
Nació en Rosario, Argentina (1963),
donde cursó sus estudios de
Traductora literaria y
técnico-científica de inglés,
italiano, español. Está radicada en
Italia desde 1990, donde ejerce su
profesión. Es miembro de A.N.I.T.I
(Asociación Nacional Italiana de
Traductores e Intérpretes), también
es miembro,
en calidad de Socia fundadora, de la
Asociación Cultural de Escritores y
Poetas Iceberg Nocturno (acude-inolesco),
Madrid (España), y de REMES (Red
Mundial de Escritores en Español),
también es Miembro correspondiente
del Círculo de Escritores de
Venezuela y de la Asociación de
Escritores de Mérida (Venezuela).
PUBLICACIONES
OBRA LITERARIA: “El Sendero de
Dante”, fue editada por la
Editorial Jirones de Azul; Sevilla,
España, Mayo 2007. Su relato “Los
cautivos” fue publicado en
digital por la editorial digital “Publicatuslibros.com”,
[en línea], Mayo 2007
http://www.publicatuslibros.com/bibliotec/libro/los-cautivos/
También participó con textos de su
autoría en varias publicaciones
colectivas: “Antología
Internacional Sensibilidades Oro”;
(Alternativa Editorial,
Madrid–Galicia, España, 2005).
“II Antología de la Asociación de
Escritores de Mérida (Venezuela):
Relatos de humor sin extrema-unción”
(2005 y 2006); en la “III Antología
de la Asociación de Escritores de
Mérida, Venezuela: Entre Eros y
Tánatos” (AEM/CONAC, CENAL, 2006 y
2007); y en la “Antología Deleite
Literario II (para jóvenes)” (CENAL
– FUNDALEA, Venezuela, 2006-2007);
Colaboró con un relato en “Otros
Lugares”, libro colectivo de
relatos, publicado en digital por la
editorial “Publicatuslibros.com” [en
línea], Febrero 2007. Puede verse en
la siguiente:
http://www.publicatuslibros.com/bibliotec/libro/otros-lugares/
Tiene numerosos relatos y artículos
de su autoría publicados en algunas
páginas literarias e informativas de
Internet: en la Revista Literaria
Sensibilidades, en la Web El
Escribidor, en la Revista
Literaria Palabras Diversas, en
la Web Iceberg-Nocturno, en
la web noticiascadadia.com.
Fue miembro del Jurado del II
Certamen Internacional de Relatos
“La Cerilla Mágica”, convocado
por Publicatuslibros.com y
patrocinado por la Consejería de
Cultura de la Junta de Andalucía,
España (Diciembre 2007) Participó en
el VIII° Encuentro Internacional
de Escritoras “Elisabeth Schön”
celebrado en Caracas, Venezuela del
22/25 abril 2008, donde presentó su
ponencia “La independencia del Yo
a través de la palabra”. También
participó en los coloquios
“Escritoras ante la Crítica”
organizados por la Universidad de
los Andes, Facultad de Humanidades y
Educación, Instituto de
Investigaciones Literarias “Gonzalo
Picón Fébres” (Mérida, Venezuela),
el 28/29 abril 2008.
http://www.palabrasdiversas.com/palabras/prosa_dentro.asp?nombre=Andrea%20Zurlo
http://www.redescritoresespa.com/Z/zurloandrea.htm

MUESTRA NARRATIVA
SER NIÑO EN LA GUERRA
Buscan una mano que no encuentran y
sus dedos mudos
tantean a ciegas el camino de la
vida,
huérfanos de unos brazos que acunen
sus penas.
Mariposas escondidas en flores
mustias que acarician sus muñecas
rotas,
perdidas en lluvias que esconden
soledades sin destino.
Tiemblan en el silencio desgarrado
por estruendos y gritos,
sufren indefensos e ignorados:
piezas desechables del juego de los
hombres,
falsos justicieros que marchan
arrollando capullos cerrados
bajo sus botas de fango y
destrucción.
Y perecen invocando un útero que les
abrigue,
o crecen sudando sangre y nieblas,
con nubes púrpuras que pueblan
perennemente sus horizontes,
por la simple desgracia de haber
sido niños en la guerra.
CARTA A ALGUIEN QUE ANDA POR AHÍ
Te intuyo en el aire, cargado en las
ráfagas de viento que me embisten, y
en el reflejo que devuelven los
cristales y los espejos. ¿Eres tú o
soy yo?
Latiendo uno en el otro, habitantes
de distancias sin kilómetros, casi
confundo mi ser con el tuyo.
¿Sabes? Es inútil la lejanía:
canjeamos esencias, saliva y
humores.
¿Quién es quién? Me pregunto
mientras desgrano ayeres sobre una
carta sin remitente, destinada a
alguien que anda por ahí.
