Inés de Cuevas

 

VIDA Y LIBROS
  (Julio 2007) 

 

 

 

 

Margarita Belandria nació en Canaguá, Estado Mérida (Venezuela, 1953). Es Abogada y Magíster en Filosofía. Actualmente se desempeña como profesora-investigadora de la Universidad de Los Andes en el área de Filosofía del Derecho, Lógica y Hermenéutica Jurídica, en la Facultad de Ciencias Jurídicas. Desde el año 2004 clasificó en el Programa de Promoción del Investigador (PPI Nivel I). Desde 1997 se desempeña como Coordinadora del «Grupo Logos: Filosofía, Derecho y Sociedad» (www.grupologosula.org),  grupo de investigación adscrito al Centro de Investigaciones Jurídicas y  al Consejo de Desarrollo Científico, Humanístico y Tecnológico (CDCHT-ULA). Desde 1998  es Directora fundadora de la Revista DIKAIOSYNE [Revista semestral de filosofía práctica,  indexada en REVENCYT y otros Índices internacionales (http:// www.saber.ula.ve/dikaiosyne/).  Ha sido Ponente Invitada en eventos nacionales e internacionales, científicos y literarios. Autora  de numerosos ensayos publicados en revistas impresas y electrónicas. Desde el año 2003 es miembro de la Asociación de Escritores de Mérida (Venezuela). Y miembro del Foro Literario  “Letras Libres” de Madrid (España) desde mayo de 2005. Ha sido invitada de honor al V Encuentro Internacional de Escritores en el Caribe.  Playa del Carmen. Estado de Quintana Roo. México(2003). Y en Recital Poético de la VI Bienal de Literatura “Mariano Picón Salas”. Mérida 2005.

 

Publicaciones

Qué bien suena este llanto. Novela. Coedición del Centro Nacional del Libro (CENAL) y la Asociación de Escritores de Mérida-Venezuela, 2006). Esta novela recibió Mención de Honor en el I Concurso de Narrativa “Antonio Márquez Salas”, convocado por la AEM en septiembre de 2004.  Un fragmento de esta novela fue publicado por esa Asociación en la  I Antología de Narrativa, Mérida–Venezuela,  2005. Libro bifronte con Otros puntos cardinales. Poemas. Coedición del Centro Nacional de Libro y la Asociación de Escritores de Mérida–Venezuela, 2006. Este libro  recibió Mención de Honor otorgada por la AEM en el año 2005. Una selección de sus poemas  fueron publicados por la AEM en “Al pie de la letra”, Diario Frontera, el 12 de junio de 2004. También en la  I Antología de Poesía, AEM. Mérida-Venezuela, 2005. En la II Antología de Poesía, AEM. Mérida-Venezuela, 2006. En la Revista La Palabra No. 8, editada por el Instituto Barinés de la Cultura y Bellas Artes (INBCYBA). Barinas-Venezuela, 2006. En la revista electrónica Palabras Diversas (enlace: la voz de los poetas) No. 1, septiembre de 2006. Madrid–España. El cuento “En Totumos” fue publicado en la II Antología de Narrativa, AEM. Mérida,  2006.  El poema “En la tarde”. fue publicado en el libro Solamente palabras (Centro Poético  de Madrid. España, 2003). Tiene inédito el libro de cuentos:  En el pozo.

 

 FRAGMENTOS

(novela Qué bien suena este llanto)

 

Después de que la florecita paramera de la desdichada María Antonia Solano regresó de conocer la mar, durante varias semanas no vio a Fernández Tapia. Le había jurado «por este puñado de cruces» que, en cuanto resolviera algunos asuntos pendientes, regresaría para llevarla al altar.

Pasaron semanas interminables. Noches enteras sin dormir. Pensando en ese par de luceros deslumbrantes, en los besos tan distintos que dejó en su boca,  y ese olor de hombre que la había perturbado tanto. A pesar de la demora lo esperó inquebrantable, con la misma certeza con que se espera el retorno de la luna llena.

