
CARACAS
¡Caracas!
Y
por fin en Caracas
esta ciudad ahíta de sí
misma
que
baja de los montes
despeñándose
devorando su propia
arquitectura
con
vuelo de zamuros avizor.
Caracas
flanqueada y
ceñida
por
urgencias
de
hambre
¡Cerros!
envueltos en su costra
de pobreza
más
pobre que lo pobre…
Ranchitos
ápices
de un babel
contemporáneo,
laberintos caóticos,
oblicuos,
donde se hereda el barro
insatisfecho
en
las alfarerías de una
miseria
que
nunca fue indigente.
Caracas
de
sinuosas carnes de
ladrillo
desnudo
ubres hueras, agrias,
falsificadas
turgentes y promiscuas,
amante para efebos
pordioseros
que
mendigan atracos de
farola
y
cócteles de tránsito
hacia una muerte vil y
limosnera
junto a los albañales.
Un
“carro-limusina” me
adelanta
con
sus interminables
arrumacos.
¡Absurda y paradójica
Caracas!
Hay también –me lo
contó un taxista-
¡Lomas!
con
tres o cuatro casas y
con flores.
¡Y
colinas!
mágica entonación de la
fortuna
con
una sola casa
en
medio de praderas
inmortales
quizás… sin paraíso.
(Pero esos son chismes
de taxistas)
Y
por fin en Caracas
en
un 20 de Abril de luna
llena.
Tal
perece
que
el Caribe tuviera lunas
llenas
de
repuesto
para cada viaje que
imagino.
(El
otro fue boricuo, coquí,
puertorriqueño;
cuando la luna llena de
Noviembre).
Aquí en Caracas
la
luna llena es aquella
misma luna
mediterránea y grande
pero más aromática, más
húmeda.
Quizá un poco más alta.
Las
Mujeres
Poetas me
llevaron
cuesta arriba, camino de
la noche
y
pude ver como si el
Universo
(escrito con mayúsculas)
hubiera enloquecido
deslizando hacia el
valle las estrellas
derramándolas
en
todas direcciones.
¡Caracas
superpuesta!
Caracas
sospechosa de amores
imposibles
con el
sueño fatal del
Chimborazo
redoblando el adobe
de casas
centenarias y vencidas.
Caracas
cautelosa
como una
TierraVirgen
ilustre y callejera
viciosa
y linajuda
entre sus cumbres.
Embozada.
¡Mantuana!
Allí arriba
(hacia la Cota-1000)
se
empeñaban los ojos
-se
empañaban los ojos-
en
sombras de estupor
mientras Caracas
ahíta de sí misma
enviciada
en
la fragilidad pueril de
su lujuria
al
alcance de todos los
bolsillos
copulaba cocuyos
vacilantes,
azarosos, minúsculos.
Esporádicos.
Mínimos.
Y
yo en Caracas.
Caracas.
En un 20 de Abril de
2008.
MUESTRA NARRATIVA

HOY QUIERO HABLAROS DE
MiJuani
Fue allá, por
“los años del hambre”.
Aquellos que siguieron a
la Guerra Civil, en los
que nada había que
echarse a la boca que no
fuera el odio de los
vencidos –que fueron
todos, porque en una
guerra civil no hay
vencedores-, y el miedo
de los vencedores –que
no fueron otros que los
tristísimos
supervivientes al
espanto de matarse para
siempre en malquerencias
recurrentes.
MiJuani
había nacido en mitad de
aquella guerra y, como
nuestro Pueblo, por uno
más de los irracionales
destinos, estaba en una
de las zonas de
“los-sin-Dios”, sus
padres no la
cristianaron, -no fuera
que los Milicianos les
tomaran ojeriza por
meapilas y "les
dieran el paseo"- .
Ni tampoco la
inscribieron en ningún
Registro Público. -¿Para
qué?, se dirían sus
padres mientras se
morían de hambre,
pensando que la criatura
no les sobreviviría lo
suficiente como para
tener que pedir una
partida de nacimiento ni
acreditar que había
existido-.
Por no tener,
MiJuani no tuvo ni
papeles.
