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Nació en Mérida, estado Mérida,
Venezuela, 1968. Poeta y Abogada de
profesión. De niña vivió en París,
luego vivió en Caracas y de seis
años regresó a Mérida. Estudió
Derecho en la Universidad de Los
Andes, y en CEPSAL (Centro de
Estudios Políticos y Sociales de
América Latina) realizó el Master en
Política Internacional y la Maestría
en Ciencias políticas obteniendo el
título de Magíster Scientiae en
Ciencias Políticas. Entre 1994 y
1997 se desempeñó como
Directora Fundadora de la
Biblioteca José Vicente Nucete y
Coordinadora de publicaciones, de la
Gobernación del Estado Mérida.
Actualmente se desempeña como
Quiroterapeuta de la Escuela de
Masaje Alyan (Valencia-Carabobo).
Desde que estudiaba quinto grado
empezó a escribir cuentos y obras,
que posteriormente representaba con
sus hermanas y amigas. Así nació su
escritura. Mención especial de
poesía. 4to. Concurso Anual
Cuento, Ensayo y Poesía. 1992.
Mención de Honor otorgada al cuento
“de la Vanidad y la Humildad” por
Pegaso Ediciones. Concurso de
Cuentos “Alfonsina Storni “, 2003.
Es Miembro de la revista Parnaso en
Internet.
www.elparnaso.com
Obra LITERARIA:
Veinte Cantos de Amor y de Dolor
(DAES, 1993): Premio al cuarto
concurso de poesía (1992), de la
Dirección de Asuntos Estudiantiles
de la Universidad de los Andes; y el
poemario Como Yo Te He Querido
(Ediciones Solar, 1996). Un
Gramófono al Final de una Guerra.
(Cuento) Mérida, Ediciones del
Rectorado de la Universidad de los
Andes, 2003. Ha publicado poemas
sueltos en el periódico «El
Universitario». Tiene inéditos dos
libros infantiles, uno de poesía y
otro de cuentos. Ha sido publicada
parcialmente en páginas de Internet:
Un gramófono al final de una
Guerra, en la revista Internet
www.letralia.com/ed_let/gramofono
La tía que llora, la tía que reza
y el papá que regresa. (Cuento)
Granada, España, Ediciones parnaso.
Primer concurso de relato breve,
2004.

LA MEMORIA DEL ÁRBOL
Dedicado con amor a Carlos César
Rodríguez
Finalmente la edad alcanzó a mi
padrino como el rayo al árbol del
jardín, que golpeándole con todo su
poder le dejó mutilado como a un
muñón, como a una araña desesperada,
cuyas patas de raíz profunda se
aferraban a la tierra.
Conocí al padrino durante la época
en la que Felipe y yo solíamos
ocultarnos, en muchos escondrijos,
para descubrirnos en nuestras partes
más íntimas, y compartir el deseo
sin límite de la adolescencia.
Felipe solía aferrar sus miradas a
mis largas trenzas de Rampunzel,
hasta que encontró el valor de
trepar por ellas y llegar hasta mi
boca sedienta y beberse todos mis
rincones húmedos. En una de aquellas
avanzadas nos encontró el padrino en
plena fuga por la pared del muro del
lavadero, única salida segura, fuera
de la vista del tropel de gente que
venía a casa de Felipe, por sus
padres. Salida no tan segura luego
de aterrizar del otro lado del
jardín y darnos cuenta de que los
ojos sombreados y profundos del
padrino nos miraban con una sonrisa
burlona.
Ese día decidió preocuparse por mí,
no por Felipe, su verdadero ahijado,
a quien conocía lo suficiente como
para describirle como a un alumno
avezado, devorador de conocimientos,
genio en el uso de la palabra, y
quien solía salir bien librado, con
la frente en alto de toda prueba que
le impusiera la vida o los
entrometidos en ella. Se preocupó
por mí, quiso darle un sentido útil
a las ideas que se desparramaban
junto a mis largos rizos negros.
Así fue como, al siguiente día, me
encontré con el padrino en el porche
de su casa, sentado frente a una
mesa baja repleta de libros, y otros
cuantos pergaminos, regados a la
altura en la que el suelo le
permitiera disponer de ellos. Alzó
sus ojos despejados y me miró
alegremente, se contagiaba de mi
ingenuidad tanto como yo me
contagiaba de su pasión por los
libros viejos.
—¿Qué te gustaría leer? –me
preguntó en seco.