Una tarde lluviosa se apareció cargado de flores y con la decisión de casarse. La encontró afligida y con los ojos desteñidos de tanto mirar la lluvia. «¿Viste, carajita, que Tomás Antonio Fernández Tapia es un hombre de palabra?». Ella se le echó en los brazos y, colgada de la nuca, le llenó de besos el corazón, donde llegaba su estatura. 

Fernández Tapia habló con don Ramón Palma. Le anunció que la boda sería al día siguiente y luego partirían hacia Barinas donde tenía una mansión monumental y un hato con miles de cabezas de ganado. Que su hija estaría bien. Que él sería capaz hasta de lamber las calles de Mucuchíes y de Barinas con tal de hacerla feliz, porque tal preciosura no se encontraba en cualquier casa de vecino ni todos los días cualquiera se casaba con la sobrina de un Cardenal.

En su silleta de cuero crudo recostada a la pared, don Ramón Palma, mirando el piso y con la copa del sombrero dándole vueltas entre las rodillas, se limitaba a mover la cabeza lenta y vertical. Sólo cuando los desposados se marcharon los afilados riscos del páramo le parecieron más negros y desnudos, mucho más que cuando los interrogaba por los caprichos del destino y la eterna tristeza de María Antonia. Desde ese día y hasta la víspera de su muerte durmió con Pastora Santos, y por primera vez en su vida dejó de saberse un hombre preterido.

Tomás Antonio Fernández Tapia era propietario de una de las más lujosas mansiones de la ciudad, el hato Guardajumo por los lados de Guasdualito, una casa en el mar, carros, camiones, tierras, casas y apartamentos en distintos lugares del país y del planeta, que se había procurado, entre otros medios, con sus negocios de agiotista, pues lo que heredó al principio fue una fortuna harto modesta. 

Deslumbrada como estaba, en su entorno sólo veía resplandor. Se había casado «con un príncipe, un hombre guapísimo, rico y sensual», le sopló al oído Pastora Santos en el mismo momento en que se despidieron, aunque antes le hubiese dicho que tenía pinta de ser muy puto, y con tanta edad más bien lo confundirían con su padre.

Hasta que la mansión empezó a llenarse de servidumbre y centenares de invitados, los primeros días hacían el amor por todos los rincones de la casa y el bosque que la rodeaba. Las sesiones amorosas eran precedidas de largas y elocuentes lecciones de cómo hacerlo mejor. Y evocaba lujurioso los lujos de traseros que había podido montar, y cómo quedaban de agradecidas... Hembras carnosas de tetas inmensas, calientes y rosadas; intuitivas, que le daban antes de que él pidiera nada. Adivinas. Divinas.  «Me gusta ver los morrocoyes, esos animales sí son excitantes para tirar: la hembra va delante meneando todo el trasero, y el macho atrás, siguiéndola, mientras va dejando rastros de leche. Voy a llenar la casa de morrocoyes.  Ya verás, mi morrocoyita, cómo vas a ser de feliz».

La aprendiz flotaba luminosa. El incendio penetraba en sus oídos descendiendo hasta hacer explosión en ese resquicio húmedo y latiente que olía a mastranto y sabía a albaricoque, como le diría Mariano Cedeño varios años después en las aguas mansas de la Taparita.

Pero al poco tiempo no dejó de notar que sólo el preámbulo retórico era flameante. Después, la fallida expectativa y tanta cháchara comenzaron a causarle aburrimiento, y empezó, además por otras causas, a buscar excusas para evitarlo. Volvió a sus lecturas, a llenar su soledad con la vida de los seres que gozaban y sufrían entre los libros, y a la par, por la demanda de la vida social de su marido, se esmeró en volverse hacendosa, forzada y sonriente anfitriona de quienes empezaron a poblar aquella casa inmensa, la Miraluna, que mientras más muebles, objetos valiosos y gente tenía se le tornaba más grande y desolada. 