Lo cierto y
verdad es que, en
efecto, sus padres
murieron de hambre. De
hambre física y
miserable, de hambre de
no tener ya ni una mala
yerba con que distraer
la saliva porque el
campo estaba arrasado
por manos y bocas más
urgentes, más
hambrientas y más
madrugadoras: los
salteadores que se
echaron al monte para no
fenecer malamente.
Murieron de Hambre con
mayúsculas.
Pero MiJuani
siguió viva. Sobrevivió,
-no sabría decir cómo- a
aquella hambruna que en
un solo mes se llevó a
sus padres a la tumba y
a su único hermano,
varón y mozalbete, al
ejército, como
voluntario, para poder
al menos comer la
imposible bazofia de un
rancho diario. El
hermano no volvió nunca
del ejército; allí,
durante años, entre
dianas sin florear e
instrucciones
destructoras, siempre
tocaban a fajina
antes de que la retreta
le desconsolara al mozo
la memoria de que a lo
mejor su hermanilla,
abandonada a su suerte
en el Pueblo, pudiera
con suerte terminar con
sus hambres aquella
misma noche.
Fue por entonces
cuando mi Abuela se
enteró de que “Las-de-Auxilio-Social”
se iban a llevar a
LaJuanilla, -MiJuani-
a un hospicio de Jaén o
de Madrid, -yo no me
puedo acordar porque aún
no estaba-. Se la
llevaban "por caridad",
porque, “¿...qué iba a
hacer una criaturita de
cinco años sin familia
ninguna que mirara por
ella, que no fuera pedir
de puerta en puerta,
arrastrando una talega
en la que recoger los
mendrugos del poco pan
duro que, por
enflorecido,
se desechaba en las
casas más pudientes; o
alargar con su escuálido
bracillo una lata de
Dios sabe qué
procedencia, con el asa
estañada, para que le
echaran el aceite mil
veces refrito, sobrante
de los fogones? ¡Y eso,
sin contar que algún
repijotero no la preñara
en mitad de una era, en
cuantico se hiciera
mujer y se convirtiera
en un pendón sin hombre
propio!”.
Mi Abuela, que
maldecía de los
hospicios sabe Dios por
qué, la mandó recoger en
su cortijo y, durante
las largas temporadas
que ella pasaba en
Madrid, devolviéndole a
su “muerto en
Paracuellos” todas las
lágrimas que él le había
dado de balde y al
contado en vida, la
dejaba al cuidado –y al
servicio- de los
Caseros.
Así fue como MiJuani,
apenas con seis años,
aprendió, a ser criada
de quienes tenían el
privilegio de ser, a su
vez, criados fijos de
cortijo con vergel
propio, y poder comerse
unas gachas con nabo sin
tener que vérselas cara
a cara con la miseria,
ni tener que esperar
‑desesperados- a que los
seleccionaran con su
dedo extendido los
manijeros de los
cortijos, que iban de
madrugada a la plaza del
pueblo a buscar mano de
obra temporera para el
tajo de un día, entre
los oscuros
parados comidos por
la necesidad, que se
amontonaban al amanecer
en la plaza, esperando
tener la fortuna de que
ese día los empleara
algún “amo”.
Por entonces, mi
Madre se casó. Y mi
Abuela le traspasó a
Mi Juani que, con
sus bracillos de siete
años (arriba o abajo;
porque nunca supimos
bien en qué año habría
nacido la
“sin-papeles”)
apenas puso ser niñera
mía, pero compartió
conmigo algún puche que
otro del engrudo de agua
y harina tostada que era
todo lo que había para
las papillas de los
recién nacidos.
Cuatro años más tarde
nacería mi segunda
Hermana; y a ésta sí que
pudo ya MiJuani
acarrearla mal que bien
como una madre enana.
Aún recuerdo cómo
arrastraba hasta los
pies de MiJuani
aquel capote gris de
paño basto con que
envolvían a la criatura.
