
Nació en
Málaga, Colombia. Reside
en Monteadentro, en las afueras de
Pamplona.
Es escritor y dramaturgo, Licenciado
y magíster en literatura (Pontificia
Universidad Javeriana). Obtuvo el
VII Premio Enka de Literatura
Infantil en 1989, el Premio
Comfamiliar del Atlántico en 1991,
el Premio Nacional de Literatura de
Colcultura en 1993, el Premio
Nacional de Dramaturgia para la
Niñez en 1998 y el Premio de
Literatura Infantil Parker en 2003.
Ha sido conferencista de diversos
eventos culturales en Colombia,
Chile, Venezuela y México.

PUBLICACIONES
El unicornio y otros lugares para
hombres solos (2002), y
Noticias de la niebla (2003).
Para niños y jóvenes: La silla
que perdió una pata y otras
historias (1988), El león que
escribía cartas de amor (1989),
La media perdida (1989),
La lagartija y el sol (1989),
Las batallas de Rosalino (1989),
Los casibandidos que casi roban
el sol (1991), Caperucita
roja y otras historias perversas
(1991), La muchacha de
Transilvania y otras historias de
amor (1993), La pluma más
bonita (1994), Serafín es un
diablo (1998), El superburro
y otros héroes (1999), El
vampiro y otras visitas (2000),
La sirena de agua dulce
(2001), Los besos de María
(2001), Pecas (2002), Mamá
no es una gallina (2002), La
gota de agua (2003), La
verdadera historia del gato con
botas (2003), Tres tristes
tigres (2004), Carmela toda
la vida (2004), La caja de
las lágrimas (2004), Roberto
está loco (2005), Los olvidos
de Alejandra (2005), El árbol
triste (2005), La hija del
vampiro (2006). Teatro: La
vaca de Octavio, La araña sube al
monte, El pirata de la pata de palo,
Lucy es pecosa, Mambrú se fue a la
guerra, Después de la lluvia,
Torcuato es un león viejo, Amores
eternos, La ventana y la bruja, El
amor y otras materias. Su obra
es recogida en diversas antologías:
Colombia à chœr ouvert (París,
1991), Und träumten vom Leben:
Erzählungen aus Kolumbien (Zürich,
2001), Hören wie die Hennen Krähen
(Zürich, 2003), Cuentos de esto y de
aquello (San José, Costa Rica,
1993), Antología de los mejores
relatos infantiles (Bogotá,
Presidencia de la República, 1977),
Cuentos breves latinoamericanos
(Buenos Aires, Coedición
Latinoamericana, 1998), Poesía de
América Latina para niños (Sâo
Paulo, Coedición Latinoamericana,
2000), Cuentos sin cuenta/Relatos de
Escritores de la Generación del 50
(Cali, Universidad del Valle, 2003),
Cuentos breves de América y España
(Buenos Aires, 2004), Historias para
girar (México, SM, 2004), Historias
para habitar (México, SM, 2004),
Cuentos y relatos de la literatura
colombiana (Bogotá, Fondo de Cultura
Económica, 2005) y Antología del
microrrelato hispánico (España,
Menoscuarto, 2005).
MUESTRA
POÉTICA

MUCHACHA

La reciente mujer descubre
su cuerpo
en la ilusión de los espejos
Se desvanece
como piedra en el agua
su rostro de niña
PADRE

Esta noche, de regreso,
cuando mamá nos sigue
con pasos de sueño,
él me lleva en sus brazos
y su quijada toca las estrellas.
BIOGRAFÍA

Con el lápiz del trompo
el niño escribe sobre el polvo
la historia de su vida.
LA MUJER DEL PAYASO
Toqué con
suavidad tres veces,
según mi estilo,
y enseguida
abrieron.
Saludé con la voz grave y lenta,
dolorida, que usaba en estos casos.
–Siga, por favor –dijo Carmen Jerez, la
viuda, y me condujo por un corredor mal
iluminado, adornado de matas gigantes
que me buscaban el rostro como mujeres
confianzudas, hasta un cuarto donde el
aire se había vuelto una sopa
pestilente.
El viejo doctor Marancar,
calvo y jorobado, cerró un maletín negro
y gordo, en cuyo vientre podía
refugiarse una docena de conejos, nos
observó con ojos de entomólogo por
encima de los anteojos y se despidió con
una venia.
