
postración. La tristeza
y el tedio de vivir con
ese hombre que la
convivencia le había
revelado en su total
desnudez: pícaro,
fanfarrón, taimado,
inescrupuloso,
mujeriego, con tantas
mujeres e hijos como su
fuerza animal le
permitía. Artero y
resabiado hasta más no
poder, como sólo
Sagrario lo sabía
definir.
Ese príncipe azul que la
rescató de la neblina y
las fieras ventiscas
parameras, al paso de
los años, se le iba
convirtiendo en un
repulsivo semental. Nada
más en la vastedad del
Guardajumo tenía
tres casas con hijos y
mujeres, a los que ella
cada quincena les tenía
que hacer llegar un
mercado. Otras dos en
Sabaneta, que debían
recibir los mismos
cuidados. Y la más
preciada, en Barinitas,
en donde pasaba casi
semanas enteras por lo
fresco que era, por más
nada —solía decirle—,
pues su catedral era
ella, las demás, simples
capillitas. De esa se
encargaba él en persona.
Era Gisela, una frondosa
muchacha de Carora que
recogió un día en la
carretera mientras
esperaba carro para ir a
Barinas a recibir un
cargo de maestra. De
inmediato se encaprichó
con ella. Le dijo que
ahora era que había pan
para rebanar, y con todo
lo que tenía encima no
tenía ninguna necesidad
de meterse a maestra,
que le enseñara a él
todo lo que tenía para
enseñar, y la llevó
directo a Barinitas y la
instaló en la casa donde
vivía Romelia, con quien
tenía cinco hijos y que
por haber perdido ya sus
firmes dimensiones fue a
parar con sus hijos a
uno de los ranchos del
Guardajumo.
Media Barinas de la más
alta alcurnia se sentía
honrada —aseguraba su
dueño— de visitar
aquella casa donde no
faltaba nada y no se
escatimaba en gastos
para complacer los
caprichos de sus
invitados. Chigüire,
lapa, venado y toda
suerte de platos
llaneros, andinos,
orientales y hasta
mediterráneos. Arpa,
cuatro y maracas;
bandola, violines y
mariachis.
Los más sonados
cantantes de música
llanera, preferidos por
el dueño, desfilaban por
aquella casa donde no
faltaba nada.
Asimismo, tríos,
duetos, y hasta un
requinto que cantaba de
tal manera que sin verlo
ni un veterano lo
hubiese distinguido de
Julio Jaramillo, y que
desapareció de forma
repentina y misteriosa
después de una noche que
la señora de la
Miraluna le oyó
cantar El buque
fantasma y como
desquiciada puso un
cojín a los pies del
hombre y se arrodilló y
cantaron hasta el
amanecer, ignorando los
llamados del marido: «morrocoyita,
ya está bueno, ya es
hora de dormir», a pesar
de que ya sabía lo mucho
que le disgustaba que la
nombrara con ese
remoquete de
morrocoyita.
El misterioso
desaparecido se llamaba
Juanchito Vásquez, y era
sobrino de Carmelo, el
colombiano amansador de
caballos. Había nacido
en Valledupar y más
tarde se había mudado
con su madre a Medellín.
Por los caminos verdes
del Arauca había pasado
en una chalana a
Venezuela, para buscar
fama en Caracas donde,
le habían asegurado,
tendría éxito con su
arte musical.
«A la mujer de Fernández
Tapia nadie le calienta
la oreja ni le pone un
dedo encima. Antes que
nada me le cortan las
ñemas a ese güevón, y
después no se olviden de
echarle tierra en la
boca, ustedes saben, pa
que no les vean en los
ojos al muerto», les
ordenó Macho Amargo al
Tuerto Estupiñán y al
otro bandido que por un
dineral acabaron con la
hermosura de Juanchito
Vásquez.
Apenas sí le dio tiempo
de recordar los lamentos
y advertencias de su
madre allá en Medellín:
«maldito miche que
vuelve loca a la gente».