Intensa actividad. Organizaba todo como una mujer grande.  Daba órdenes. Sacó sus libros de cocina que junto con algunos de literatura fue lo único que se llevó cuando el matrimonio.  Embellece todo con cuadros, jarrones, tapices, gran variedad de artesanías y las plantas y flores más hermosas que va encontrando a su paso. «Las flores —le había oído alguna vez a Pastora Santos— son las joyas de la tierra; una casa sin flores es como un corral de gallinas». Y cuando veía las flores se acordaba de las gallinas y se moría de la risa al recordar a la que ponía un huevo rala vez, y armaba una alharaca tan grande durante horas como si lo hubiese puesto de oro. Nunca más vio otro huevo tan cantado, tan reído, tan llorado, porque la chonga tenía esa loca manera de cacarearlo.

Desde su arrebatado matrimonio casi todos los meses le mandaba una carta a don Ramón Palma, quien las recibía y sin mirarlas siquiera las metía en aquel baúl de vastas dimensiones donde guardaba los tesoros de María Antonia, que sólo abría para guardar las cartas desde la noche que se le ocurrió ponerse a desentrañar sus dudas entre las cosas de la muerta.

Al ver la foto del hombre del sombrero, le exigió a Pastora Santos: «dígame quién es este sujeto». Leal a la difunta, le dio una vaga información: «creo que es uno que murió hace muchísimo tiempo», y atajó cualquier otra pregunta: «pero de más nada me acuerdo». La miró feo, pero con lo recabado terminó de averiguar por su cuenta hasta armar el rompecabezas que le había hecho pasar los años en un desvelo terrible. Un incauto le aclaró: «¿No se acuerda, don Ramón?, ése fue el que se colgó del cínaro el mismitico día que usté se casó con la finadita María Antonia, que en paz descanse».

Fue entonces cuando le arreció el despecho y le mandó a decir a su hija que no malgastara tanto tiempo, papel y tinta; que tratara de ser feliz si es que podía. Pero ella jamás cedió a tal pedido. Sabía que no abría sus cartas, tanto mejor. Así no sabría de sus quejas ni de cuánto pesar se estaba llenado. Aquellos papeles eran un desaguadero de su postración. La tristeza y el tedio de vivir con ese hombre que la convivencia le había revelado en su total desnudez: pícaro, fanfarrón, taimado, inescrupuloso, mujeriego, con tantas mujeres e hijos como su fuerza animal le permitía. Artero y resabiado hasta más no poder, como sólo Sagrario lo sabía definir. 

Ese príncipe azul que la rescató de la neblina y las fieras ventiscas parameras, al paso de los años, se le iba convirtiendo en un repulsivo semental. Nada más en la vastedad del Guardajumo tenía tres casas con hijos y mujeres, a los que ella cada quincena les tenía que hacer llegar un mercado. Otras dos en Sabaneta, que debían recibir los mismos cuidados. Y la más preciada, en Barinitas, en donde  pasaba casi semanas enteras por lo fresco que era, por más nada —solía decirle—, pues su catedral era ella, las demás, simples capillitas. De esa se encargaba él en persona. Era Gisela, una frondosa muchacha de Carora que recogió un día en la carretera mientras esperaba carro para ir a Barinas a recibir un cargo de maestra. De inmediato se encaprichó con ella. Le dijo que ahora era que había pan para rebanar, y con todo lo que tenía encima no tenía ninguna necesidad de meterse a maestra, que le enseñara a él todo lo que tenía para enseñar, y la llevó directo a Barinitas y la instaló en la casa donde vivía Romelia, con quien tenía cinco hijos y que por haber perdido ya sus firmes dimensiones fue a parar con sus hijos a uno de los ranchos del Guardajumo.

Media Barinas de la más alta alcurnia se sentía honrada —aseguraba su dueño— de visitar aquella casa donde no faltaba nada y no se escatimaba en gastos para complacer los caprichos de sus invitados. Chigüire, lapa, venado y toda suerte de platos llaneros, andinos, orientales y hasta mediterráneos. Arpa, cuatro y maracas; bandola, violines y mariachis.