–Roberto –dijo la viuda–.
Roberto, ¿por qué te fuiste?
Lo dijo tres veces, como si
conversara con el loro. Roberto no
respondió. Todas claman lo mismo, no
importa cuánto hayan detestado al
difunto. La muerte quema los rencores.
Cuando le pedí a la viuda, en voz baja,
que abriera la ventana, su mano encendió
la pequeña lámpara de la mesita de
noche, su mano blanca de dedos finos,
infinitos anillos y uñas pintadas de
rojo sangre. Tendido en la cama, con
vestido de paño, corbata y zapatos
nuevos, demasiado bonitos para un tipo
que no iba a caminar el resto de sus
domingos, Roberto se veía bien, sereno,
casi feliz. Tomé las medidas y discutí
de precios y arandelas con la viuda.
Quería un ataúd con flores.
–¿Cuántas docenas, doña
Carmen?
–Usted no me entiende –dijo
la viuda–. Las quiero pintadas en el
cajón.
El cliente siempre tiene la
razón. En este caso, el representante
del cliente. Le pintaríamos lo que
quisiera: ángeles con ojos de ternero
degollado, golondrinas con mensajes en
el pico, mariposas sicodélicas,
siemprevivas y nomeolvides.
–Un cajón de colores
–precisó la viuda–. Quiero un entierro
alegre, ¿me entiende? Ni siquiera voy a
llorar.
Nos pusimos de acuerdo en
los colores.
–Con ventanitas.
–¿Cómo dice?
–Quiero el cajón con dos
ventanitas, una a cada lado, para que
Roberto contemple el mundo por última
vez. Quiero que nos vea felices. Era un
hombre muy alegre, ¿sabe usted? Era un
payaso.
Salí de prisa a cumplir con
todos los encargos y regresé con el
ataúd y los candelabros después de
mediodía. Ya estaban de fiesta. Al
principio creí que me había equivocado
de casa. Habían desempolvado las pelucas
y los trajes más extravagantes, bebían y
se retorcían de risa. Alguien gritó:
–Comamos y bebamos,
camaradas, porque miren lo que les pasa
a los payasos.
Encontré a la viuda en el
patio, recién bañada y sin anillos, en
bata y debajo de un sombrero verde con
plumas de pavo real. Arrodillado junto a
una Biblia que servía de mesita para los
frascos de esmalte, un enano le pintaba
las uñas.
–¿Le parecen bonitos mis
pies? –dijo la viuda–. Eso no es nada
para todo lo que tengo.
Soltó una carcajada y se
tapó la boca, acordándose de su reciente
estado. Soltó una lágrima, una sola, que
resbaló hasta la orilla de su boca,
divino manjar para un hombre muerto de
sed en mitad del desierto. Vino hacia mí
descalza y me abrazó. El enano nos
persiguió con un frasco del esmalte en
una mano y el pincel en la otra. Un
payaso trepaba en la sala por la cuerda
de la lámpara y otro intentaba volar con
un paraguas. Alguien lanzaba cuchillos
alrededor de las fotos de Roberto que
adornaban las paredes. Platón y
Aristóteles, siameses oaxaqueños,
jugaban ajedrez y bebían tequila.
–Se hacen trampa –dijo la
viuda.
Una mujer medio desnuda
paseaba un león viejo por la casa. Me
asombraron por igual el relieve de sus
costillas y la longitud de sus piernas.
“Cómete al león, muchacha”, quise
gritarle, pero la timidez me atragantó.
–Apuesto que el león se la
come –murmuró la viuda en mi oreja, como
adivinando mi pensamiento–. No se
asombre: en otros tiempos leí las
cartas. Pero con tipos como usted, tan
transparentes, no se precisan para saber
ciertas cositas. Es Piscis, ¿verdad?
Me ofrecieron una botella y
bebí. Pura candela. Nadie vestía de
negro. La viuda ni siquiera se había
vestido. Besaba a todos en la boca y
poco le importaba que la bata a cada
rato descubriera sus encantos y
tatuajes. Complacida con los encargos,
me pellizcó la mejilla como si fuese un
niño regordete y sonrosado y me lanzó un
sonoro beso. “Muchacho bello”, dijo. Se
arrancó una pluma del sombrero y me la
ofreció. Le pedí precaución con los
acabados.