«Ay, Juanchito, te van a
matar. Esa guitarra va
ser tu perdición».
Juanchito Vásquez era
todo un varón. Demasiado
bien hecho para la
música y las mujeres.
Lo primero que hizo en
su vida fue aprender a
tocar acordeón. A los
doce años ya era un
campeón de la música
vallenata. Presintiendo
males mayores y para que
estudiara y cambiara de
vida, Rita Vásquez se lo
llevó a Medellín. Pero
en la casa vecina vivían
los Hermanos Tiraya, un
trío famoso de
guitarras. La música lo
perseguía con la misma
pasión que las mujeres.
Muy pronto empezó a
tocar guitarra y a
cantar como Julio
Jaramillo. «Juanchito,
tenga cuidado, mijo,
esas mujeres me lo van a
enfermar», le advertía
su madre al darse cuenta
del alboroto que causaba
entre sus congéneres.
El motivo principal que
lo llevó a la funesta
Miraluna fue el de
conseguir un pasaporte
para seguir su rumbo a
Caracas. Ese era otro de
los sustanciosos
negocios de Macho
Amargo, por estar bien
conectado con las altas
jerarquías del poder.
Bastaba una llamada
telefónica para que todo
se le diera como por un
endiablado
encantamiento. De ese
modo conseguía desde
pasar cualquier tipo de
cargamento en las
aduanas y alcabalas,
sacar a un hampón de la
cárcel, hasta un
pasaporte o cualquier
otra credencial.
Cuando conoció a
Juanchito Vásquez se
convirtió junto con
Carmelo y otros amigos
en asiduo visitante de
los bares donde cantaba.
Casi siempre terminaban
la parranda en la
Miraluna, donde
sobraba de todo,
güisquis importados,
salchichones, queso
parmesano y pecorino,
jamón serrano y otras
exquisiteces traídas de
países lejanos.
Mientras los otros
hablaban y jugaban
dominó, el hijo de Rita
Vásquez, humilde
lavandera de Medellín,
no paraba de cantar, y
la intocable lo oía
extasiada desde su lecho
que tanto habría deseado
compartir. Llevaba
meses oyéndolo cuando lo
conoció en persona. Fue
el día de su cumpleaños.
—¿Qué quiere de regalo
mi morrocoyita por esas
lindas primaveras?
—Nada en especial, pero
sí me gustaría oír otra
música distinta; ya la
llanera me tiene harta.
—Te voy a traer un
mariachi.
—Me tienen harta
también.
—Ah, ya sé. Voy a
invitar a Juanchito
Vásquez.
—¿Y ése es quién?
—Un sobrino de Carmelo
que canta cancioncitas
de esas que te gustan a
ti.
La traviesa florecita
paramera guardó muy bien
su regocijo. Al fin iba
a conocer al que con sus
cantos tantas noches
arrulló sus sueños. A
partir de ese momento
Juanchito Vásquez visitó
más a menudo a los
Fernández Palma, y éstos
invitaban a un grupo de
amigos con sus esposas,
quienes se
intercambiaban risitas y
miradas furtivas con un
brillo fauno en los ojos
mientras Juanchito
cantaba, porque como les
decía Sagrario cuando
iban —con el pretexto de
tomar agua— a respirar
hondo en la cocina, a
todas les tenía la
empalizada en el suelo.
También allí en esa
casa, donde no faltaba
nada, se cocinaban las
estrategias políticas de
quienes se turnaban en
el poder, y hasta
pernoctaban los más
altos funcionarios del
gobierno. De la casa del
partido los del gobierno
se iban a la Miraluna
a sus acostumbrados
bacanales, continuar sus
tertulias secretas,
comer y beber hasta
caer.