MUDANZAS
Algunos recuerdos dejaron marcas en
las paredes, dejaron huecos vivos en
los lugares donde los había colgado,
manchas indelebles que enmarcan
imágenes borroneadas del pasado.
Otros terminaron plegados en las
cajas: guardé entre algodones la
única sonrisa que recuerdo de mi
padre, y puse envueltos en cobijas
los días alegres de mi niñez lejana,
para que no sufran el frío de la
soledad y del olvido. Las caricias
afectuosas de mi madre están junto
con sus renuncias, en un cofre de
madera de sándalo. Los días de sol
volaron solos por la ventana con las
últimas migas de mi mantel y las
horas del reloj se me escaparon por
las rendijas de las celosías que voy
cerrando.
Queda sólo vacío, paredes desnudas,
palabras enredadas en telas de
araña, ayeres raídos por las
polillas, y algún que otro beso
caído en el afán de embalar.
Queda un pasado, la vida que
quisimos y no fue, los amores
frustrados, las tristezas
compartidas con una taza de café y
las paredes medio desmoronadas sobre
las que había colgado ilusiones con
clavos de colores.
También queda el cielo donde antes
estaba el techo poblado de líquenes
y la puerta que, por última vez,
cerraré sin volverme.
ÁRBOLES
_¡Este viejo está cada día más
loco! –exclamó mirándome con rostro
airado- Pero váyase a hacer algo más
útil Don, mire que aquí trabajamos.
Respondí a su exclamación sin
inmutarme ni ofenderme. Es un trato
al que me tienen acostumbrado y,
además, esta gente joven, con su
prepotencia y su ciencia, siempre
creen que saben más que uno.
_Mire, joven, yo se lo advertí,
después no se arrepienta ni se
lamente. Es usted el único
responsable de las consecuencias de
sus actos.
_¡Pero, pero…! -repitió martillando
como una ametralladora. Las palabras
le tropezaban en la lengua por la
indignación.
_¿Qué sucede? -preguntó el capataz
acercándose. O bien creo yo que debe
haber sido el capataz, porque tenía
las manos limpias.
_Este señor -dijo el otro
señalándome con dedo tembloroso.
¡Bah! Estos jóvenes no tienen
educación, nadie les enseñó que no
se señala con el dedo, ya me estaba
arrepintiendo de haberle advertido.
_Este señor hace dos días…,desde que
empezamos a trabajar, que viene
aquí, se me planta al lado y
comienza a decirme que los árboles
sostienen la tierra y que se va a
caer si los sigo cortando…
El capataz me observó con gesto
adusto.
En sus Rayband se reflejaba una
persona pequeñita, un hombrecito con
sombrero y abrigo de camello, con
las manos hundidas en los bolsillos.
Un señor muy bien conservado diría
yo, considerando su venerable edad.
Una persona seria y honesta.
Bien, el capataz no habrá pensado lo
mismo que yo sobre la persona que se
reflejaba sobre las lentes verdes,
porque lanzó una carcajada
escandalosa, de esas que desfiguran
el rostro, y casi pierde las Rayband
de mucho plegarse en dos.
_Váyase, buen hombre -articuló
conteniendo, a duras penas, el
ataque de risa- y no se haga ver por
aquí hasta que no hayamos terminado
de cortar estos árboles.
Me alcé de hombros.
_No diga que no se lo advertí -dije
antes de dar media vuelta para irme-
Son los árboles los que sostienen la
tierra.
-Sí, sí…Y la luna es un queso
gruyere…-le oí decir mientras me
alejaba.
Ya abandonaron el trabajo de tala y
también la búsqueda.
Es como “si se los hubiera tragado
la tierra”, dice el periódico.
DESTINO COMÚN
Caminaban en lenta procesión, una
tras otra.
Acababan de superar una colina de
tierra y ahora, ante sus ojos, se
extendía el prado verde, un lugar
seguro. Bastaba con llegar hasta la
raíz de la vieja encina para volver
a casa.
Cuando la tierra comenzó a vibrar se
miraron algo asustadas.
Sentían las vibraciones cada vez más
cerca. La guía las incitó para que
continuaran su marcha como hasta
entonces, no había qué temer, ni
tampoco existía otra solución.
¡¡¡Pum…pum!!! Cada vez más cerca.
Las de atrás fueron las primeras en
romper filas.
Desconcierto, terror.
No había escapatoria, bajar
velozmente hacia el prado podía ser
la única posibilidad.
Eran enormes y muchísimas, casi
todas blancas.
El terror duró poco, fue cuestión de
segundos, como siempre: la
destrucción exige pocos instantes.
Las sobrevivientes miraron a su
alrededor los cuerpos inertes, se
formaron en fila y continuaron su
marcha. Era el destino de las
hormigas seguir adelante.
Igual que el de los hombres.
Omnipotencia
Apunta con precisión y aprieta el
gatillo. Es un momento sublime.