—De todo –le dije– con
franqueza. Se levantó ágil, riendo,
con esa risa suya tan contagiosa,
que se fijaba como la miel en la
boca y en los dedos.
—Por supuesto
–respondió. Se desperezó, bajito,
como los gatos, se abrió paso entre
los documentos que llenaban su mundo
de sabiduría, y me invitó a pasar al
salón de su casa.
Al entrar nos envolvieron por igual
la oscuridad del recinto y el olor a
guardado, de multitud de libros que
se apiñaban, como si lucharan entre
sí por destacarse entre las largas
estanterías que poblaban la casa del
padrino. La sala, los pasillos, los
cuartos, el vestidor y hasta la
entrada de los baños, todo estaba
lleno de libros.
No había yo podido imaginar ni en
mis sueños más subrayados aquella
estampa de vida imaginativa y
penetrante, que era capaz de
envolverme todos los sentidos, la
vista con sus carátulas, el oído con
sus voces, el tacto con sus páginas
cerradas, el olfato con sus hojas
viejas y nuevas y el gusto por
tragarme todo el conocimiento
inmaterial del mundo.
—Todo
esto está a tu disposición, escoge
lo que quieras –dijo– y agregó,
aunque yo comenzaría con esta
colección de autores
latinoamericanos, olvidados al lado
de los franceses. Y me puso
en las manos un grupo de cinco
libritos viejos, gordos y
encuadernados como los troncos
tiznados de los abedules.
Salimos de nuevo al sol, y él a su
trabajo. Llegué a casa de Felipe con
mi tesoro, que rodó por el suelo de
su cuarto, mientras nosotros lo
hacíamos en un enredo de sábanas y
silencios sospechosos.
En aquellos primeros libros encontré
voces nuevas, selvas ignoradas por
la humanidad, ríos desbordantes,
palabras cargadas de significados
nativos, caminos abiertos a fuerza
de pura voluntad y machetazos,
cielos despejados e inalcanzables.
Así se me antojaba por entonces mi
parte de esta América recién
colonizada por mí, aunque
descubierta hace quinientos años por
la antigua historia.
La casa de Felipe colindaba con la
de su padrino, separada apenas por
un riachuelo que serpenteaba
cortando ambas casas por el verde de
los jardines. Cerca del río, Felipe
y yo solíamos sentarnos (me sentaba
yo con las piernas recogidas, él se
acostaba en toda su extensión con la
cabeza encima de mis piernas) y
mirábamos el atardecer. Los ángeles
venían a posarse entre los árboles
del bosque-jardín, sus voces apenas
audibles susurraban mentiras
encantadas que yo solía verter en
los oídos de Felipe.Al entrar en las
casas habitadas, los ángeles se
transformaban en sombras que
orientaban mis pensamientos y mis
pasos. En casa del padrino se
transformaron en la estampa que sus
hijos se acostumbraron a ver al
encontrarme buscando libros entre
los pasillos, sentada en el suelo
hojeando documentos, encaramada en
las sillas para alcanzar textos, o
embutida en los sillones recubiertos
con sábanas del salón, donde la
esposa de mi padrino prohibía toda
entrada, pero los ángeles,
compadecidos, me ocultaban de sus
ojos.
Uno de aquellos ángeles se llamaba
Carlitos, una de las cicatrices en
el corazón del padrino; dolor
secreto de aquella casa. Yo lo
encontré un día, cuando buscaba
libros de poesía y sueños. Una mano
suave me condujo a un ejemplar
pequeño, encuadernado de azul,
revestido de hojas blanquísimas,
cuyas letras exteriores titulaban la
obra Más allá de los espectros.
Su voz cautivó mis sentidos tanto
como lo había hecho la casa de su
padre.
De haber conocido a Carlitos habría
visto a un muchacho mayor que yo,
silencioso, con una genialidad
sorprendente para tocar el piano, y
una sensibilidad extraordinaria para
entender los avatares de la
existencia mundana; como los
azarosos contra telones del teatro,
la ópera y las tragedias griegas.
Carlitos tenía además una pasmosa
intuición para los idiomas, en
especial para las lenguas muertas,
aquellas que sólo algunos (entre
ellos aquel ángel) tenían la
potestad de hablar luego de haberse
dejado de escuchar en este mundo.