Para cuando nació la
tercera, MiJuani
tenía dos años más de
penas, un corazón tocado
en mitad de sus válvulas
por tempraneras fiebres
reumáticas, y la suerte
de que mi Padre se
hubiera cansado de
semejante prole de
hembras. Así fue cómo
desterraron del
dormitorio conyugal los
llantos nocturnos de mi
Hermana pequeña que pasó
a formar parte
inseparable de las
noches infantiles de
MiJuani. Uña y carne
fueron mi Hermana y
ella; como si quien la
hubiera parido no fuera
mi Madre sino MiJuani.
Crecimos las cuatro
juntas, como hermanas de
leche, teja y plato,
(aunque cada quien en su
sitio, como se estilaba
entonces); triscamos
juntas, nos peleamos y
nos abrazamos en una
fidelidad de
“señoritas-criada” sin
distingos y, cada tarde,
desaprendíamos, a
peñonazo limpio por las
eras del Pelotar, en
mitad de la escuela
callejera y pueblerina,
lo que las Monjas nos
enseñaban a mis hermanas
y a mí junto a pupitres
sin brasero y altares de
los asfixiantes meses de
Mayo del
Venid-y-vamos-todos.
Hasta que pasó lo que
tenía que pasar: la
muerte nos separó a los
vivos y nos arrancó del
Pueblo camino de un
Colegio donde acabar de
olvidar la infancia
cerril y sin cautelas.
Mis hermanas al Norte.
Yo al Centro de esta
España, como ración
doble de separamientos
huérfanos. Sólo las
larguísimas noches en
el tren, camino de los
Colegios, nos sirvieron
de consuelo.
Fue cuando murió mi
Padre de repente, sin
previo aviso –yo no
había cumplido los
catorce años-, y nos
mandaron a mis hermanas
y a mí internas a los
Colegios, desgajándonos
a las cuatro.
Entonces, MiJuani
dispuso de su corazón
agotado y de su
querencia de niñas
chicas de tal manera que
mi Madre no tuvo otra
opción que enviarla con
mis hermanas al Colegio
para que no le diera un
torozón de ausencias mal
llevadas, mientras La
Grande, que era yo,
aprendía las primeras
soledades y abandonos
que luego han sido el
sino de mi vida. Eso sí:
una vez más se
establecieron las
fronteras invisibles de
la cuna: mis Hermanas
ocuparon los helados
dormitorios colectivos
de SeñoritasInternas,
y MiJuani una
cama de latón en las
habitaciones del
servicio, en la parte
más alta del Colegio de
Zaragoza.
Un día, regresamos de
los estudios, ellas por
su lado y yo por el mío,
como si no nos
conociéramos. Habían
sido varios los años de
separación, en colegios
distintos y en
alejamientos de
irrecuperables
metamorfosis
adolescentes, quebradas
por los kilómetros. Así
fue cómo aprendí que lo
que se separa en la
infancia se quiebra para
siempre dejando una
lejanía amarguísima y
eterna entre los ojos.
Por entonces, MiJuani
me retiró el tuteo y me
convirtió en
LaSeñorita; porque
-como me dijo con no muy
buenos modos- si yo “no
tenía el talento de
saber que cuando se
aprobaba ”la-reválida-esa”
se tenía el título de
“doña”, allí estaba ella
para meterme en vereda y
enseñarme maneras”. Fue
una de las muchísimas
lecciones que me enseñó
MiJuani: “Señorita:
si usted no se tiene un
respeto, por mucho que
le cueste imponérselo a
los más cerriles, no
reclame que el personal
se lo dispense de
fia’o, teniendo como
tiene menos talento y
menos tino que el que
usted debiera tener por
su linaje”.
MiJuani
fue una filósofa
analfabeta, que
malamente se enseñó a
leer y a escribir en mi
primera escuela
nocturna, mirando de
reojo las libretas de
las otras mujeres,
cuando yo era ya
MaestraNacional de
adultos y ella mi fiel
acompañante en aquel
barrio de extrarradio en
el que empecé a ejercer.
Pero, por encima de
cualquier otra cosa,
MiJuani se entendió
con mi Madre durante
toda una vida como su
verdadera hija, mientras
nosotras hacíamos orado
de nuestro propio
destino por caminos
alejados. Hasta que nos
fuimos de casa para
siempre.