Cunde el terror por doquier. La
sangre cae sobre el cemento, gota a
gota, acompañando los últimos
estertores y quejidos. Otro disparo:
¡bum! Raja el aire con su fuego y se
clava en la carne blanda, generando
un hilo ligero de sangre que rompe
la blancura.
Dueño de la vida y de la muerte,
desde esa ventana rige sobre los
seres inermes, determinando sus
tiempos. Hoy se conformará con un
par, había creado un gran revuelo y
podrían descubrirlo, mejor abandonar
por ahora su papel de hacedor de
muerte.
Guarda el fusil a toda prisa al oír
voces que se acercan apresuradas
desde lejos.
Abandona la ventana y huye por donde
había entrado.
Hoy son gallinas, mañana, quizá,
serán hombres.
Réquiem para una mosca
Estaba allí apoyada contra el vidrio
de la ventana.
Cada tanto revoloteaba sobre la
superficie transparente, zumbando su
zzzzz de mosca.
Me acerqué con la paleta. Era una
mosca (o un mosco, no reconozco el
sexo las moscas) de un tamaño
considerable, con un pronunciado
pelambre sobre su cuerpo y el
complejo de Poncio Pilatos, porque
no dejaba de lavarse las manos.
Cuando levanté la paleta, vi que
ella se giró y fijo sus miles de
ojos en los míos.
_¿Por qué? -me sugirió con un
zumbido zigzagueante.
_Porque eres un insecto asqueroso
-respondí sin pensarlo dos veces-
¿Cómo es ser una mosca?
_Una mierda. Todo el día en la
putrefacción, en los residuos, en
los lugares más mierdosos.
¡No es posible una vida más
moscosamente asquerosa! Al menos en
la mierda puedo estar tranquila, es
lo único que puedo comer sin que me
quieran matar.
Bajé la paleta matamoscas y me
senté.
Era solamente una mosca.
“Las moscas no hablan”, me dije algo
contrariado, porque estaba seguro de
que había comprendido, claramente,
esas palabras en medio de su
zzzzzzzumbido.
La mosca se desprendió del vidrio de
la ventana, revoloteó sobre mi
cabeza, y después aterrizó sobre mi
nariz. Nos miramos fijamente a los
ojos unos instantes y creí
comprender el mensaje.
Abandoné la paleta. Era primavera.
Albores de la primavera. La
naturaleza renacía, el mundo se
despertaba…¿Por qué matar una pobre
mosca?
Entonces, recordé una máxima de un
prócer que me enseñaron en el
colegio y con gesto magnánimo abrí
la ventana y la incité a salir:
“¡Vuela, el mundo es demasiado
grande para nosotros dos!”,
declamé, viendo que la mosca dudaba
un poco antes de lanzarse desde el
alfeizar.
Apenas salió al aire libre, la
corriente ascensional la elevó hacia
el cielo. Creo haber intuido aún su
mirada antes de que la golondrina,
recién inmigrada, la deglutiera de
un bocón y se alejara guiñándome un
ojo.
No somos nada.
Sábanas
Se le entreveraban entre las
piernas. Sentía el tacto suave que
la envolvía y no podía dejar de
retorcerse. No estaban solas: el
cubrecamas pesado las aplastaba
contra su cuerpo desnudo. Ella
continuaba agitándose en un
duermevela angustiado entre esas
sábanas que se movían casi con vida
propia y que subían por su espalda,
suscitándole un escalofrío.
Finalmente consiguió abrir los ojos,
pero la envolvió la oscuridad de la
habitación. Unos pocos puntos de luz
se colaban por la persiana, sin
conseguir delinear el dormitorio que
conocía de memoria. Quiso estirar el
brazo para encender la lámpara. El
brazo le pesaba y la mano yacía
aferrada por la muñeca, aplastada
contra su cuerpo. Decidió calmarse y
pensar que no sucedía nada anormal,
nada extraño: eran solamente
sábanas. Respiró profundamente y la
suave tela de raso le entró en la
nariz. Ahora jadeaba quedamente por
la boca, para no ahogarse. Intentó
mover la cabeza, y un trozo de tela
se pegó sobre sus ojos. La que le
cubría la nariz aflojó un poco, como
para engañarla. “No” – pensó -, “no
es posible. Si pudiera rodar y caer
de la cama sería más fácil
desenroscarme”. Durante un tiempo
mental indefinido, que pudo haber
sido un segundo o una vida en su
reloj desesperado, se contorsionó y
luchó por caer de la cama, sintiendo
su cuerpo cada vez más inmóvil. El
sudor la cubrió y la tela de raso se
pegoteó sobre su piel con espíritu
de babosa. Cansada, dejó de moverse.
Y de respirar. La encontraron días
después, casi momificada, abrazada
por sus sábanas de raso.