En una oportunidad el
círculo de invitados fue
más reducido. Los
huéspedes eran un
candidato y su
acompañante, que andaban
en cierre de campaña
electoral. Para las diez
de la mañana del día
siguiente estaba pautado
el mítin del futuro
presidente, pero a las
nueve y media yacía
todavía tumbado sobre
una alfombra persa, con
una inmensa borrachera,
y Blanca Barragán,
furiosa, porque con el
ajetreo de la campaña se
le habían quedado las
inyecciones que lo
sacaban de aquellos
aprietos tan seguidos.
—Cabeza de ñema, mangas
miadas, que si no fuera
por mí no llegaría ni a
la esquina de Miraflores
—y lanzaba maldiciones
caminando de un lado a
otro como una fiera
acorralada y mirándolo
como a un gusano—.
«Cada quien tiene su
cuaima, pero ésta es un
cruzado de mapanare con
cascabel», pensó el
espléndido anfitrión
mientras llamaba por
teléfono a su primo el
doctor Fernández, adeco
hasta los cojones —como
con grande orgullo solía
definirse—, para que
corriera urgente con
tales y cuales
inyecciones que tenían
la virtud de devolverle
la vida al aspirante a
la silla presidencial,
según afirmaban sus más
allegados. «A las
mujeres se les da
dinero, ¡pendejo!, no
el poder», lo
increparía años después
el expresidente cuando
la Barragán, muy
envalentonada y con los
humos subidos más arriba
del copete, le impidió
la entrada a su antiguo
despacho de Miraflores.
El doctor Fernández
acudió presuroso al
llamado de su primo.
Después de un largo
destierro sólo ejercía
la medicina en esas
emergencias y a veces en
casos de veterinaria.
Fue el ginecólogo más
exitoso de Barinas y
pueblos circunvecinos,
pero su fama se le vino
al suelo por un penoso
incidente. Con motivo
del vigésimo aniversario
de su graduación
organizó una gran fiesta
a la que concurrieron
sus colegas de promoción
dispersos por toda la
geografía nacional,
esposas, periodistas,
fotógrafos, y la gente
más connotada de su muy
encumbrado círculo
social. Engalanado con
su liquilique blanco y
su cordialidad habitual,
fue recibiendo a cada
uno de los invitados.
Pero debe ser que el
güisqui estaba puyado
y, hacia la media noche,
cuando la fiesta estaba
en su máximo esplendor,
se encaramó en la mesa
de blancos manteles
donde charlaban muy
animadas un grupo de
señoras bien
emperifolladas, se abrió
la bragueta y empezó a
orinarles la cara y a
gritarles: «¡putas!,
¡faltas de ñema!, ¿eso
es lo que quieren?,
¡miren, aquí hay!», y a
perseguirlas sacudiendo
el miembro crecido
entre las manos,
mientras las señoras
corrían despavoridas
buscando refugio en los
brazos de sus maridos,
a quienes el percance
los había dejado
avergonzados y sin saber
qué hacer. Como es
natural, la fiesta llegó
a su fin y el
consultorio también.
A las once y media,
fresco como las aguas de
La Taparita, el
futuro presidente subía
triunfante a la tarima
de la Plaza Bolívar,
escoltado por lo más
selecto de la dirigencia
del partido —presidida
por Macho Amargo quien
no perdía oportunidad
para retratarse con
celebridades— y
vitoreado por millares
de adictos que,
enardecidos, agitaban
banderas y pañuelos
blancos y rugían
consignas estridentes,
mientras los verdes,
encerrados en la casa de
gobierno, veían cernirse
sobre ellos la más
temible derrota, y
empezaban a romper
papeles y a desaparecer
archivos que mancillaran
su muy honorable
gestión.
