Inés de Cuevas

 

VIDA Y LIBROS
  (Julio 2007) 

 

 

 

(Gaviola de Aznaitín), nació en el Parque natural de Sierra Mágina (Bedmar, Jaén (1944). Y sigue “moceando”, como dicen en su pueblo para referirse a los jovenzanos. Perteneció a la Primera Campaña de Alfabetización de Adultos,  fue maestra nacional, especialista en párvulos desde los veinte años. Desde 1979 se desempeña como Abogada en ejercicio, en Madrid y Málaga. Es escritora “de oficio” de toda la vida. Se especializó en una forma de expresión de una Comarca de Andalucía, que por su condición fronteriza, entre el Reino Nazarí de Granada y el Castellano de Jaén y Baeza, adoptaron formas crípticas de comunicación. Ha obtenido, entre otros, el Primer Premio de Relato Breve “Villa María” (La Coruña, 1999),  con el  Relato “El bingo”; publicado en edición restringida. Segundo Premio de relato Breve, del Colegio de Abogados de Málaga (2004), con el Relato “Yo te quiero mucho, Pancho”, publicado en la Revista Miramar de Málaga. Es Fundadora del Foro  literario “Iceberg-Nocturno” http://es.groups.yahoo.com/group/Iceberg-Nocturno/ 

  

 

PUBLICACIONES

 

OBRA LITERARIA: En Narrativa: Mágina mágica (Ourense, Galicia, Alternativa Editorial, 2005) y Ellas: Manual Uterino para Machos en Celo (Ed. Jirones de Azul, Sevilla, 2007). Su poesía y narrativa ha sido publicada en varios foros de Internet y distintas Antologías y Revistas literarias; como también en libro Desvelados  (Madrid, Editorial Fuentetaja, 2001), y en  la Antología de Oro Sensibilidades (Alternativa Editorial, Madrid /Galicia, 2005). También en la II Antología de Narrativa de la Asociación de Escritores de Mérida-Venezuela: “Relatos de humor sin extrema-unción” (Mérida, AEM /Consejo Nacional de la Cultura, 2005).  Tiene inéditos varios libros de poemas y prosa. Parte de su obra está en la Web  http://idd0340d.eresmas.net  y en www.Magina-Magica.es  Ediciones Restringidas “Villa María” IV (Relato  “Yo, Pastorcita”);  V (en la que fue 2º premio con el relato “Don Gedeón PeloPincho”)  rosa. Ha intervenido en variados Foros y programas de radio y televisión, Asociaciones Culturales, recitales cara al público, etc., y su actividad literaria se reseña en Internet ampliamente. Tiene inéditos: los poemarios: Preseas y tumbagas; poemario de otoño, publicado en http://www.publicatuslibros.com/autor/info/maria-socorro-marmol-bris y el más reciente Ebria de llano y distancia, dedicado a recuerdos de personas que pasaron por su vida. Promovió el I Congreso Internacional de Literatura Virtual ICEBERG NOCTURNO que, organizado por la Escritora Dra. Carmen Amaralis Vega Olivencia, se celebró en Noviembre de 2007 en Mayagüez (Puerto Rico). Actualmente trabaja en el poemario DESGARROS DE LUNA. O El Eterno Olvido que acuna la Mujer, cuya sinopsis, bajo el lema “La ecología del ser”, ha sido presentado como ponencia en el VIII Encuentro Internacional de Escritoras de Caracas, celebrado durante los días 22 al 25 de Abril de 2008.

 

 

 

MUESTRA POÉTICA

 

 

CARACAS

 

¡Caracas!

Y por fin en Caracas

esta ciudad ahíta de sí misma

que baja de los montes despeñándose

devorando su propia arquitectura

con vuelo de zamuros avizor.

 

Caracas

flanqueada y ceñida

por urgencias de hambre

¡Cerros!

envueltos en su costra de pobreza

más pobre que lo pobre…

 

Ranchitos

ápices de un babel contemporáneo,

laberintos caóticos, oblicuos,

donde se hereda el barro insatisfecho

en las alfarerías de una miseria

que nunca fue indigente.

 

Caracas

de sinuosas carnes de ladrillo

desnudo

ubres hueras, agrias, falsificadas

turgentes y promiscuas,

amante para efebos pordioseros

que mendigan atracos de farola

y cócteles de tránsito

hacia una muerte vil y limosnera

junto a los albañales.

 

Un “carro-limusina” me adelanta

con sus interminables arrumacos.

 

¡Absurda y paradójica Caracas!

 

 Hay también –me lo contó un taxista-

 ¡Lomas!

con tres o cuatro casas y con flores.

 

¡Y colinas!

mágica entonación de la fortuna

con una sola casa

en medio de praderas inmortales

quizás… sin paraíso.