Los más sonados cantantes de música llanera, preferidos por el dueño, desfilaban por aquella casa donde no faltaba nada.  Asimismo,  tríos, duetos, y hasta un requinto que cantaba de tal manera que sin verlo ni un veterano lo hubiese distinguido de Julio Jaramillo, y que desapareció de forma repentina y misteriosa después de una noche que la señora de la Miraluna le oyó cantar El buque fantasma y como desquiciada puso un cojín a los pies del hombre y se arrodilló y cantaron  hasta el amanecer, ignorando los llamados del marido: «morrocoyita, ya está bueno, ya es hora de dormir», a pesar de que ya sabía lo mucho que le disgustaba que la nombrara con ese remoquete de morrocoyita.

El misterioso desaparecido se llamaba Juanchito Vásquez, y era sobrino de Carmelo, el colombiano amansador de caballos. Había nacido en Valledupar y más tarde se había mudado con su madre a Medellín. Por los caminos verdes del Arauca había pasado en una chalana a Venezuela, para buscar fama en Caracas donde, le habían asegurado, tendría éxito con su arte musical.

«A la mujer de Fernández Tapia nadie le calienta la oreja ni le pone un dedo encima. Antes que nada me le cortan las ñemas a ese güevón, y después no se olviden de echarle tierra en la boca, ustedes saben, pa que no les vean en los ojos al muerto», les ordenó Macho Amargo al Tuerto Estupiñán y al otro bandido que por un dineral acabaron con la hermosura de Juanchito Vásquez. 

Apenas sí le dio tiempo de recordar los lamentos y advertencias de su madre allá en Medellín: «maldito miche que vuelve loca a la gente». «Ay, Juanchito, te van a matar. Esa guitarra va ser tu perdición».

Juanchito Vásquez era todo un varón. Demasiado bien hecho para la música y las mujeres.  Lo primero que hizo en su vida fue aprender a tocar acordeón. A los doce años ya era un campeón de la música vallenata. Presintiendo males mayores y para que estudiara y cambiara de vida, Rita Vásquez se lo llevó a Medellín. Pero en la casa vecina vivían los Hermanos Tiraya, un trío famoso de guitarras. La música lo perseguía con la misma pasión que las mujeres. Muy pronto empezó a tocar guitarra y a cantar como Julio Jaramillo. «Juanchito, tenga cuidado, mijo, esas mujeres me lo van a enfermar», le advertía su madre al darse cuenta del alboroto que causaba entre sus congéneres.

El motivo principal que lo llevó a la funesta Miraluna fue el de conseguir un pasaporte para seguir su rumbo a Caracas. Ese era otro de los sustanciosos negocios de Macho Amargo, por estar bien conectado con las altas jerarquías del poder. Bastaba una llamada telefónica para que todo se le diera como por un endiablado encantamiento. De ese modo conseguía desde pasar cualquier tipo de cargamento en las aduanas y alcabalas, sacar a un hampón de la cárcel, hasta un pasaporte o cualquier otra credencial.

Cuando conoció a Juanchito Vásquez se convirtió junto con Carmelo y otros amigos en asiduo visitante de los bares donde cantaba. Casi siempre terminaban la parranda en la Miraluna, donde sobraba de todo, güisquis importados, salchichones, queso parmesano y pecorino, jamón serrano y otras exquisiteces traídas de países lejanos.   Mientras los otros hablaban y jugaban dominó, el hijo de Rita Vásquez, humilde lavandera de Medellín, no paraba de cantar, y la intocable lo oía extasiada desde su lecho que tanto habría deseado compartir.  Llevaba meses oyéndolo cuando lo conoció en persona. Fue el día de su cumpleaños.

—¿Qué quiere de regalo mi morrocoyita por esas lindas primaveras?

—Nada en especial, pero sí me gustaría oír otra música distinta; ya la llanera me tiene harta.

—Te voy a traer un mariachi.