Dos años después había
de ocurrir el triste
episodio del hijo de
Rita Vásquez, la que
tanto temió que las
mujeres se lo fueran a
enfermar, y que al poco
tiempo recibió una carta
de su hermano Carmelo
donde le anunciaba que
un buen amigo le había
conseguido una cédula de
identidad y ya Juanchito
tenía meses en Caracas
ejerciendo su profesión
con mucho éxito, y que,
tal como se lo había
informado hacía poco su
muy estimado amigo el
doctor Fernández Tapia,
muy pronto lo verían por
televisión, pero que qué
muchacho pa
malagradecido, ni se
despidió para irse, y a
él no le escribía ni tan
siquiera unas cuatro
letras para darle las
gracias por tanto que lo
había ayudado.
El Tuerto Estupiñán era
un bandido temible, y en
el Guardajumo
tenía el cargo de
caporal. Desde el
vientre de su madre vino
con el ojo derecho
mirando fijo hacia la
ceja izquierda, pero los
peones del hato tenían
la certeza de que veía
más que un reptil en la
oscuridad. Contrató a un
delincuente que sacaron
de la cárcel con el
expreso propósito de
cometer el crimen, y una
noche sin luna buscaron
a Juanchito en el bar
donde estaba cantando,
con el recado de su
patrón de que tenía
mujeres y una fiesta
prendida en el
Guardajumo.
Así fue como Juanchito
Vásquez fue a quedar
llano adentro, en un
pedazo de tierra que su
madre ignoró para
maldecir. Amarrado con
una soga a una mata de
mango tuvo la ocasión de
mirar los arreglos de su
propio entierro y
suficiente tiempo para
recordar.
De no haber tenido la
boca tapada y apretada
hasta sangrar, le habría
rogado: «Coño,
Estupiñán, deje la
verraquera, hombre,
dejame escapar». «Mire,
oiga, no seas maula,
hombre, ¿qué te he hecho
yo, Estupiñán?».
El tajo brutal destapó
un lirio trémulo en la
hermosura de su cuerpo
profanado, y por la
bizarra armadura de sus
piernas escurrió la
sangre que abrió un
delta en un pedazo de
tierra polvoriento.
De no haber tenido la
boca tapada y apretada
hasta sangrar, el Tuerto
Estupiñán habría oído
también las mentadas de
madre más prodigiosas
que sólo el cielo pudo
escuchar.
Al rato, la estocada
final. Después de que
cayó en la fosa abierta
con feroz lentitud, el
temible bandido
Estupiñán le entregó la
suma de dinero al
ayudante y le recordó
que tenía que bajar a
echarle tierra en la
boca.
Al descender, el temible
bandido Estupiñán le
voló los sesos de un
solo balazo. Luego
rescató el dinero y
llenó de tierra las
bocas. Después de echar
el arma encima, con una
pala procedió a rellenar
y a dejar todo tan
intacto como cuando
habían llegado. Pero las
mentadas de madre
prodigiosas no lo
dejarían dormir jamás.
Murió en el manicomio de
Bárbula la misma noche
que el milenio moría. La
enfermedad le dio por
andar desnudo de la
cintura hacia abajo, con
los ojos desorbitados,
agachado hacia delante y
las manos siempre entre
las piernas, muy
temeroso de que lo
fueran a capar.