–Son flores frescas
–expliqué, y bebí de otra botella.
Alguien oía a Pink Floyd en
una de las habitaciones, y en otra, un
aprendiz de trompetista interpretaba el
Himno Nacional. La casa era una fiesta
tan desbordada que muchos, incluida la
viuda, que se despojó de la bata por dos
o tres minutos, se probaron el cajón
antes de encerrar allí a su dueño
definitivo. Me perturbó el esplendor de
su geografía: el dragón hambriento que
volaba hacia el pezón izquierdo, la
serpiente dormida alrededor del ombligo
y el bosque negro en forma de corazón
que resguardaba la cueva de la dicha. De
un salto regresó a la tierra de los
mortales.
–Me hubiera gustado mandarlo
al más allá con dos o tres muchachas
–dijo, entrando a una bata que no le
hacía falta para nada–. Me puso los
cachos con cuanta negra se le atravesó.
Y aclaró, abriendo los
brazos en cruz:
–Soy un vino blanco. Fino.
¿No le dan ganas de beberme?
Acomodamos a Roberto y todo
el mundo estuvo de acuerdo en que se
veía más vivo que nunca. Quise retirarme
pero la viuda no me lo permitió. Le
cantó un bolero al finado a través de
una de las ventanitas y luego me hizo
pasar al comedor para un suculento
almuerzo, que despaché sudando como un
caballo, entre un trapecista vestido de
verde y una mujer barbuda. Frente a
nosotros, una contorsionista bizca, de
orejas puntiagudas y cabello erizado,
devoraba una rana en salsa de almendras,
con una generosa guarnición de papas a
la francesa y ensalada mixta, y bebía a
grandes sorbos, dejando derramar hasta
sus pechos un líquido espeso y rojo,
vino de Transilvania o sangre de
murciélago. El domador, de espesos
bigotes, y un malabarista tartamudo se
limpiaron la boca con la pelusera del
antebrazo y se retiraron entre eructos y
gruñidos. Otros se sentaron luego y
terminaron muchas horas después. Busqué
a la viuda, pero no la encontré. Se la
pregunté a un mago ebrio que trataba de
esconder en el sombrero un conejo asado,
sobras del almuerzo, para su mujercita.
–¿Entonces el muerto es de
verdad? –dijo–. Con razón lo vi tan
pálido. ¿No es ésta la convención anual
de los Bebedores del Agua Sagrada? ¿De
cuál Carmen me habla?
Extraviado, abrí la puerta
del baño por equivocación y sorprendí,
sentada en la taza, a una monja que
hojeaba entre lágrimas una revista
pornográfica.
El enano, que se había
pintado los párpados con tonos azules y
violáceos, y las uñas de negro, armaba
un tabaco de marihuana con una hoja
arrancada de la Biblia. Me miró con
rencor y escupió en el piso, como
retándome a un duelo. Calculé que ya se
había fumado el Génesis. No me
pareció oportuno preguntarle por la
viuda y desaparecí de su vista.
Los siameses, con lamentable
puntería, orinaban en la maceta de las
astromelias, y el maestro de ceremonias
vomitaba en su sombrero de copa,
arqueándose con gracia de bailarina para
no embadurnar el traje.
Aunque ya era de noche, no
podía retirarme sin la cuenta cancelada.
Humedecí con saliva la yema del índice y
repasé las facturas como si fuesen
billetes. Oí la risa de la viuda en una
habitación pero no me atreví a golpear
la puerta. Esperé en la sala junto al
difunto. Casi nadie se acercaba a verlo.
Me dormí sentado, a la orilla de aquella
fiesta, arrullado por el suave traqueteo
de una cama y una frase, una letanía
convertida en súplica: “Mátame”. Soñé
con María Cruz Delina en el aeropuerto
de Málaga. Elevábamos una cometa
amarilla. "Si me alcanzas te doy un
beso", prometió. María Cruz Delina
corría como el viento, se elevaba
arrastrada por la cometa, se perdía
entre las nubes. Alguien me tocó el
hombro. Desperté con jirones de nube en
la boca, junto al rostro de la viuda.