—Me tienen harta también.

—Ah, ya sé. Voy a invitar a Juanchito Vásquez.

—¿Y ése es quién?

—Un sobrino de Carmelo que canta cancioncitas de esas que te gustan a ti.

La traviesa florecita paramera guardó muy bien su regocijo. Al fin iba a conocer al que con sus cantos tantas noches arrulló sus sueños. A partir de ese momento Juanchito Vásquez visitó más a menudo a los Fernández Palma, y éstos invitaban a un grupo de amigos con sus esposas, quienes se intercambiaban risitas y miradas furtivas con un brillo fauno en los ojos mientras Juanchito cantaba, porque como les decía Sagrario cuando iban —con el pretexto de tomar agua— a respirar hondo en la cocina, a todas les tenía la empalizada en el suelo.

También allí en esa casa, donde no faltaba nada, se cocinaban las estrategias políticas de quienes se turnaban en el poder, y hasta pernoctaban los más altos funcionarios del gobierno. De la casa del partido los del gobierno se iban a la Miraluna a sus acostumbrados bacanales, continuar sus tertulias secretas, comer y beber hasta caer. 

En una oportunidad el círculo de invitados fue más reducido. Los huéspedes eran un candidato y su acompañante, que andaban en cierre de campaña electoral. Para las diez de la mañana del día siguiente estaba pautado el mítin del futuro presidente, pero a las nueve y media yacía todavía tumbado sobre una alfombra persa, con una inmensa borrachera, y Blanca Barragán, furiosa, porque con el ajetreo de la campaña se le habían quedado las inyecciones que lo sacaban de aquellos aprietos tan seguidos.

—Cabeza de ñema, mangas miadas, que si no fuera por mí no llegaría ni a la esquina de Miraflores —y lanzaba maldiciones caminando de un lado a otro como una fiera acorralada y mirándolo como a un gusano—.  «Cada quien tiene su cuaima, pero ésta es un cruzado de mapanare con cascabel», pensó el espléndido anfitrión mientras llamaba por teléfono a su primo el doctor Fernández, adeco hasta los cojones —como con grande orgullo solía definirse—, para que corriera urgente con tales y cuales inyecciones que tenían la virtud de devolverle la vida al aspirante a la silla presidencial, según afirmaban sus más allegados. «A las mujeres se les da dinero, ¡pendejo!, no el poder», lo increparía años después el expresidente cuando la Barragán, muy envalentonada y con los humos subidos más arriba del copete, le impidió la entrada a su antiguo despacho de Miraflores.

El doctor Fernández acudió presuroso al llamado de su primo.  Después de un largo destierro sólo ejercía la medicina en esas emergencias y a veces en casos de veterinaria. Fue el ginecólogo más exitoso de Barinas y pueblos circunvecinos, pero su fama se le vino al suelo por un penoso incidente. Con motivo del vigésimo aniversario de su graduación organizó una gran fiesta a la que concurrieron sus colegas de promoción dispersos por toda la geografía nacional, esposas, periodistas, fotógrafos, y la gente más connotada de su muy encumbrado círculo social. Engalanado con su liquilique blanco y su cordialidad habitual, fue recibiendo a cada uno de los invitados. Pero debe ser que el güisqui  estaba puyado  y, hacia la media noche, cuando la fiesta estaba en su máximo esplendor, se encaramó en la mesa de blancos manteles donde charlaban muy  animadas un grupo de señoras bien emperifolladas, se abrió la bragueta y empezó a orinarles la cara y a gritarles: «¡putas!, ¡faltas de ñema!, ¿eso es lo que quieren?, ¡miren, aquí hay!»,  y a perseguirlas sacudiendo el  miembro crecido  entre las manos, mientras las señoras corrían despavoridas buscando refugio en los brazos de  sus  maridos, a quienes el percance los había dejado  avergonzados y sin saber qué hacer. Como es natural, la fiesta llegó a su fin y el consultorio también.