 

(Pero esos son chismes de taxistas)

 

Y por fin en Caracas

en un 20 de Abril de luna llena.

 

Tal perece

que el Caribe tuviera lunas llenas

de repuesto

para cada viaje que imagino.

 

(El otro fue boricuo, coquí, puertorriqueño;

cuando la luna llena de Noviembre).

 

Aquí en Caracas

la luna llena es aquella misma luna

mediterránea y grande

pero más aromática, más húmeda.

Quizá un poco más alta.

 

Las Mujeres Poetas me llevaron

cuesta arriba, camino de la noche

y pude ver como si el Universo

(escrito con mayúsculas)

hubiera enloquecido

deslizando hacia el valle las estrellas

derramándolas

en todas direcciones.

 

¡Caracas superpuesta!

 

Caracas sospechosa de amores imposibles

con el sueño fatal del Chimborazo

redoblando el adobe

de casas centenarias y vencidas.

 

Caracas cautelosa

como una TierraVirgen ilustre y callejera

viciosa y linajuda entre sus cumbres.

Embozada.

 

¡Mantuana!

 

Allí arriba

(hacia la Cota-1000)

se empeñaban los ojos

-se empañaban los ojos-

en sombras de estupor

mientras Caracas

ahíta de sí misma

enviciada

en la fragilidad pueril de su lujuria

al alcance de todos los bolsillos

copulaba cocuyos vacilantes,

azarosos, minúsculos.

 

Esporádicos.

Mínimos.

Y yo en Caracas.

  Caracas. En un 20 de Abril de 2008.

 

MUESTRA NARRATIVA

 

 

 

HOY QUIERO HABLAROS DE MiJuani

        Fue allá, por “los años del hambre”. Aquellos que siguieron a la Guerra Civil, en los que nada había que echarse a la boca que no fuera el odio de los vencidos –que fueron todos, porque en una guerra civil no hay vencedores-, y el miedo de los vencedores –que no fueron otros que los tristísimos supervivientes al espanto de matarse para siempre en malquerencias recurrentes.

        MiJuani había nacido en mitad de aquella guerra y, como nuestro Pueblo, por uno más de los irracionales destinos, estaba en una de las zonas de “los-sin-Dios”, sus padres no la cristianaron, -no fuera que los Milicianos les tomaran ojeriza por meapilas y "les dieran el paseo[1]"- . Ni tampoco la inscribieron en ningún Registro Público. -¿Para qué?, se dirían sus padres mientras se morían de hambre, pensando que la criatura no les sobreviviría lo suficiente como para tener que pedir una partida de nacimiento ni acreditar que había existido-.

        Por no tener, MiJuani no tuvo ni papeles[2].

        Lo cierto y verdad es que, en efecto, sus padres murieron de hambre.  De hambre física y miserable, de hambre de no tener ya ni una mala yerba con que distraer la saliva porque el campo estaba arrasado por manos y bocas más urgentes, más hambrientas y más madrugadoras: los salteadores que se echaron al monte para no fenecer malamente.

Murieron de Hambre con mayúsculas.

Pero MiJuani siguió viva. Sobrevivió, -no sabría decir cómo- a aquella hambruna que en un solo mes se llevó a sus padres a la tumba y a su único hermano, varón y mozalbete, al ejército, como voluntario, para poder al menos comer la imposible bazofia de un rancho diario. El hermano no volvió nunca del ejército; allí, durante años, entre dianas sin florear e instrucciones destructoras, siempre tocaban a fajina[3] antes de que la retreta[4] le desconsolara al mozo la memoria de que a lo mejor su hermanilla, abandonada a su suerte en el Pueblo, pudiera con suerte terminar con sus hambres aquella misma noche.

        Fue por entonces cuando mi Abuela se enteró de que “Las-de-Auxilio-Social” se iban a llevar a LaJuanilla, -MiJuani- a un hospicio de Jaén o de Madrid, -yo no me puedo acordar porque aún no estaba-. Se la llevaban "por caridad", porque, “¿...qué iba a hacer una criaturita de cinco años sin familia ninguna que mirara por ella, que no fuera pedir de puerta en puerta, arrastrando una talega en la que recoger los mendrugos del poco pan duro que, por enflorecido[5], se desechaba en las casas más pudientes; o alargar con su escuálido bracillo una lata de Dios sabe qué procedencia, con el asa estañada, para que le echaran el aceite mil veces refrito, sobrante de los fogones? ¡Y eso, sin contar que algún repijotero no la preñara en mitad de una era, en cuantico se hiciera mujer y se convirtiera en un pendón sin hombre propio!”.

        Mi Abuela, que maldecía de los hospicios sabe Dios por qué, la mandó recoger en su cortijo y, durante las largas temporadas que ella pasaba en Madrid, devolviéndole a su “muerto en  Paracuellos” todas las lágrimas que él le había dado de balde y al contado en vida, la dejaba al cuidado –y al servicio- de los Caseros.