–Tenemos camas si quiere
descansar –dijo, atándose la bata.
–Lo
siento, la estaba esperando.
La viuda me extendió un
cheque entre bostezos. Lo guardé en el
bolsillo de la camisa, junto a la pluma,
y avancé hasta la puerta.
–Ojalá nos acompañe mañana
–dijo.
No me perdería aquel
entierro por nada del mundo.
-Y no es necesario que venga
vestido de murciélago.
Como era tarde, dejé el
cheque en Apocalipsis por debajo
de la puerta. Volví a pie a la casa de
mi tía porque ya habían pasado los
últimos autobuses. Oculté la pluma de
pavo real debajo de la almohada y colgué
el traje negro, la pinta de murciélago
que me imponía la casa de pompas
fúnebres. Le escribí una carta
apasionada a María Cruz Delina,
enfermera del hospital de Málaga, y,
vestido de verde, la llevé a la oficina
de correos temprano, apenas abrieron.
Don Jacobo, dueño de Apocalipsis,
me recibió con los brazos abiertos.
–¿De qué charco vienes? La
viuda acaba de llamar, muchacho. Quedó
tan contenta que ya nos contrató para
sus próximos maridos. Espera que la
acompañes en la pena. Ya te echó el ojo.
Deja todo y ve a ver qué se ofrece.
Necesitaban café.
–La cocinera se escapó
anoche con el trapecista y nos vamos a
quedar dormidos antes de llegar al
cementerio –dijo la viuda apenas me vio,
empujándome a la cocina con todos sus
anillos. Conservaba el sombrero de
plumas del día anterior pero había
cambiado la bata azul de flores moradas
por un vestido rojo, ceñido y escotado,
y saltaba a la vista que había olvidado
la ropa interior. El finado la había
dejado enterita, madre mía, Carmen Jerez
del Paraíso, y como no era pecado desear
a la mujer del muerto, estremecido,
cerré un instante los ojos para morder
su nuca y deslizar la lengua hasta sus
nalgas–.
Si así es verde, muchacho bello, cómo
será maduro. ¿Sabe hacerlo?
Preparé el menjurje en la
olla más grande y lo repartí entre los
que todavía seguían despiertos. Como la
viuda consideró que era demasiado
temprano, organizó con el finado un
recorrido por los barrios bajos, al otro
lado de la estación del tren, hasta la
casa de placeres de Petrona Sanguino,
más conocida como la Malquerida. Las
muchachas, todavía en paños menores, se
apoderaron del cajón y nos vimos a gatas
para recuperarlo. De lejos, parecía un
partido de fútbol. Todas gritaban.
Algunas enseñaban los senos para que el
finado se fuera al más allá con un bello
paisaje, entre alabanzas y maldiciones,
y me pareció que Roberto torcía los
ojos. Gabriel García, el muchacho de los
mandados, le entregó a la viuda un poema
con destino a la tumba. En fin, las
dejamos en un río de lágrimas,
resignadas, con más pinta de viudas que
la misma Carmen Jerez.
Una de las muchachas nos
alcanzó corriendo y señaló su propia
barriga de elefante con su propio
índice:
–Carmen, tenemos que hablar
de esta gracia.
–Me he acostado con varias,
querida, pero hasta el momento no he
preñado a ninguna.
–Es una de las payasadas de
tu marido –precisó la muchacha.
–Pero me parece, negrita,
que en esa pista más de un payaso ha
hecho función –remató la viuda.
Encabezado por los siameses,
uno de negro y otro de rojo, el cortejo
torció por la antigua y empedrada Calle
del Deseo, donde dos o tres damas
quebraron sus tacones. Nos refrescamos
frente al portón de la casa que el
arzobispo Miguel Ángel de Quevedo hizo
construir en otro siglo para la
bisabuela de la Malquerida, célebre
nigromante, cuyo fantasma todavía
asustaba a los borrachos. El domador de
espesos bigotes atrapó con el látigo una
rama que se asomaba a la calle, trepó
hasta el borde del muro, erizado de
picos de botella, y contempló por todos
nosotros, pobres mortales, los
legendarios jardines, que abarcaban la
manzana entera, hasta que el alboroto de
los perros nos obligó a marcharnos. “El
paraíso, hermanos, ni más ni menos”,
explicó, hechizado. El malabarista
tartamudo dio un mal paso y se le dobló
un pie. Le prometimos que en el próximo
entierro lo esperábamos. Nos vio
alejarnos desde un charco de lágrimas.