A las once y media, fresco como las aguas de La Taparita,  el futuro presidente subía triunfante a la tarima de la Plaza Bolívar, escoltado por lo más selecto de la dirigencia del partido —presidida por Macho Amargo quien no perdía oportunidad para retratarse con celebridades—  y vitoreado por millares de adictos que, enardecidos, agitaban  banderas y pañuelos blancos y rugían consignas estridentes, mientras los verdes, encerrados en la casa de gobierno, veían cernirse sobre ellos la más  temible derrota, y empezaban a romper papeles y a desaparecer archivos que mancillaran su  muy honorable gestión.

Dos años después había de ocurrir el triste episodio del hijo de Rita Vásquez, la que tanto temió que las mujeres se lo fueran a enfermar, y que al poco tiempo recibió una carta de su hermano Carmelo donde le anunciaba que un buen amigo  le había conseguido una cédula de identidad y ya Juanchito tenía meses en Caracas ejerciendo su profesión con mucho éxito, y que,  tal como se lo había informado hacía poco su muy estimado amigo el doctor Fernández Tapia, muy pronto lo verían por televisión, pero que qué muchacho pa malagradecido,  ni se despidió para irse, y a él no le escribía ni tan siquiera unas cuatro letras para darle las gracias por tanto que lo había ayudado.

El Tuerto Estupiñán era un bandido temible, y en el Guardajumo tenía el cargo de caporal. Desde el vientre de su madre vino con el ojo derecho mirando fijo hacia la ceja izquierda, pero los peones del hato tenían la certeza de que veía más que un reptil en la oscuridad. Contrató a un delincuente que sacaron de la cárcel con el expreso propósito de cometer el crimen, y una noche sin luna buscaron a Juanchito en el bar donde estaba cantando, con el recado de su patrón de que tenía mujeres y una fiesta prendida en el Guardajumo.

Así fue como Juanchito Vásquez fue a quedar llano adentro, en un pedazo de tierra que su madre ignoró para maldecir. Amarrado con una soga a una mata de mango tuvo la ocasión de mirar los arreglos de su propio entierro y suficiente tiempo para recordar.

De no haber tenido la boca tapada y apretada hasta sangrar, le habría rogado: «Coño, Estupiñán, deje la verraquera, hombre, dejame escapar». «Mire, oiga, no seas maula, hombre, ¿qué te he hecho yo, Estupiñán?». 

El tajo brutal destapó un lirio trémulo en la hermosura de su cuerpo profanado, y por la bizarra armadura de sus piernas escurrió la sangre que abrió un delta en un pedazo de tierra polvoriento.

De no haber tenido la boca tapada y apretada hasta sangrar, el Tuerto Estupiñán habría oído también las mentadas de madre más prodigiosas que sólo el cielo pudo escuchar.

Al rato, la estocada final. Después de que cayó en la fosa abierta con feroz lentitud, el temible bandido Estupiñán le entregó la suma de dinero al ayudante y le recordó que tenía que bajar a echarle tierra en la boca.

Al descender, el temible bandido Estupiñán le voló los sesos de un solo balazo. Luego rescató el dinero y llenó de tierra las bocas.  Después de echar el arma encima, con una pala procedió a rellenar y a dejar todo tan intacto como cuando habían llegado. Pero las mentadas de madre prodigiosas no lo dejarían dormir jamás. Murió en el manicomio de Bárbula la misma noche que el milenio moría. La enfermedad le dio por andar desnudo de la cintura hacia abajo, con los ojos desorbitados, agachado hacia delante y las manos siempre entre las piernas, muy temeroso de que lo fueran a capar.