Luego de su muerte, el padrino se
dedicó con paciencia de padre herido
a recolectar la obra precoz de su
hijo, quien había dejado su voz de
poeta en las carátulas de los
discos, los porta vasos de papel del
cafetín de la universidad, las
servilletas de los cumpleaños, los
cuadernos de sus tareas, los
infinitos papelitos regados por
todos los cuartos y en las últimas
páginas de sus libros favoritos. La
voz de Carlitos resonaba con
insistencia desconsolada entre los
muros de la casa. Pocos años
después, se llevó consigo la vida de
su hermano Roberto, sellando la
forma de la agonía perpetua en el
corazón de mi padrino.
Felipe acostumbraba preguntarme por
las incursiones que mi ávida
curiosidad me obligaba a llevar a
cabo entre los libros, y algunas
veces se mostraba celoso ante la
idea de no encontrarme en las tardes
entre los límites tendidos por sus
redes de amante. Yo era su hada
desobediente; tenía por costumbre
alargar, más allá de sus términos,
su interés creciente por mí, para
incluirlo en mis paseos por entre el
mágico mundo sombreado de mis
afectos.
He de reconocer que de no haber sido
por Felipe se habrían negado a mi
alma los sabores más simples del
quehacer cotidiano. Felipe amansaba
con sus largos dedos de sabio al
lobo estepario que aullaba sin cesar
en medio de mi pecho, y conseguía
hacerlo dormir a fuerza de descubrir
mis habilidades de piel inédita, el
desplome de mi cabello oscuro sobre
su espalda, y el centro mismo de mis
deseos más ocultos. Luego se
levantaba como león triunfante sobre
mi cuerpo dominado, y lanzaba al
mundo su rugido de dueño y señor de
todas mis tierras.
A toda la familia le parecía que muy
en el fondo Felipe y yo
congeniábamos en nuestras
diferencias. A mí me encantaba verlo
romper en su corazón y en su mente
las barreras que le imponía, a su
conducta, su recto proceder y su
organización metódica. Mientras
Felipe se movía con seguridad
prodigiosa en el mundo de los
adultos, yo me divertía
descubriéndole escondido junto a mí,
bajo la cama de su hermano mayor,
saltando cercas y muros para
ingresar como prófuga a su casa,
descubriendo nuestros juegos de
manos salpicadas en la sala del cine
local, usando los pasillos para
fugaces encuentros de luna de miel,
y revoloteando juntos entre los
cuartos vacíos mientras los demás
celebraban cumpleaños o navidades.
En aquellos encuentros coloreados
por lo prohibido, cualquiera hubiera
podido descubrir lo extraño que
parecía el cuarto de Felipe tan
empeñadamente silencioso, estando él
adentro. Supongo que sería por este
motivo, porque en sus ojos se veía
lo que escondíamos juntos, por lo
que su padrino decidió quererme tal
como yo era, un descubrimiento
trascendental en la vida de su
ahijado, una línea divisoria entre
lo que Felipe ambicionaba para sí
mismo y lo que deseaba recibir de la
vida a cambio.
Tras la revelación de mis primeras
sensaciones de mujer anticipada, se
manifestó ante mí, desnuda en toda
su extensión, la atracción impúdica
que ejercen las palabras escritas,
cuyos significados, deseos y
mensajes viajan inmortales en el
tiempo y superan las ideas iniciales
de su creador, emergiendo en nuevos
mundos y pululando en mentes que
hacen erupción luego de haber
digerido sus recados.
El padrino era un experto en el
conocimiento imperecedero de las
palabras, su mundo estaba cargado de
amigos con tres mil años de
diferencia, que se entendían en
idiomas que ninguno hablaba,
superando la torre de Babel y la
muerte. Esos amigos habían escrito
para él sus mensajes a través del
tiempo en pergaminos que llegaban a
sus manos. Los libros de mi padrino
eran como botellas mensajeras
recogidas del inmenso mar de las
emociones y los deseos humanos. Él
sabía cómo hacer bien su tarea y se
encargaba de infiltrar dichos
mensajes en cada mente nueva que se
tropezaba en su camino, por eso se
vio en la necesidad de fundar una
facultad de literatura en nuestra
ciudad-pueblo, que se incrementó y
aún se puebla de oídos hambrientos,
caldo de cultivo, para las ideas
inmortales.
Y allí estaba yo, no sé por cuál
giro del destino, sentada en el sofá
de la casa del padrino, escuchando
de su voz profunda el Cantar de
los cantares, escrito en la
Biblia hace unos milenios, y que él
recitaba para mí como si ayer
hubiera hablado con Salomón, aquel
rey que empeñaba su vanidad en ser
sabio.