***
EN
TOTUMOS
(Cuento)
Cuando su cabeza rodó
por el suelo moviendo
los ojos hacia arriba y
hacia abajo para
cerrarse pensativos ya
no fue posible percibir
que la amenaza del amo y
señor de los ejércitos
no había sido apenas una
metáfora como les dijo
que era a los sufridos
habitantes del pueblo de
Totumos que asentían con
la cabeza taciturna
escuchando las exégesis
de los vocablos
proferidos por el amo,
el redentor sacrificado,
enviado por la divina
providencia para
salvarlos de las garras
imperiales del vecino
norteño de Caretas que
robaba con voracidad
nunca antes suscitada
hasta las aguas
subterráneas y todo
cuanto se producía,
empezando por los
huevos, y todo lo que
crecía y se movía en el
territorio sufrido de
Totumos. Qué va, el amo
era un elegido y como el
divino Jesús se
sacrificaba para
salvarlos expresándose
en pura alegoría cuyos
secretos designios sólo
él como intermediario
podía explicar a
aquellas mentes
mentecatas que habían
perdido la esperanza y
la memoria desde la
horrible peste que
durante cuarenta años
arrasó a sus habitantes
con vómitos de sangre y
calenturas que
achicharraban la mano a
los curanderos isleños
cuando la colocaban en
la nuca de los enfermos
para saber de qué mal se
estaban muriendo. Qué
va, hacer una fritanga
de cabezas como dijera
el redentor sacrificado
no quería decir eso sino
todo lo contrario y en
el más peor de los casos
era apenas mandar al
cipote a los culpables
de tantos desafueros que
habían construido
puentes y carreteras
para que se cayeran no
antes ni después sino
justo en el momento en
que el amo estaba en su
gobierno y habían
cuidado con esmero el
cerro más alto del
pueblo para que se
desmoronara como un
aluvión endemoniado no
antes ni después sino
justo cuando el amo
estaba en su gobierno y
habían criado vacas para
que se volvieran
machorras y en el puro
hueso no antes ni
después sino justo
cuando el amo estaba en
su gobierno y qué otra
vaina se podía hacer con
esas pérfidas cabezas,
marrulleras, que desde
antes de nacer el
redentor ya lo andaban
persiguiendo y desde
antes de nacer ya
estaban conspirando para
derrocarle su gobierno,
pero una fritanga de
cabezas, qué va, eso no
quería decir eso.
Después rodaron por
montones pero ya más
nadie supo que la suya
había de ser la cabeza
venidera porque en ese
pueblo sufrido de
Totumos nadie sabía nada
de nada y para que
supieran algo de algo
el redentor sacrificado
hubo de pedir ayuda a
una isla cercana donde
la sabia conducción de
su patriarca había
forjado la más avanzada
civilización que se
hubiese conocido sobre
la faz de la Tierra, y
de allá iban llegando
por tandas bandadas de
curanderos que curaban
todos los males
incurables y maestros
que sabían enseñar la
historia como era y
enseñaban a leer hasta a
los burros que era lo
que más abundaba en
aquella desolada
podredumbre que era el
pobre y sufrido pueblo
de Totumos, y enseñaban
a meterle el dedo en el
culo a las gallinas para
saber si tenían huevo pa
hoy o pa mañana y cómo
rendir la renta
carbonera del pueblo de
Totumos que tenía minas
de carbón suficientes
para calentar a todos
los emparamados del
planeta. Iban llegando
por tandas curanderos
prodigiosos que con una
sola píldora curaban
todos los males y nunca
el pueblo fue más
saludable y la gente
nunca más sufrió de
infartos ni de esas
tremendas arrecheras
porque hasta entonces
las rastras de maldades
venían empaquetadas con
precintos del vecino
macabro de Caretas.
Iban llegando por tandas
ingenieros que en una
sola espabilada
levantaban puentes
descomunales y
autopistas gigantescas
que nunca más se fueron
contra el suelo, y para
completar la hartura de
la dicha y nada más
faltase vinieron las
putas más sabias de
todas la putas de la
Tierra que sabían todo
lo que había por saber y
hacían en la cama o el
baño o donde fuera los
números nunca jamás por
nadie imaginados, qué
bendición, y entonces
por fin el pobre y
sufrido pueblo de
Totumos vio a la
felicidad en plenitud
erguida y solemne como
el resplandor de una
espada que no sólo la
podían lamber y manosear
con todos los dedos de
la mano y enrollarla y
metérsela en el bolsillo
o donde fuera sino hacer
regueros de ella hasta
en los más recónditos
extremos de todos los
dominios territoriales
donde quedaron abolidos
para siempre todos los
dolores y hasta la
mierda dejó de oler a
mierda y ser lo que era
para mudarse en
terroncitos de oro que
se precipitaban como
ventarrones sobre los
techos de las casas que
antes fueran de cartón y
barro. No habiendo más
nada por hacer porque
ni una pajita más de
felicidad cabía por las
rendijas de ninguna
parte, hacían
concentraciones en la
plaza donde las
muchedumbres fervorosas
aclamaban al amo y señor
de los ejércitos a quien
hubo que coserle de
emergencia unos gruesos
calzoncillos
impermeables para
sujetar los enormes
chorros empinados que
ensopaban sus calzones
con cada tanda de
aplausos y aullidos de
gozo enfebrecido cuyo
estruendo hacía volar a
las palomas espantadas.