No le entendimos qué murmuraba. Y
mientras más nos alejábamos, menos le
entendíamos. Los malabaristas, sobre
todo si tartamudean, no son muy dados a
los entierros.
Pasamos frente a
Apocalipsis, Bello final para una bella
vida, precios módicos, y don Jacobo
me hizo un discreto adiós con la mano.
Se quedó mirando la multitud con cierto
arrobo, como diciendo:
–Cuánta clientela, Federico,
cuánta clientela.
Era lo menos parecido a un
entierro. Una parranda de locos fuera de
carnaval. Íbamos bailando, cantando,
quemando pólvora, por calles
polvorientas y destartaladas, de cantina
en cantina. Coplas obscenas contaban la
vida de Roberto. En algún momento
tuvimos que devolvernos, aunque no
recordábamos bien por dónde habíamos
venido, porque alguien advirtió que se
nos había olvidado el cajón. Entre tanto
desorden, los de adelante pensamos que
el cajón venía atrás, y los de atrás
pensaron lo contrario. Ay, Roberto. ¿Se
estaría despidiendo otra vez de las
negras de La Malquerida?
–Ni muerto deja las malas
mañas –dijo la viuda.
Las puntiagudas sandalias y
el alcohol la hacían trastabillar. Más
de uno acudió a ofrecerle el hombro, no
para evitar su caída sino para que no se
nos perdiera entre las nubes, pues
ciertamente las amplias alas del
sombrero hacían pensar que practicaba
lecciones de vuelo. Vi o imaginé
diminutas gotas de sudor en su nariz.
Quise beberlas. Noté que el enano
marihuanero, presto a limpiar las
sandalias de su ama con una servilleta,
mantenía una estrecha vigilancia. En un
momento sus ojos, para la viuda, eran de
ternero degollado, y al siguiente me
arrojaban candela.
Encontramos a Roberto en el
Callejón de los Ciegos, donde unos
niños, confundiéndolo con Pericles,
estaban a punto de prenderle fuego.
Celebramos la ocurrencia con pólvora. En
fin, como se nos hacía tarde, llevamos
el difunto al cementerio por el camino
más corto.
–De tumba en tumba, me voy
de rumba –gritó una de las locas que nos
acompañaba y echó a correr por la
avenida principal.
La viuda leyó el poema de
Gabriel. Los versos eran de una belleza
tan limpia y conmovedora que nos
rompieron el dique de las lágrimas. El
sepulturero selló la tumba casi a
oscuras, y con una puntilla la viuda
escribió sobre el cemento fresco:
Roberto Antonio Cáceres, y un poco
más abajo, papacito rico.
Proseguimos la fiesta en la calle porque
nos echaron. La viuda nos invitó a la
casa, donde una cocinera arrepentida y
un trapecista muerto de la vergüenza nos
esperaban con pezuñas de cerdo en salsa
agridulce y pechugas de pollo maceradas
con miel de abejas.
–Jerez para todos –gritó la
viuda, sin las sandalias y sin el
sombrero de plumas, algo despeinada y
con el maquillaje desparramado-.
Carmencita para el finado, señores.
Jerez para todos hasta el amanecer.
Ya había hecho amigos,
golpeaba hombros con toda confianza, nos
abrazábamos, estrechábamos manos, y me
sentía feliz porque en mi oficio, y con
tanta competencia, la amistad es clave.
Recorrí la casa de Carmen Jerez a mi
antojo. En el patio, a la luz de la
luna, la mujer casi desnuda dormía con
la cabeza recostada en la barriga del
león, junto a un racimo de uvas a medio
consumir y una peluca rubia. El mago, la
oveja descarriada de los Bebedores del
Agua Sagrada, flotaba con los ojos
cerrados en el humo de la pipa que
fumaba un conejo chamuscado. Volví a la
sala, donde eché de menos al difunto, y
me senté en la misma silla. Estaba por
dormirme cuando la viuda se acercó y me
tocó el hombro.
–¿Es usted casado? –me
preguntó.
Pamplona, 1994