Así fue como MiJuani, apenas con seis años, aprendió, a ser criada de quienes tenían el privilegio de ser, a su vez, criados fijos de cortijo con vergel propio, y poder comerse unas gachas con nabo sin tener que vérselas cara a cara con la miseria, ni tener que esperar ‑desesperados- a que los seleccionaran con su dedo extendido los manijeros de los cortijos, que iban de madrugada a la plaza del pueblo a buscar mano de obra temporera para el tajo de un día, entre los oscuros parados comidos por la necesidad, que se amontonaban al amanecer en la plaza, esperando tener la fortuna de que ese día los empleara algún “amo”.

        Por entonces, mi Madre se casó. Y mi Abuela le traspasó a Mi Juani que, con sus bracillos de siete años (arriba o abajo; porque nunca supimos bien en qué año habría nacido la “sin-papeles”) apenas puso ser niñera mía, pero compartió conmigo algún puche que otro del engrudo de agua y harina tostada que era todo lo que había para las papillas de los recién nacidos.

Cuatro años más tarde nacería mi segunda Hermana; y a ésta sí que pudo ya MiJuani acarrearla mal que bien como una madre enana.  Aún recuerdo cómo arrastraba hasta los pies de MiJuani aquel capote gris de paño basto con que envolvían a la criatura.

Para cuando nació la tercera, MiJuani tenía dos años más de penas, un corazón tocado en mitad de sus válvulas por tempraneras fiebres reumáticas, y la suerte de que mi Padre se hubiera cansado de semejante prole de hembras. Así fue cómo desterraron del dormitorio conyugal los llantos nocturnos de mi Hermana pequeña que pasó a formar parte inseparable de las noches infantiles de MiJuani. Uña y carne fueron mi Hermana y ella; como si quien la hubiera parido no fuera mi Madre sino MiJuani.

Crecimos las cuatro juntas, como hermanas de leche, teja y plato, (aunque cada quien en su sitio, como se estilaba entonces); triscamos juntas, nos peleamos y nos abrazamos en una fidelidad de “señoritas-criada” sin distingos y, cada tarde, desaprendíamos, a peñonazo limpio por las eras del Pelotar, en mitad de la escuela callejera y pueblerina, lo que las Monjas nos enseñaban a mis hermanas y a mí junto a pupitres sin brasero y altares de los asfixiantes meses de Mayo del Venid-y-vamos-todos.

Hasta que pasó lo que tenía que pasar: la muerte nos separó a los vivos y nos arrancó del Pueblo camino de un Colegio donde acabar de olvidar la infancia cerril y sin cautelas.

Mis hermanas al Norte. Yo al Centro de esta España, como ración doble de separamientos huérfanos. Sólo las larguísimas noches  en el tren, camino de los Colegios, nos sirvieron de consuelo.

Fue cuando murió mi Padre de repente, sin previo aviso –yo no había cumplido los catorce años-, y nos mandaron a mis hermanas y a mí internas a los Colegios, desgajándonos a las cuatro.

Entonces, MiJuani dispuso de su corazón agotado y de su querencia de niñas chicas de tal manera que mi Madre no tuvo otra opción que enviarla con mis hermanas al Colegio para que no le diera un torozón de ausencias mal llevadas, mientras La Grande, que era yo, aprendía las primeras soledades y abandonos que luego han sido el sino de mi vida. Eso sí: una vez más se establecieron las fronteras invisibles de la cuna: mis Hermanas ocuparon los helados dormitorios colectivos de SeñoritasInternas, y MiJuani  una cama de latón en las habitaciones del servicio, en la parte más alta del Colegio de Zaragoza.

Un día, regresamos de los estudios, ellas por su lado y yo por el mío, como si no nos conociéramos. Habían sido varios los años de separación, en colegios distintos y en alejamientos de irrecuperables metamorfosis adolescentes, quebradas por los kilómetros. Así fue cómo aprendí que lo que se separa en la infancia se quiebra para siempre dejando una lejanía amarguísima y eterna entre los ojos.

Por entonces, MiJuani me retiró el tuteo y me convirtió en LaSeñorita;  porque -como me dijo con no muy buenos modos- si yo “no tenía el talento de saber que cuando se aprobaba ”la-reválida-esa” se tenía el título de “doña”, allí estaba ella para meterme en vereda y enseñarme maneras”. Fue una de las muchísimas lecciones que me enseñó MiJuani: “Señorita: si usted no se tiene un respeto, por mucho que le cueste imponérselo a los más cerriles, no reclame que el personal se lo dispense de fia’o, teniendo como tiene menos talento y menos tino que el que usted debiera tener por su linaje”.