—¿Era sabio Salomón? –pregunté yo–
y mi padrino reía, con su risa de
hipo pegadiza.
—Debió
haber sido sabio porque en sus voces
se escucha la felicidad –me
dijo él– y yo le repliqué.
—¿Los sabios no son serios? ¿Qué es
primero, ser feliz o ser sabio?
Con infinita paciencia mi padrino
descubría ante mí las verdades
crudas del día a día.
—¿No es ser feliz, acaso, el máximo
tesoro? ¿Se puede ambicionar más
felicidad luego de serlo?
—¿Quién es más sabio, el tonto que
disfruta el mundo maravillosamente
extendido a su alrededor, o el sabio
incapaz de sentir felicidad?
Por entonces yo sólo intuía el
significado del maravilloso legado
de mi padrino, la elocuencia de sus
sonrisas, la dulzura de sus palabras
imperecederas.
Mi padrino decía que los días se
suceden unos a otros como los
libros, y que el mundo creado por
las palabras es tan infinito como el
tiempo.
—¿Cuántos autores puede haber en el
mundo? ¿Tendremos tiempo para
leerlos a todos? ¿No se repiten unas
a otras las ideas? ¿Encontrará mi
padrino las respuestas a todas mis
inquietudes?
—Sólo te puedo contestar –decía con
su entendimiento curtido– que el
raciocinio aprende a ser finito, el
cerebro pone límites a su capacidad,
pero el corazón se impone, el amor
crece de manera infinita, aun el
amor por el conocimiento, que nos
vuelve intuitivos para entenderlo.
Por aquel tiempo también entendí el
concepto del amor infinito, ese que
toca la esencia real de lo que
somos. Una vez que se exhibe ante la
ventana del alma ya no se puede
vivir sin él, o mejor dicho, se
dedica a pintar a su modo todas las
actuaciones de nuestra vida. Y la
vida y el pensamiento no vuelven
nunca la vista atrás.
El amor perdurable aparece en un
segundo, un mínimo instante en el
que se vislumbra su alcance, en el
que se produce la muerte de un yo
anterior.
Algunos afortunados logran plasmarlo
en papel, en música, en colores o en
palabras. En ese momento el arte se
transforma en belleza, en perfección
perdurable. Yo era todo oídos a las
conjeturas de mi padrino.
El discernimiento perenne nos
encuentra un día habiendo tropezado
con nosotros por casualidad, y en su
instante de revelación somos
testigos de lo infalible, del
destino aún no escrito, de lo
involuntariamente puesto por
delante. Así fue como pude ponerle
nombre a mi relación con Felipe. Al
principio era todo manos, mi blusa
abierta, los senos atrapados in
fraganti, el bálsamo de la humedad
recién estrenada. De pronto mi
vientre confuso, la respiración
ahogada y, nuestros dedos versados
lo convirtieron en una dimensión que
extrajo el centro de mi avidez
clandestina y la expulsó fuera de mi
cuerpo, detrás de mis amparos,
intoxicándome ante la idea de
transgredir la muerte, donde lo
único que podía alcanzarme era
tragado por una eternidad
inconfesable.
Ese día Felipe y yo jugábamos en el
patio de las guayabas de su abuela,
corríamos bajo el sol de Marzo en un
intento por ahuyentar falsamente
nuestra impaciencia mutua, nos
rociamos las manos y la piel con
frutos desparramados y una manguera
de agua abierta. En un momento
inadvertido, entramos a toda fuerza
en la casita oscura de bahareque y
carrizo de la abuelita, en medio del
jardín nuestra respiración
entrecortada nos advirtió que el
sitio se hallaba vacío. El juego
continuó cuando empezamos a tirar
alegremente de nuestras ropas,
seguimos lanzándonos las frutas
ahora envueltas entre los zapatos y
las franelas mojadas. El juego se
detuvo cuando nos miramos a los
ojos. En los ojos melados de Felipe
descubrí lo inexplicable. Él se
acercó a mí y terminó de quitarme lo
que quedaba de mis prendas, traté de
protegerme visiblemente, él se
detuvo. Sonreí al mirar sus ojos
suplicantes. La sonrisa rompió sus
barreras y descubrí que había cedido
mi terreno, nos batimos en un duelo
diáfano, no quedaba ni un sólo
centímetro de nuestras pieles fuera
del alcance de la imaginación, de
las manos, no se desperdició ni uno
sólo de mis quejidos, no hubo un
único lugar donde la curiosidad de
Felipe no encontrara su consuelo. El
vértigo se apoderó de mí con un
sentimiento de abandono por lo que
estaba haciendo posible, pero no
hubo vuelta atrás, el vértigo
cómplice me llevó más lejos de mis
deseos infantiles y me mostró de
frente el tiempo que me quedaba de
vida. Fui sorprendida por la zozobra
inexorable de revelar el secreto más
oculto en el corazón de Felipe.