 

 ***

EN TOTUMOS

(Cuento)

Cuando su cabeza rodó por el suelo moviendo los ojos hacia arriba y hacia abajo para cerrarse pensativos ya no fue posible percibir que la amenaza del amo y señor de los ejércitos no había sido apenas una metáfora como les dijo que era a los sufridos habitantes del pueblo de Totumos que asentían con la cabeza taciturna escuchando las exégesis de los vocablos proferidos por el amo, el redentor sacrificado, enviado por la divina providencia para salvarlos de las garras imperiales del vecino norteño de Caretas  que robaba con voracidad nunca antes suscitada hasta las aguas subterráneas y todo cuanto se producía, empezando por los huevos, y todo lo que crecía y se movía en el territorio  sufrido de Totumos.  Qué va, el amo era un elegido y como el divino Jesús se sacrificaba para salvarlos  expresándose en pura alegoría  cuyos secretos designios sólo él como intermediario podía explicar a aquellas mentes mentecatas que habían perdido la esperanza y la memoria desde la horrible peste que durante cuarenta años arrasó a sus habitantes con vómitos de sangre y calenturas que  achicharraban la mano a los curanderos isleños cuando la colocaban en la nuca de los enfermos para saber de qué mal se estaban muriendo.  Qué va, hacer una fritanga de cabezas como dijera el redentor sacrificado no quería decir eso sino todo lo contrario y en el más peor de los casos era apenas mandar al cipote a los culpables de tantos desafueros que habían construido puentes y carreteras para que se cayeran no antes ni después sino justo en el momento en que el amo estaba en su gobierno y habían cuidado con esmero el cerro más alto del pueblo para que se desmoronara como un aluvión endemoniado no antes ni después sino justo cuando el amo estaba en su gobierno y habían criado vacas para que se volvieran machorras y en el puro hueso no antes ni después sino  justo cuando el amo estaba en su gobierno y qué otra vaina se podía hacer con esas pérfidas cabezas, marrulleras, que desde antes de  nacer el redentor ya lo andaban persiguiendo y desde antes de  nacer ya estaban conspirando para derrocarle su gobierno, pero una fritanga de cabezas, qué va, eso no quería decir eso. Después rodaron  por montones pero ya más nadie supo que la suya había de ser la  cabeza venidera porque en ese pueblo sufrido de Totumos nadie sabía nada de nada y para que supieran algo de algo  el redentor sacrificado hubo de pedir ayuda a una isla cercana donde la sabia conducción de su patriarca había forjado la más avanzada civilización que se hubiese conocido sobre la faz de la Tierra,  y de allá iban llegando por tandas bandadas de curanderos que curaban todos los males incurables y maestros que sabían   enseñar  la historia como era y  enseñaban a leer hasta a los burros que era lo que más abundaba en aquella desolada podredumbre que era el pobre y sufrido pueblo de Totumos, y enseñaban a meterle el dedo en el culo a las gallinas para saber si tenían huevo pa hoy o pa mañana y cómo rendir la renta carbonera del pueblo de Totumos que tenía minas de carbón suficientes para calentar a todos los emparamados del planeta.  Iban llegando por tandas curanderos prodigiosos que con una sola píldora curaban todos los males y nunca el pueblo fue más saludable y la gente nunca más sufrió de infartos ni de esas tremendas arrecheras porque hasta entonces las rastras de maldades venían empaquetadas con precintos del vecino macabro  de Caretas. Iban llegando por tandas ingenieros que en una sola espabilada levantaban puentes descomunales y autopistas gigantescas que nunca más se fueron contra el suelo, y para completar la hartura de la dicha y  nada más faltase vinieron las putas más sabias de todas la putas de la Tierra que sabían todo lo que había por saber y hacían en la cama o el baño o donde fuera los números nunca jamás por nadie imaginados, qué bendición, y entonces por fin el pobre y sufrido pueblo de Totumos vio a la felicidad en plenitud erguida y solemne como el resplandor de una espada que no sólo la podían lamber y manosear con todos los dedos de la mano y enrollarla y metérsela en el bolsillo o donde fuera sino hacer regueros de ella hasta en los más recónditos extremos  de todos los dominios territoriales donde quedaron abolidos para siempre todos los dolores y hasta la mierda dejó de oler a mierda y ser lo que era para mudarse en terroncitos de oro que se precipitaban como ventarrones sobre los techos de las casas que antes fueran de cartón y barro. No habiendo  más nada por hacer  porque ni una pajita más de felicidad cabía por las rendijas de ninguna parte,  hacían concentraciones en la plaza  donde las muchedumbres fervorosas  aclamaban al amo y señor de los ejércitos a quien hubo que coserle de emergencia unos gruesos calzoncillos impermeables para sujetar los enormes chorros empinados que  ensopaban sus calzones con cada tanda de aplausos y aullidos de gozo enfebrecido cuyo estruendo hacía volar a las palomas espantadas. Y como único medio de atajar las fuerzas malignas alborotadas a mansalva por el vecino norteño de Caretas y no ver a la felicidad en plenitud descuartizada, ofrendaban  en altares a los más tiernos inocentes cuya sangre  derramaban piaches y babalaos  sobre el inmenso cuerpo sediento del redentor sacrificado.