MiJuani fue una filósofa analfabeta, que malamente se enseñó a leer y a escribir en mi primera escuela nocturna, mirando de reojo las libretas de las otras mujeres, cuando yo era ya MaestraNacional de adultos y ella mi fiel acompañante en aquel barrio de extrarradio en el que empecé a ejercer.

Pero, por encima de cualquier otra cosa, MiJuani se entendió con mi Madre durante toda una vida como su verdadera hija, mientras nosotras hacíamos orado de nuestro propio destino por caminos alejados. Hasta que nos fuimos de casa para siempre.

Juntas vivieron, y soportaron soledades las dos juntas, hasta que mi Madre murió.

Desde entonces, desde que mi Madre murió, MiJuani ya no se hallaba. Se le había muerto SuSeñora, la única con la que tuvo un arrimo en aquellos larguísimos días de invierno, en que nosotras nos íbamos a la escuela y ella y SuSeñora se quedaban esperándonos junto a la chimenea en el Pueblo; o cuando nos fuimos a nuestras propias casas dejándolas a las dos solas, como dos viejas prematuras que hubieran aprendido del silencio la maestría de hablarse con los ojos. Mi Madre fue la única que abrazó a MiJuani como a una hija parida a destiempo. La única con la que compartió soledades de vejez abandonada y silenciosa.

La única que, tardíamente, cuando MiJuani ya no podía dormir en una cama porque se ahogaba, y dormía en una silla a los pies de la cama de SuSeñora, la convenció de remendarse el corazón en un quirófano, para alargarle malamente la vida, sin darse cuenta de que con ello la condenaba a tener que llorarle a Ella la muerte anticipada en lugar de poder emprender juntas el camino de ida sin vuelta.

Algunas noches, después de aquello de los quirófanos y de los remiendos en carne viva, cuando ya mi Madre se había ido por el camino de siempre, llegué a dormir en la misma habitación de MiJuani y, en mitad de la noche, mientras escuchábamos el murmullo metálico de sus válvulas, me aturdía con el resignado y alegre senequismo de sus sentencias:

-¿Lo escucha usted, Señorita…? ¿No es verdad, Señorita, que este tintineo de mi corazón nos hace “compaña”? Eso es que MiSeñora parece que se hubiera olvidado un cascabel dentro de mis entrañas para contarme el tiempo que nos queda para juntarnos otra vez…

De nada han servido los remiendos de marcapasos y costurones. MiJuani  tenía cada vez más prisa por reunirse con SuSeñora.

Y esta madrugada, no ha querido esperar más; como si quisiera recordar aquellos trenes de nuestra infancia, se ha subido al último vagón, al vagón de cola de este último día de Abril, y se ha ido con Ella, con SuSeñora, sin tener el miramiento de convidarnos al viaje ni a mis Hermanas ni a mi.

¡Te me has muerto, Hermana, entre dos luces, como un viejo tren de carga que llega jadeando a su destino!

*

¡Lástima! ¡Qué poco me he aprovechado de tu elemental sabiduría para amar!

¡Y cuánto te he querido durante este largísimo y efímero viaje!

*

¿Gracias, JuaniMía, por tu último regalo: Por fin estoy llorando desconsoladamente, como no lo hacía desde hace años a pesar del dolor acumulado en estos tiempos de alargada soledad silenciosa.

*   *   *

A MiJuani,  QUE MURIÓ DE MADRUGADA

 

Curtida como estaba en tu sosiego

-o a que tu palabra se escondiera

detrás de cualquier puerta, o dormitara

debajo de la cama cautelosa,

o llegara de lejos por un cable…-

no me hago al silencio repentino.

 

No me hago a la nada de no oírte.

 

Tu corazón cansado de metales

de válvulas, de yerros y de penas

se fue desconectando de la vida

sin demasiada prisa, con sigilo.

 

Te lo dije. Y no me hiciste caso:

Abril es mes de flores. Y morirse

en un mes florecido es un abuso

aunque tú tengas prisa por llegar

y yo miedo a perderme en soledades...

 

Y te me has muerto, Hermana, entre dos luces,

igual que un tren de carga fatigado

de acarrear dolores florecidos

que llega a su destino jadeante.

Voy a segar la lengua de las flores

y a llenarte con flores el silencio.

 

[1] “DAR EL PASEO” forma en que los Milicianos sacaban de sus casas a los contrarios, y los llevaban junto a las tapias del Cementerio, donde los mataban de un tiro.

[2] “TENER PAPELES” es lo mínimo que puede tener un ser humano como persona identificable.

[3] FAJINA: Toque militar de llamada a comer.

[4] RETRETA: Toque militar de llamada a descanso.

[5] Moho que le salía al pan hecho de harinas pésimas y contaminadas, que es sumamente venenoso.

Gaviola en CasaMora

30/Abril/2007

 

 

gaviola_aznaitin@yahoo.es

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