Por unos instantes finales me
transformé en la dueña absoluta del
poder de detener el tiempo y dejar
intactos el silencio que nos
envolvía, la quietud de todo lo que
nos rodeaba, el sol diminuto
entrando por la ventana, los muebles
insinuados y el aire oscuro del
cuarto cerrado.
Cuando conocí al padrino se dedicaba
a vivir a plenitud cada instante en
el que podía reconocer un vocablo,
un sentimiento o un pensamiento, y
para lograr su cometido había
transformado su casa en el sacro
recinto de la sabiduría y el jardín
amplio de su vivienda en un
santuario donde estallaba la vida.
Cuando salía al edén, jardín de sus
terrenos, el padrino se transformaba
en una especie de San Francisco de
Asís moderno, no hablaba con sus
pájaros, ovejas, peces, ni perros
delante de mí, pero yo sospechaba
que se entendían muy bien, ya que
todos acudían a verlo cuando él se
les acercaba, incluso Felipe y yo
solíamos agitarnos, envueltos en
sendos uniformes azules con camisas
beige, cuando nos hallábamos
próximos a su presencia.
Tanto como a los seres animados, mi
padrino amaba a los árboles. Sus
mejores ideas (según él) le venían a
la mente como frutos caídos de sus
árboles, como la especulativa
manzana que golpeó en la cabeza a
Newton, dando origen a su teoría de
la gravedad. Así flotaban en el
jardín las ideas naturales de mi
padrino, se colgaban de los árboles,
se diluían en la mirada de sus
amados perros, se escurrían por
entre el estanque de los nenúfares y
poblaban los espejismos de su alma.
Y así las encontré yo, claras y
expresivas, mostrándose al alcance
de mi mano entre las hojas, en el
sonido de la lluvia, burlándose de
los peces en el agua, haciéndome
guiños desde los ojos de Felipe. Era
imposible escapar a las ideas
gritonas que me llamaban desde los
lugares más recónditos, y que mi
padrino comenzó a enseñarme sin que
siquiera yo pareciera darme cuenta
exacta de lo que hacia, o él
pareciera sentirse afectado por
ello.
Al principio sus enseñanzas se
confundían con los diáfanos colores
de los días soleados, o los tristes
grises de los días lluviosos, pero
de pronto, derramándose como el agua
al caer del vaso, las tonalidades
comenzaron a aparecer vestidas de
símiles donde yo identificaba a los
recuerdos como hermanos que caminan
a nuestro lado con las cabezas
gachas, a los árboles como los
amigos que siempre escuchan, jamás
interrumpen y nunca abandonan, al
cansancio de las viejas colinas bajo
el sol, a la luz como la extensión
blanca que rompe el azul enamorado
del cielo, al tiempo que llora la
muerte del paisaje entrañable, al
amor como el casi imperceptible
estremecimiento que llevan las ramas
empapadas de sabia encendida, a la
paz como el único aire universal que
respiramos todos.
Felipe se reía de mis elucubraciones
diarias posteriores a las reuniones
con el padrino. Se reía y su risa
era como la música que coloreaba mis
sentidos, y me hacia reaccionar con
palabras y juegos que solían
sorprenderme, y sorprendernos juntos
en apretados abrazos cargados de sol
y grama verde que terminaban
zurcidos a nuestra piel, y se
asomaban luego en la penumbra de las
noches. No era posible saber cómo
tanta luz no despertaba a quienes
compartían nuestras casas.
Cuando finalmente me despedí de él,
mi padrino profesaba la humana
necesidad de ser tocado, no sabía
entonces si su mundo era real o
acaso habría ya dejado la vida a un
lado. Aún destilaba sencillez y
sabiduría en sus pasos cortos, en
sus pensamientos congestionados. Aún
se deslizaba entre sus pasillos
rebosantes de libros, entre sus
muebles tumefactos de tantas ideas.
Dejó su espíritu entre los papeles
que plasmaron pensamientos en otros
corazones humanos, incluido el mío,
que nació latiendo, pero aprendió a
palpitar entre los jardines y los
sueños de la casa protectora de mi
padrino.