Juntas vivieron, y
soportaron soledades las
dos juntas, hasta que mi
Madre murió.
Desde entonces, desde
que mi Madre murió,
MiJuani ya no se
hallaba. Se le había
muerto SuSeñora,
la única con la que tuvo
un arrimo en aquellos
larguísimos días de
invierno, en que
nosotras nos íbamos a la
escuela y ella y
SuSeñora se quedaban
esperándonos junto a la
chimenea en el Pueblo; o
cuando nos fuimos a
nuestras propias casas
dejándolas a las dos
solas, como dos viejas
prematuras que hubieran
aprendido del silencio
la maestría de hablarse
con los ojos. Mi Madre
fue la única que abrazó
a MiJuani como a
una hija parida a
destiempo. La única con
la que compartió
soledades de vejez
abandonada y silenciosa.
La única que,
tardíamente, cuando
MiJuani ya no podía
dormir en una cama
porque se ahogaba, y
dormía en una silla a
los pies de la cama de
SuSeñora, la
convenció de remendarse
el corazón en un
quirófano, para
alargarle malamente la
vida, sin darse cuenta
de que con ello la
condenaba a tener que
llorarle a Ella
la muerte anticipada en
lugar de poder emprender
juntas el camino de ida
sin vuelta.
Algunas noches, después
de aquello de los
quirófanos y de los
remiendos en carne viva,
cuando ya mi Madre se
había ido por el camino
de siempre, llegué a
dormir en la misma
habitación de MiJuani
y, en mitad de la
noche, mientras
escuchábamos el murmullo
metálico de sus
válvulas, me aturdía con
el resignado y alegre
senequismo de sus
sentencias:
-¿Lo escucha usted,
Señorita…? ¿No es
verdad, Señorita, que
este tintineo de mi
corazón nos hace
“compaña”? Eso es que
MiSeñora parece que
se hubiera olvidado un
cascabel dentro de mis
entrañas para contarme
el tiempo que nos queda
para juntarnos otra vez…
De nada han servido los
remiendos de marcapasos
y costurones. MiJuani
tenía cada vez más
prisa por reunirse con
SuSeñora.
Y esta madrugada, no ha
querido esperar más;
como si quisiera
recordar aquellos trenes
de nuestra infancia, se
ha subido al último
vagón, al vagón de cola
de este último día de
Abril, y se ha ido con
Ella, con SuSeñora,
sin tener el miramiento
de convidarnos al viaje
ni a mis Hermanas ni a
mi.
¡Te me has muerto,
Hermana, entre dos
luces, como un viejo
tren de carga que llega
jadeando a su destino!
*
¡Lástima! ¡Qué poco me
he aprovechado de tu
elemental sabiduría para
amar!
¡Y cuánto te he querido
durante este largísimo y
efímero viaje!
*
¿Gracias, JuaniMía,
por tu último regalo:
Por fin estoy llorando
desconsoladamente, como
no lo hacía desde hace
años a pesar del dolor
acumulado en estos
tiempos de alargada
soledad silenciosa.
* * *
A MiJuani, QUE
MURIÓ DE MADRUGADA
Curtida como estaba en
tu sosiego
-o a que tu palabra se
escondiera
detrás de cualquier
puerta, o dormitara
debajo de la cama
cautelosa,
o llegara de lejos por
un cable…-
no me hago al silencio
repentino.
No me hago a la nada de
no oírte.
Tu corazón cansado de
metales
de válvulas, de yerros y
de penas
se fue desconectando de
la vida
sin demasiada prisa, con
sigilo.
Te lo dije. Y no me
hiciste caso:
Abril es mes de flores.
Y morirse
en un mes florecido es
un abuso
aunque tú tengas prisa
por llegar
y yo miedo a perderme en
soledades...
Y te me has muerto,
Hermana, entre dos
luces,
igual que un tren de
carga fatigado
de acarrear dolores
florecidos
que llega a su destino
jadeante.
Voy a segar la lengua de
las flores
y a llenarte con flores
el silencio.
Gaviola en CasaMora
30/Abril/2007
gaviola_aznaitin@yahoo.es
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http://www.Iuristemplanza.org

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