 

 

Poemas

 

 

LA YERBA DE LAS ROSAS

 

Despido sin duelo los festines.

Un aplauso sacude los huesos de  mis manos,

las  que retiran la yerba de las rosas,

que tiemblan  al rumor de los clamores 

maldiciendo al  colmillo  enrojecido

que muerde el dolor de los corderos.

Manos para  siembras afanadas,

para tantear oleadas de palomas

que olvidadas de nidos y algodones

muy lejos se alejan arrullando.

 

 

SUR 

A Lula

La puerta de mi casa mira siempre al Sur,

donde las aguas escurren a morir,

y los pájaros caen como ceniza.

 

Oigo el  seco crujir de los geranios 

 por  el  silbido que baja de las nubes.

 

Vivo solamente si me dueles,

si ardes como antorcha entre mi carne.

Ríos que braman siempre al Sur.

Siempre al Sur,

hacia donde la puerta de mi casa mira.

 

 

 

CUANDO LA TARDE MUERA

 

Mañana cuando llueva miraré a la araucaria con sus viejos temblores.

Cantaré aquella canción mañana mismo cuando la tarde muera.

Entonces, ¿quién estará en la puerta  cuando  el invierno venga?,

¿quién  en la sala para  escuchar del viento  su gemido?

Pienso en qué harás con la delgada huella que dejé en tus manos,

con esa lágrima que saltó hacia el lugar por donde tu alma se levanta.

Recuerdo  en tus ojos el revoloteo de golondrinas

y en tu boca   el susurro quedo de las abejas errantes.

Voy soñando  tus manos imposibles,

y tus pies enrumbados por lugares que ignoro.

 

 

 

VELO  

 A María Dolores Gonzáles-Hocevar

 

Que ande yo como ahora

sin las venas palpitando;

sin un hilo de voz

entre este bosque de alaridos.

 

Yo, que durante siglos velo

el ronco sonido de la noche,

he mirado con estos pobres ojos  

el llanto mudo del parto de las perras,

y la orfandad de cuanto habita

bajo el cielo arrodillado.

 

Yo, que yazgo sobre tierra fría

oyendo caer la ceniza de los muertos,

me pierdo a las cuatro de la tarde

en sopores estivales 

y siento  una enorme punzada

al  recordarte.

 

 

 DESTINO

A Gladys Portuondo

 

Salí una tarde

por la rendija más angosta;

puertas y ventanas 

habían sido clausuradas.

 

Vago sin memoria,

derramando una brisa diminuta

sobre geranios

que ya no  olerán para nadie.

 

Algo  me convoca

a descifrar los presagios,

pero yo sólo conozco

los bramidos  

de  las calles descalzas.

 

Hoy prefiero

pagarle al mundo

cada una de mis deudas,

echarme toda la tierra encima

y borrar los horizontes

del destino que me asedia.

 

belan@ula.ve

SitioWeb: http://webdelprofesor.ula.ve/cjuridicas/belan

Otros sitios Web de referencia de su obra:

http://www.predicado.com/pagina.php?usuario=margaviota

http://www.palabrasdiversas.com

 

 

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