Y como único medio de
atajar las fuerzas
malignas alborotadas a
mansalva por el vecino
norteño de Caretas y no
ver a la felicidad en
plenitud descuartizada,
ofrendaban en altares a
los más tiernos
inocentes cuya sangre
derramaban piaches y
babalaos sobre el
inmenso cuerpo sediento
del redentor
sacrificado.

Poemas
LA YERBA DE LAS ROSAS
Despido sin duelo los
festines.
Un aplauso sacude los
huesos de mis manos,
las que retiran la
yerba de las rosas,
que tiemblan al rumor
de los clamores
maldiciendo al
colmillo enrojecido
que muerde el dolor de
los corderos.
Manos para siembras
afanadas,
para tantear oleadas de
palomas
que olvidadas de nidos y
algodones
muy lejos se alejan
arrullando.
SUR
A Lula
La puerta de mi casa
mira siempre al Sur,
donde las aguas escurren
a morir,
y los pájaros caen como
ceniza.
Oigo el seco crujir de
los geranios
por el silbido que
baja de las nubes.
Vivo solamente si me
dueles,
si ardes como antorcha
entre mi carne.
Ríos que braman siempre
al Sur.
Siempre al Sur,
hacia donde la puerta de
mi casa mira.
CUANDO LA TARDE MUERA
Mañana cuando llueva
miraré a la araucaria
con sus viejos
temblores.
Cantaré aquella canción
mañana mismo cuando la
tarde muera.
Entonces, ¿quién estará
en la puerta cuando el
invierno venga?,
¿quién en la sala para
escuchar del viento su
gemido?
Pienso en qué harás con
la delgada huella que
dejé en tus manos,
con esa lágrima que
saltó hacia el lugar por
donde tu alma se
levanta.
Recuerdo en tus ojos el
revoloteo de golondrinas
y en tu boca el
susurro quedo de las
abejas errantes.
Voy soñando tus manos
imposibles,
y tus pies enrumbados
por lugares que ignoro.
VELO
A María Dolores
Gonzáles-Hocevar
Que ande yo como ahora
sin las venas
palpitando;
sin un hilo de voz
entre este bosque de
alaridos.
Yo, que durante siglos
velo
el ronco sonido de la
noche,
he mirado con estos
pobres ojos
el llanto mudo del parto
de las perras,
y la orfandad de cuanto
habita
bajo el cielo
arrodillado.
Yo, que yazgo sobre
tierra fría
oyendo caer la ceniza de
los muertos,
me pierdo a las cuatro
de la tarde
en sopores estivales
y siento una enorme
punzada
al recordarte.
DESTINO
A Gladys Portuondo
Salí una tarde
por la rendija más
angosta;
puertas y ventanas
habían sido clausuradas.
Vago sin memoria,
derramando una brisa
diminuta
sobre geranios
que ya no olerán para
nadie.
Algo me convoca
a descifrar los
presagios,
pero yo sólo conozco
los bramidos
de las calles
descalzas.
Hoy prefiero
pagarle al mundo
cada una de mis deudas,
echarme toda la tierra
encima
y borrar los horizontes
del destino que me
asedia.
belan@ula.ve
SitioWeb:
http://webdelprofesor.ula.ve/cjuridicas/belan
Otros sitios Web de
referencia de su obra:
http://www.predicado.com/pagina.php?usuario=margaviota
http://www.palabrasdiversas.com

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